Nada de mimos
La incidencia de la gripe A en los centros escolares
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Creo que lo han conseguido, no sé muy bien quiénes, pero lo han conseguido por completo: ni idea de a qué atenerme en esto de la gripe A.
Comenzamos viendo cómo en México las personas paseaban con mascarillas, se cerraban colegios y centros de trabajo para evitar la terrible mortalidad de aquella enfermedad que en un principio se llamó «gripe porcina», pero que rápidamente cambió su nombre a gripe A, que parece que le viene mucho mejor al virus (exactamente gripe A N1-H1).
Tras aquel primer momento de epidemia en el país americano se empezó a acercar a nosotros la amenaza y comenzamos a oír hablar de la peligrosísima pandemia que se avecinaba. Hemos ido contando día a día los muertos en nuestro país, en una macabra letanía, intentando descartar en cada una de sus circunstancias la nuestra propia, para tranquilizarnos sintiéndonos fuera de peligro. Pero es una gripe, una gripe que se contagia por un virus y ante los virus y sus caprichos siempre hemos estado indefensos.
Con los consiguientes avisos y recomendaciones nos han ido metiendo el miedo en el cuerpo, como con la posibilidad de retrasar el inicio de curso, que se ha diluido en una serie de recomendaciones profilácticas: nada de besarse, no tocarse ojos, nariz o boca, lavarse las manos cada vez que se estornude, no compartir instrumentos de viento, lápices, rotuladores o cualquier material que el niño pueda llevarse a la boca, limpiar dos veces al día con jabón y detergente mesas y sillas, pomos de la puerta, interruptores, teclados de ordenador, etcétera, etcétera, etcétera. Es una larga lista de recomendaciones higiénicas, altamente convenientes si no fuera porque resultan imposibles de seguir totalmente en los centros escolares.
Mis nuevos alumnos llegan a la escuela por primera vez, quieren consuelo, mimos, ahora que tienen que separarse de sus familias, lo tocan todo, lo llevan todo a la boca, estornudan sin que nos vaya a dar tiempo a lavarles las manos cada vez que lo hacen.
Ahora escucho a todas horas que muere mucha más gente de la gripe estacional que nos visita cada año, que las famosas vacunas para la gripe A no están suficientemente probadas, que en realidad no tiene tanta incidencia como se pronosticaba.
Y ya no entiendo nada, no entiendo que se nos alarme o se nos tranquilice según vaya el aire, que los políticos no tengan el mismo criterio que médicos y resto de personal sanitario, que a fin de cuentas son los que más saben de esto de los virus. No entiendo estos vaivenes que crean inseguridad y nos despistan. De una amenaza gravísima hemos pasado a unas simples medidas higiénicas, más o menos fáciles de llevar a cabo pero saludables en cualquier caso.
En medio de este desconcierto llegan mis nuevos alumnos cada mañana buscando consuelo, un mimo que yo les doy. Y que sea lo que Dios quiera.
martes, 22 de septiembre de 2009
martes, 1 de septiembre de 2009
Cuerpos 10
Cuerpos 10
Nos venden las operaciones como solución a la infelicidad, trayendo supuesto éxito laboral y social
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Hubo un verano en que no pisé la playa, no me parecía que mi cuerpo adolescente cumpliera los cánones de la época. O al menos eso creía yo, porque entonces ni en la televisión, ni en los anuncios me pedían tener un cuerpo 10, mis complejos eran sólo producto de la comparación con mis compañeras de clase o alguna que otra actriz de cine.
Y es que todos vivimos una época (a menos una) vulnerable al qué dirán, a la imagen que mostramos de nosotros mismos y que pocas veces es la que quisiéramos tener. Somos débiles, muy débiles durante unos años. Años que superamos en general sin mayores consecuencias, como una gripe cualquiera, de esas que no llevan apellidos y a las que hay que dejar que se vayan solas.
Por eso asusta tanto ahora la insistencia en muchos medios de comunicación en necesitar tener cuerpos perfectos, y no precisamente por saludables, sino por guardar una determinada estética, muy poco frecuente en la naturaleza, que todo hay que decirlo.
Con los años se han ido suprimiendo los anuncios de bebidas alcohólicas y tabaco que proliferaban en la televisión hace unas décadas. Lo que nuestro cerebro observa con insistente frecuencia se hace natural y por consiguiente aceptable, sin cuestionarnos a dónde nos llevan esas ideas.
Ahora nos aturden con otro tipo de anuncios que aparentemente nadie considera perniciosos, anuncios, por ejemplo, de centros de cirugía estética, que te venden las operaciones como solución a la infelicidad, trayendo supuestamente consigo el éxito laboral y social. Trayendo en realidad consigo el amplísimo beneficio económico de sus promotores, pero eso no aparece en la publicidad.
Cada vez hay más jóvenes, muy jóvenes, que convencen a sus padres para que les permitan pasar por el quirófano y modificar ese detalle de su cuerpo que les angustia durante la «gripe adolescente». ¿Y qué pasará cuando el tiempo pase y las modas cambien, y lo que pusieron o quitaron ya no encaje en los nuevos cánones? ¿Y qué pasará cuando el tiempo pase y vayamos encontrando otros detalles, otros rasgos, otras arrugas que no nos dejen ser «perfectos»?
Y conste que entiendo esa sensación porque recuerdo aquel verano en el que gustándome como me gusta el mar, no pisé la playa. Pero mi renuncia no fue eterna y al verano siguiente, con un año más y menos pudor volví a enfundarme el bañador y a disfrutar de la arena y el agua.
Me gustaría pensar que este verano hemos apagado la tele y nos hemos olvidado de los cereales que nos adelgazan, de las colonias que nos hacen sexys, de la cirugía estética y de la operación bikini. Que el invierno es muy largo y este solín que nos carga de vitamina D nos deje con un cuerpo 10, pero de energía.
Nos venden las operaciones como solución a la infelicidad, trayendo supuesto éxito laboral y social
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Hubo un verano en que no pisé la playa, no me parecía que mi cuerpo adolescente cumpliera los cánones de la época. O al menos eso creía yo, porque entonces ni en la televisión, ni en los anuncios me pedían tener un cuerpo 10, mis complejos eran sólo producto de la comparación con mis compañeras de clase o alguna que otra actriz de cine.
Y es que todos vivimos una época (a menos una) vulnerable al qué dirán, a la imagen que mostramos de nosotros mismos y que pocas veces es la que quisiéramos tener. Somos débiles, muy débiles durante unos años. Años que superamos en general sin mayores consecuencias, como una gripe cualquiera, de esas que no llevan apellidos y a las que hay que dejar que se vayan solas.
Por eso asusta tanto ahora la insistencia en muchos medios de comunicación en necesitar tener cuerpos perfectos, y no precisamente por saludables, sino por guardar una determinada estética, muy poco frecuente en la naturaleza, que todo hay que decirlo.
Con los años se han ido suprimiendo los anuncios de bebidas alcohólicas y tabaco que proliferaban en la televisión hace unas décadas. Lo que nuestro cerebro observa con insistente frecuencia se hace natural y por consiguiente aceptable, sin cuestionarnos a dónde nos llevan esas ideas.
Ahora nos aturden con otro tipo de anuncios que aparentemente nadie considera perniciosos, anuncios, por ejemplo, de centros de cirugía estética, que te venden las operaciones como solución a la infelicidad, trayendo supuestamente consigo el éxito laboral y social. Trayendo en realidad consigo el amplísimo beneficio económico de sus promotores, pero eso no aparece en la publicidad.
Cada vez hay más jóvenes, muy jóvenes, que convencen a sus padres para que les permitan pasar por el quirófano y modificar ese detalle de su cuerpo que les angustia durante la «gripe adolescente». ¿Y qué pasará cuando el tiempo pase y las modas cambien, y lo que pusieron o quitaron ya no encaje en los nuevos cánones? ¿Y qué pasará cuando el tiempo pase y vayamos encontrando otros detalles, otros rasgos, otras arrugas que no nos dejen ser «perfectos»?
Y conste que entiendo esa sensación porque recuerdo aquel verano en el que gustándome como me gusta el mar, no pisé la playa. Pero mi renuncia no fue eterna y al verano siguiente, con un año más y menos pudor volví a enfundarme el bañador y a disfrutar de la arena y el agua.
Me gustaría pensar que este verano hemos apagado la tele y nos hemos olvidado de los cereales que nos adelgazan, de las colonias que nos hacen sexys, de la cirugía estética y de la operación bikini. Que el invierno es muy largo y este solín que nos carga de vitamina D nos deje con un cuerpo 10, pero de energía.
martes, 4 de agosto de 2009
¿Y si llueve qué?
¿Y si llueve qué?
El clima asturiano nos ha inculcado la cultura del «por si acaso»
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Como si supiésemos interpretar los signos de la naturaleza seguimos cada día, al levantarnos, el antiguo ritual de mirar al cielo, o en su versión moderna al «hombre o mujer del tiempo». Aunque parezca excesivo decirlo así, vivimos sin la certeza del clima que nos acompañará cada día, contando siempre con la posibilidad de que cambie de un momento para otro. Somos especialistas en modificar los planes, en ir a la playa con un magnífico sol y volver a casa entre gotas de lluvia (a mojarnos íbamos, al fin y al cabo).
Cuando vamos de viaje, cuando salimos de casa, llevamos chaquetas y paraguas «por si acaso». Somos previsores no por convicción, sino por pura necesidad. Nos hemos acostumbrado a que el tiempo transforme nuestros planes sin previo aviso, y poco a poco hemos ido olvidando cómo hacerlos a largo plazo.
Recuerdo la primera vez que viajé a la costa mediterránea. Por mucho que me insistieron en que no necesitaba llevar zapatos cerrados, no pude resistir la tentación de volver a abrir la maleta minutos antes de salir de casa y meter unos mocasines «por si acaso». Lógicamente, no los necesité y en sucesivas ocasiones me he ido acostumbrando a prescindir de algunas de las cosas, sólo algunas, que no necesitaré. Es difícil dejar esa adicción al «por si acaso».
Quizás ha sido esta meteorología nuestra, cambiante y sorpresiva, la que nos ha convertido en seres escépticos, un tanto apáticos, a los que cuesta ilusionarse con el futuro, a los que cuesta discernir con claridad qué Avilés quieren construir de aquí a muchos años. No creo que sea culpa de nuestros políticos, víctimas como nosotros de este clima juguetón que nos controla.
Como el clima, vamos a trompicones, esperando que venga del cielo la solución perfecta para nuestra villa. Atechándonos o saliendo al sol según lo que caiga, olvidando con rapidez, ilusionándonos con dificultad. Es difícil saber lo que piensan los avilesinos de cada nuevo proyecto, difícil saber si recuerdan cada uno de los viejos que acabó en nada. Más difícil todavía porque hay muchas voces que dicen hablar por boca de todos. Y yo me pregunto entonces si se habrán dedicado a escucharnos uno a uno, si recordarán lo que dijimos y lo que dijeron en otras ocasiones.
Llega el verano, los claros y nubes y las polémicas. Las que importan mucho y las que importan menos, pero todas nos hacen el mismo efecto: esperar a ver si con un poco de suerte mañana escampa.
¿Y si llueve, qué? pues eso, que cambiamos de planes.
El clima asturiano nos ha inculcado la cultura del «por si acaso»
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Como si supiésemos interpretar los signos de la naturaleza seguimos cada día, al levantarnos, el antiguo ritual de mirar al cielo, o en su versión moderna al «hombre o mujer del tiempo». Aunque parezca excesivo decirlo así, vivimos sin la certeza del clima que nos acompañará cada día, contando siempre con la posibilidad de que cambie de un momento para otro. Somos especialistas en modificar los planes, en ir a la playa con un magnífico sol y volver a casa entre gotas de lluvia (a mojarnos íbamos, al fin y al cabo).
Cuando vamos de viaje, cuando salimos de casa, llevamos chaquetas y paraguas «por si acaso». Somos previsores no por convicción, sino por pura necesidad. Nos hemos acostumbrado a que el tiempo transforme nuestros planes sin previo aviso, y poco a poco hemos ido olvidando cómo hacerlos a largo plazo.
Recuerdo la primera vez que viajé a la costa mediterránea. Por mucho que me insistieron en que no necesitaba llevar zapatos cerrados, no pude resistir la tentación de volver a abrir la maleta minutos antes de salir de casa y meter unos mocasines «por si acaso». Lógicamente, no los necesité y en sucesivas ocasiones me he ido acostumbrando a prescindir de algunas de las cosas, sólo algunas, que no necesitaré. Es difícil dejar esa adicción al «por si acaso».
Quizás ha sido esta meteorología nuestra, cambiante y sorpresiva, la que nos ha convertido en seres escépticos, un tanto apáticos, a los que cuesta ilusionarse con el futuro, a los que cuesta discernir con claridad qué Avilés quieren construir de aquí a muchos años. No creo que sea culpa de nuestros políticos, víctimas como nosotros de este clima juguetón que nos controla.
Como el clima, vamos a trompicones, esperando que venga del cielo la solución perfecta para nuestra villa. Atechándonos o saliendo al sol según lo que caiga, olvidando con rapidez, ilusionándonos con dificultad. Es difícil saber lo que piensan los avilesinos de cada nuevo proyecto, difícil saber si recuerdan cada uno de los viejos que acabó en nada. Más difícil todavía porque hay muchas voces que dicen hablar por boca de todos. Y yo me pregunto entonces si se habrán dedicado a escucharnos uno a uno, si recordarán lo que dijimos y lo que dijeron en otras ocasiones.
Llega el verano, los claros y nubes y las polémicas. Las que importan mucho y las que importan menos, pero todas nos hacen el mismo efecto: esperar a ver si con un poco de suerte mañana escampa.
¿Y si llueve, qué? pues eso, que cambiamos de planes.
lunes, 20 de julio de 2009
Se permite cantar
Se permite cantar
La costumbre de «echar un cantarín», antes tan frecuente en bares y reuniones familiares, está de capa caída
ESPERANZA MEDINA POETA Y PROFESORA Estos días que vivimos en pleno baile de gaitas y pueblos celtas me ha dado la vena nostálgica y sin saber muy bien dónde está la raíz de aquello he vuelto a los paseos de la mano de mi padre que acababan en algún chigre «echando un cantarín» (él, claro está, que yo me dedicaba a mis aceitunas y mi refresco).
Una costumbre que hemos perdido por completo: cantar juntos, sin necesidad de ser amigos o haber quedado para la ocasión. A pesar de mi falta de oído musical. me encanta oír cantar. Quizá porque recuerdo aquellos coros improvisados de los chigres, aquellas sobremesas de las reuniones familiares en las que una cucharilla y una botella vacía eran el mejor de los acompañamientos musicales a un repertorio que me sabía (y aún me sé) y al que yo acompañaba por lo bajo para no desentonar demasiado: «Soy de Verdiciu, nací a la vera del Cabo Peñas xunto a la mar...» o aquella «Es Avilés la ciudad más bonita y galante, tiene co-modidades de una ciudad grande...», y tantas otras que recuerdo con auténtico agrado.
Junto con las que me enseñaba mi profesora de los primeros años de colegio, doña Eulogia, que paraba a mitad de mañana una o dos veces para que descansásemos entre lección y lección «echando un cantarín»: la danza prima de Avilés o el xiringüelo. Y es que recuerdo aquellos años de escuela como una experiencia feliz llena de descubrimientos. Sólo siento que sea ya demasiado tarde para decírselo a ella.
Algún antropólogo podrá explicar de dónde viene esta costumbre nuestra de cantar cuando bebemos y comemos, de alegrarnos juntos compartiendo letras y músicas populares. Y no digo yo que no se haga en otros sitios, pero hay que reconocernos el valor (o la chulería, según quién lo mire) de haber hecho himno oficial una canción patrimonio de los chigres durante muchos años. Y a mucha honra, que conste.
Por todo eso me parece tan estupendo que se convoquen encuentros de canciones de sobremesa. Este otoño podremos disfrutar del tercero que se lleva a cabo en nuestra comarca organizado por la Asociación de Veteranos del Miranda Club de Fútbol y el grupo de canto «Amigos de Miranda».
Y ya que aquellos carteles que proliferaron en otro tiempo por bares y sidrerías prohibiendo cantar y escupir en el suelo consiguieron su objetivo (cosa que en lo referente a lo segundo me parece perfecto, a ver cuándo se generaliza a las vías públicas), se me ocurre proponer que igual que se reservan en los locales hosteleros zonas de fumadores, se plantee la posibilidad de crear zonas de cantores, que sin molestar a nadie puedan disfrutar de la perdida costumbre. Hasta es posible que la iniciativa sirva como reclamo para llenar algunos locales.
La costumbre de «echar un cantarín», antes tan frecuente en bares y reuniones familiares, está de capa caída
ESPERANZA MEDINA POETA Y PROFESORA Estos días que vivimos en pleno baile de gaitas y pueblos celtas me ha dado la vena nostálgica y sin saber muy bien dónde está la raíz de aquello he vuelto a los paseos de la mano de mi padre que acababan en algún chigre «echando un cantarín» (él, claro está, que yo me dedicaba a mis aceitunas y mi refresco).
Una costumbre que hemos perdido por completo: cantar juntos, sin necesidad de ser amigos o haber quedado para la ocasión. A pesar de mi falta de oído musical. me encanta oír cantar. Quizá porque recuerdo aquellos coros improvisados de los chigres, aquellas sobremesas de las reuniones familiares en las que una cucharilla y una botella vacía eran el mejor de los acompañamientos musicales a un repertorio que me sabía (y aún me sé) y al que yo acompañaba por lo bajo para no desentonar demasiado: «Soy de Verdiciu, nací a la vera del Cabo Peñas xunto a la mar...» o aquella «Es Avilés la ciudad más bonita y galante, tiene co-modidades de una ciudad grande...», y tantas otras que recuerdo con auténtico agrado.
Junto con las que me enseñaba mi profesora de los primeros años de colegio, doña Eulogia, que paraba a mitad de mañana una o dos veces para que descansásemos entre lección y lección «echando un cantarín»: la danza prima de Avilés o el xiringüelo. Y es que recuerdo aquellos años de escuela como una experiencia feliz llena de descubrimientos. Sólo siento que sea ya demasiado tarde para decírselo a ella.
Algún antropólogo podrá explicar de dónde viene esta costumbre nuestra de cantar cuando bebemos y comemos, de alegrarnos juntos compartiendo letras y músicas populares. Y no digo yo que no se haga en otros sitios, pero hay que reconocernos el valor (o la chulería, según quién lo mire) de haber hecho himno oficial una canción patrimonio de los chigres durante muchos años. Y a mucha honra, que conste.
Por todo eso me parece tan estupendo que se convoquen encuentros de canciones de sobremesa. Este otoño podremos disfrutar del tercero que se lleva a cabo en nuestra comarca organizado por la Asociación de Veteranos del Miranda Club de Fútbol y el grupo de canto «Amigos de Miranda».
Y ya que aquellos carteles que proliferaron en otro tiempo por bares y sidrerías prohibiendo cantar y escupir en el suelo consiguieron su objetivo (cosa que en lo referente a lo segundo me parece perfecto, a ver cuándo se generaliza a las vías públicas), se me ocurre proponer que igual que se reservan en los locales hosteleros zonas de fumadores, se plantee la posibilidad de crear zonas de cantores, que sin molestar a nadie puedan disfrutar de la perdida costumbre. Hasta es posible que la iniciativa sirva como reclamo para llenar algunos locales.
lunes, 6 de julio de 2009
De recuerdos y deseos
De recuerdos y deseos
Hay estampas de la ciudad que, por suerte, han pasado al olvido con el tiempo
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Los deseos y los recuerdos se hilvanan a veces con una fina lana transparente que los confunde. Recuerdo cómo deseaba hace veinte años no morirme sin ver la ría limpia y el teatro Palacio Valdés reconstruido (que nadie piense que me estoy poniendo melodramática con lo de no morirme, simplemente intentaba dar un plazo largo para que se cumplieran mis deseos).
Y es que también recuerdo cómo por aquella época más o menos desaparecían casas antiguas y en su lugar quedaban los solares o (no sé si en el mejor o en el peor de los casos) edificios modernos y en ocasiones un poco más altos que el original. También recuerdo galerías de madera a dos fachadas (gemelas de otras arregladas recientemente) que me hacían soñar con tardes tranquilas de sol tras aquellos cristales. Deseo difícil de cumplir, porque no conocía al inquilino que las habitaba, pero con el tiempo truncado definitivamente cuando la madera se cambió por el aséptico, poco estético, aunque aislante PVC.
El tiempo, que en ocasiones es un enemigo, en estos veinte años se fue haciendo un aliado, y poco a poco fue lavando la cara de una ciudad que, como Cenicienta, ocultaba su belleza bajo la suciedad descuidada del día a día. No sólo los edificios o la ría van recuperando su esplendor con promesas de arte y cultura que nos hacen ir más allá de lo puramente externo; sino también las avenidas y plazas, que se hacen peatonales y agradables para caminar. Porque recuerdo cuando se temía que peatonalizar las calles (La Cámara, en concreto) trajese la ruina de los comerciantes, qué lejos estábamos de comprender que no se compra más cuando se va en coche, sino cuando pasamos por delante de los escaparates en un despreocupado paseo.
Nos sorprendemos ahora al comprobar que algún ciudadano descuidado deja las bolsas con la basura fuera de los contenedores y un perro, de un dueño más descuidado aún la revuelve esparciéndola. Ahora es chocante, pero recuerdo cuando era así cada día.
Por suerte, mis hijas ya no recordarán ninguna de esas cosas y, por suerte también, yo no necesito seguir deseando, porque sin prisa pero sin pausa la realidad va superando, en este caso, al deseo.
Y que siga así, y que yo lo vea, y que ustedes me acompañen.
Hay estampas de la ciudad que, por suerte, han pasado al olvido con el tiempo
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Los deseos y los recuerdos se hilvanan a veces con una fina lana transparente que los confunde. Recuerdo cómo deseaba hace veinte años no morirme sin ver la ría limpia y el teatro Palacio Valdés reconstruido (que nadie piense que me estoy poniendo melodramática con lo de no morirme, simplemente intentaba dar un plazo largo para que se cumplieran mis deseos).
Y es que también recuerdo cómo por aquella época más o menos desaparecían casas antiguas y en su lugar quedaban los solares o (no sé si en el mejor o en el peor de los casos) edificios modernos y en ocasiones un poco más altos que el original. También recuerdo galerías de madera a dos fachadas (gemelas de otras arregladas recientemente) que me hacían soñar con tardes tranquilas de sol tras aquellos cristales. Deseo difícil de cumplir, porque no conocía al inquilino que las habitaba, pero con el tiempo truncado definitivamente cuando la madera se cambió por el aséptico, poco estético, aunque aislante PVC.
El tiempo, que en ocasiones es un enemigo, en estos veinte años se fue haciendo un aliado, y poco a poco fue lavando la cara de una ciudad que, como Cenicienta, ocultaba su belleza bajo la suciedad descuidada del día a día. No sólo los edificios o la ría van recuperando su esplendor con promesas de arte y cultura que nos hacen ir más allá de lo puramente externo; sino también las avenidas y plazas, que se hacen peatonales y agradables para caminar. Porque recuerdo cuando se temía que peatonalizar las calles (La Cámara, en concreto) trajese la ruina de los comerciantes, qué lejos estábamos de comprender que no se compra más cuando se va en coche, sino cuando pasamos por delante de los escaparates en un despreocupado paseo.
Nos sorprendemos ahora al comprobar que algún ciudadano descuidado deja las bolsas con la basura fuera de los contenedores y un perro, de un dueño más descuidado aún la revuelve esparciéndola. Ahora es chocante, pero recuerdo cuando era así cada día.
Por suerte, mis hijas ya no recordarán ninguna de esas cosas y, por suerte también, yo no necesito seguir deseando, porque sin prisa pero sin pausa la realidad va superando, en este caso, al deseo.
Y que siga así, y que yo lo vea, y que ustedes me acompañen.
martes, 23 de junio de 2009
El día de la palabra
El día de la palabra
Las lenguas son un patrimonio cultural que nos pertenece a todos, hablémoslas o no
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA El día 20 de junio se ha celebrado por primera vez el «Día del español». Un idioma que hablan más de 450 millones de personas y es oficial en 21 países. Los cálculos aseguran que dentro de tres generaciones será una lengua entendida por el diez por ciento de la población mundial.
Aunque quizás dentro de tres generaciones yo ya ni escriba ni hable en castellano (ni en ninguna otra lengua, claro está), me ha hecho ilusión pensar que esta sensación que tengo a veces de incomunicación al no poder entender todos los idiomas que me rodean, será menor, porque habrá más personas que sí podrían entenderme a mí.
Y es que las lenguas (mayoritarias o no) son un fuerte patrimonio cultural que nos pertenece a todos, hablantes o no hablantes de esas lenguas. De la misma manera que las catedrales e iglesias, como bien artístico, pertenecen a creyentes y agnósticos por igual. Ese sentimiento me lleva a soñar que entiendo todos los idiomas, aunque mi oído y mi cerebro me vuelvan a la realidad constantemente.
Para celebrar ese día desde el Instituto Cervantes se lanzó una lluvia de palabras elegidas por los internautas (estamos claramente de lleno en el siglo XXI). Curiosamente la palabra preferida por estos proponedores de palabras fue «malevo». Debo confesar que no la he usado en mi vida, y que tuve que acercarme al diccionario a buscar su significado por si no tenía nada que ver con el «matón» de los tangos que me venía a la mente al leerla. El diccionario me dio la razón y me confirmó que malevo equivale a malhechor o matón. Nunca se me hubiese ocurrido escribir esa palabra si me preguntan por mi preferida.
Es posible que algo profundo esté cambiando en el idioma o quizás que unos cuantos internautas decidieran gastar una broma a quienes recibieron esa lluvia de palabras, ya que a alguno le habrá caído la palabra «malevo» en la cabeza, digo yo.
En cualquier caso, sean malevos o no, cada hablante reconstruye un patrimonio cultural que nos pertenece a todos, patrimonio cultural vivo y cambiante como pocos. Enriquecido por cada acepción nueva, por cada vocablo que se incorpora y se expande por nuestra lengua.
No soy muy partidaria de celebrar los «días de», pero si tuviera que inventarme uno elegiría el de la palabra, la que nos acerca y nos une, sea en el idioma que sea, nunca la que nos diferencia. Que en las dos direcciones se pueden empuñar los vocablos de cualquier lengua.
Las lenguas son un patrimonio cultural que nos pertenece a todos, hablémoslas o no
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA El día 20 de junio se ha celebrado por primera vez el «Día del español». Un idioma que hablan más de 450 millones de personas y es oficial en 21 países. Los cálculos aseguran que dentro de tres generaciones será una lengua entendida por el diez por ciento de la población mundial.
Aunque quizás dentro de tres generaciones yo ya ni escriba ni hable en castellano (ni en ninguna otra lengua, claro está), me ha hecho ilusión pensar que esta sensación que tengo a veces de incomunicación al no poder entender todos los idiomas que me rodean, será menor, porque habrá más personas que sí podrían entenderme a mí.
Y es que las lenguas (mayoritarias o no) son un fuerte patrimonio cultural que nos pertenece a todos, hablantes o no hablantes de esas lenguas. De la misma manera que las catedrales e iglesias, como bien artístico, pertenecen a creyentes y agnósticos por igual. Ese sentimiento me lleva a soñar que entiendo todos los idiomas, aunque mi oído y mi cerebro me vuelvan a la realidad constantemente.
Para celebrar ese día desde el Instituto Cervantes se lanzó una lluvia de palabras elegidas por los internautas (estamos claramente de lleno en el siglo XXI). Curiosamente la palabra preferida por estos proponedores de palabras fue «malevo». Debo confesar que no la he usado en mi vida, y que tuve que acercarme al diccionario a buscar su significado por si no tenía nada que ver con el «matón» de los tangos que me venía a la mente al leerla. El diccionario me dio la razón y me confirmó que malevo equivale a malhechor o matón. Nunca se me hubiese ocurrido escribir esa palabra si me preguntan por mi preferida.
Es posible que algo profundo esté cambiando en el idioma o quizás que unos cuantos internautas decidieran gastar una broma a quienes recibieron esa lluvia de palabras, ya que a alguno le habrá caído la palabra «malevo» en la cabeza, digo yo.
En cualquier caso, sean malevos o no, cada hablante reconstruye un patrimonio cultural que nos pertenece a todos, patrimonio cultural vivo y cambiante como pocos. Enriquecido por cada acepción nueva, por cada vocablo que se incorpora y se expande por nuestra lengua.
No soy muy partidaria de celebrar los «días de», pero si tuviera que inventarme uno elegiría el de la palabra, la que nos acerca y nos une, sea en el idioma que sea, nunca la que nos diferencia. Que en las dos direcciones se pueden empuñar los vocablos de cualquier lengua.
martes, 9 de junio de 2009
Sestaferia
Sestaferia
Las disputas limítrofes entre los concejos poco ayudan a mejorar la vida de los vecinos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Desde hace un tiempo ya tengo la extraña sensación de vivir en una isla. Y no es una cuestión tan retórica como puede parecer, no me refiero al aislamiento o la soledad personal que uno puede sentir en determinados momentos de su vida. En realidad mi isla no está rodeada de mar por todas partes, sino de líneas. De líneas imaginarias pero que me empieza a dar miedo pisar cada vez que me muevo por Avilés. Y es que es éste un concejo tan pequeño que es fácil salirse de sus límites.
Es cierto que cada región, cada pueblo, cada barrio, cada ciudad (cada comunidad de vecinos si me apuran) tiene su propia idiosincrasia ¿cómo no va a ser así si cada uno de nosotros somos diferentes?, pero también es cierto que nos va mejor cuando nos relacionamos, cuando compartimos experiencias y ampliamos horizontes (mismamente mientras hacemos cola en la pescadería o en la parada del autobús). Es esto lo que me hace no acabar de entender que los concejos que vivimos pegaditos no crezcamos codo con codo caminando hacia los mismos intereses.
Es posible que esta incomprensión mía sea fruto de la ignorancia, y entonces pido a quienes saben bastante más que yo mil perdones. Pero es que siempre he creído que nos iría mejor, en cuanto a servicios, a los ciudadanos si ayuntamientos como el de Corvera, Castrillón, Gozón, Avilés unificaran fuerzas y ofertas de bienestar a quienes los habitamos. Es incomprensible que la limpieza de determinado entorno, por ejemplo, no se realice porque depende de «a quien le toca» o «quien puede».
No nos vamos a llevar nada de esta vida, sólo tenemos lo que nos hace disfrutar. Cosas pequeñas a veces, cotidianas, como pasear por la margen de una ría limpia, o por un sendero que nos lleva a un pequeño bosque, o merendar al borde de un pantano, o ver cómo rompe el mar en los acantilados.
Cosas simples que son de todos, llamémonos avilesinos, gozoniegos, corveranos, etcétera, porque en ese rincón afectivo en que lo externo me pertenece, tan míos son los soportales de Galiana como el pantano de Trasona, la playa de Salinas o el Cabo Peñas. Tan míos como de todos ustedes o de cualquier visitante que se acerque por la zona a disfrutar de nuestro entorno. Eso sí, siempre que los tengamos bien cuidados y nos relacionemos como buenos vecinos que somos, no olvidemos aquello de la sestaferia, que tan buen resultado dio para esto de los servicios vecinales.
Las disputas limítrofes entre los concejos poco ayudan a mejorar la vida de los vecinos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Desde hace un tiempo ya tengo la extraña sensación de vivir en una isla. Y no es una cuestión tan retórica como puede parecer, no me refiero al aislamiento o la soledad personal que uno puede sentir en determinados momentos de su vida. En realidad mi isla no está rodeada de mar por todas partes, sino de líneas. De líneas imaginarias pero que me empieza a dar miedo pisar cada vez que me muevo por Avilés. Y es que es éste un concejo tan pequeño que es fácil salirse de sus límites.
Es cierto que cada región, cada pueblo, cada barrio, cada ciudad (cada comunidad de vecinos si me apuran) tiene su propia idiosincrasia ¿cómo no va a ser así si cada uno de nosotros somos diferentes?, pero también es cierto que nos va mejor cuando nos relacionamos, cuando compartimos experiencias y ampliamos horizontes (mismamente mientras hacemos cola en la pescadería o en la parada del autobús). Es esto lo que me hace no acabar de entender que los concejos que vivimos pegaditos no crezcamos codo con codo caminando hacia los mismos intereses.
Es posible que esta incomprensión mía sea fruto de la ignorancia, y entonces pido a quienes saben bastante más que yo mil perdones. Pero es que siempre he creído que nos iría mejor, en cuanto a servicios, a los ciudadanos si ayuntamientos como el de Corvera, Castrillón, Gozón, Avilés unificaran fuerzas y ofertas de bienestar a quienes los habitamos. Es incomprensible que la limpieza de determinado entorno, por ejemplo, no se realice porque depende de «a quien le toca» o «quien puede».
No nos vamos a llevar nada de esta vida, sólo tenemos lo que nos hace disfrutar. Cosas pequeñas a veces, cotidianas, como pasear por la margen de una ría limpia, o por un sendero que nos lleva a un pequeño bosque, o merendar al borde de un pantano, o ver cómo rompe el mar en los acantilados.
Cosas simples que son de todos, llamémonos avilesinos, gozoniegos, corveranos, etcétera, porque en ese rincón afectivo en que lo externo me pertenece, tan míos son los soportales de Galiana como el pantano de Trasona, la playa de Salinas o el Cabo Peñas. Tan míos como de todos ustedes o de cualquier visitante que se acerque por la zona a disfrutar de nuestro entorno. Eso sí, siempre que los tengamos bien cuidados y nos relacionemos como buenos vecinos que somos, no olvidemos aquello de la sestaferia, que tan buen resultado dio para esto de los servicios vecinales.
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