Compre usted nardos
La venta de enciclopedias en la era de internet
Compre usted nardos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA La semana pasada acontecía en mi familia un hecho un tanto singular; singular no por lo curioso o raro del asunto, sino porque me recordó un tiempo en que era frecuente y yo ya tenía olvidado. Aunque, como no quiero en ningún caso pecar de exagerada, y como recuerdo con frecuencia aquello que decía mi abuela cuando puntualizaba algo hasta el más mínimo detalle de «para que el diablo no se ría», debo aclarar que no sólo ocurrió en mi familia, sino también en las de los compañeros de colegio de mi hija.
La anécdota que me dio qué pensar fue la siguiente: cuando volvía del colegio, mi hija apareció cargando una cajita de cartón rectangular, cuyo peso se añadía al de la mochila que porta habitualmente. En el interior de la caja había un tomo de un diccionario enciclopédico, similar a todos los que hay en mi casa y había ya en casa de mis padres. Dicho tomo era una muestra que debía devolver al día siguiente si no estábamos interesados en comprarlo.
Alguno de ustedes puede estar prensando ¡vaya tontería!, pero antes de ello recapaciten: ¿cuánto tiempo hace que no reciben la visita de un vendedor de libros?, quizás es que pasan de largo por mi casa y se acercan a las suyas, pero lo cierto es que a mí intentan venderme servicios variados, pero con el auge de internet, hace mucho que no llaman a mi puerta para venderme una enciclopedia.
No lo hecho de menos, claro está, yo busco los libros que quiero o, en ocasiones, ellos me buscan a mí, pero siempre desde una estantería, un mostrador o cualquier medio de comunicación al que yo accedo.
Mi hija tuvo que volver a cargar con la cajita otra vez en dirección al colegio y a mí me dio un poco de pena del vendedor de diccionarios enciclopédicos, me pareció casi un empleo altruista, porque me resulta difícil imaginar a los niños de ahora abriendo libros para buscar los datos que necesitan en sus trabajos en lugar de presionar algunas teclas y pedirle a cualquier buscador en la red que se los acerque. Yo misma abro y consulto poco los varios metros de enciclopedias que veo desde aquí, últimamente me relaciono más con «míster Google». Mea culpa, lo reconozco.
En fin, que serán cosas de esta crisis que dicen que no hay, pero luego resulta que sí y que hará que cualquier día nos encontremos frente a jóvenes, señoras y caballeros que, a falta de otra ocupación laboral, nos saludarán por la calle para intentar vendernos nardos, como en aquella famosa zarzuela. Otra cosa será que tengamos con qué comprarlos.
martes, 25 de mayo de 2010
miércoles, 12 de mayo de 2010
La llambiona
La llambiona
El significado de las palabras depende de la experiencia que uno haya tenido con ellas
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Está claro que en el significado que cada uno le da a las palabras juega un papel fundamental la experiencia, personal o colectiva, que de su uso se tenga. Así cuando se traduce de una lengua a otra se pueden perder matices importantes, a veces fundamentales pasa sentir que se habla de lo mismo.
Y es que desde que yo recuerdo hay una palabra que, aunque tenga su equivalente prácticamente idéntico en castellano y asturiano, para mí se diferencia clarísimamente, porque nunca ha sido lo mismo en mi vocabulario «llamber» que lamer.
Cuando niña yo no era buena comedora, pero sí era «llambiona». Mi madre se desesperaba para que yo comiese correctamente, para contrarrestar los efectos de los muchos medicamentos que tomaba. Hacía todo lo posible y lo imposible para que yo me alimentara como es debido.
Tengo que agradecerle sus esfuerzos, porque después de tanta insistencia acabó consiguiendo que yo comiese de todo y aún hoy más de lo que debiera.
A mi madre tengo que agradecerle también sus fantásticas manos para la cocina (ya sé que todos dicen que quien mejor cocina es la madre de uno, pero reto a cualquiera a competir con la mía).
Lo que más me gustaba siempre era cuando hacía tartas o mantecados, porque al acabar me dejaba «arrebañar» la fuente en la que lo había amasado, y esa imagen, la de pasar el dedo por la pasta dulce es la que me viene a la mente cada vez que leo, escucho o uso aquello de «llamber», «llambionaes» o cualquiera de sus derivados, me veo relamiéndome más que lamiendo.
Aunque en aquellas ocasiones tenía un enemigo, que no era mi hermano, porque con él podía compartir aquel juego de la repostería, sino «la llambiona», un utensilio de cocina que era capaz de dejarnos sin ningún resto de la masa. Me hacía muy poca gracia que mi madre sacase del cajón aquella especie de paleta blandengue que se movía por todos los resquicios del recipiente y apenas dejaba restos. Era demasiado eficaz en su cometido. Una auténtica guerra de «llambionas», creo yo.
Por todas esas connotaciones tan dulces y tan entrañables me ha gustado especialmente el nombre que le han dado al salón de los aromas y sabores dulces que se ha celebrado en Avilés este fin de semana pasado: «Sweet Llambión». Iniciativa que espero que se repita en muchas más ocasiones, pues ya sabemos aquello de «a nadie le amarga un dulce». Yo diría aún más, que un dulce siempre nos regala una sonrisa, y una sonrisa siempre merece la pena.
El significado de las palabras depende de la experiencia que uno haya tenido con ellas
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Está claro que en el significado que cada uno le da a las palabras juega un papel fundamental la experiencia, personal o colectiva, que de su uso se tenga. Así cuando se traduce de una lengua a otra se pueden perder matices importantes, a veces fundamentales pasa sentir que se habla de lo mismo.
Y es que desde que yo recuerdo hay una palabra que, aunque tenga su equivalente prácticamente idéntico en castellano y asturiano, para mí se diferencia clarísimamente, porque nunca ha sido lo mismo en mi vocabulario «llamber» que lamer.
Cuando niña yo no era buena comedora, pero sí era «llambiona». Mi madre se desesperaba para que yo comiese correctamente, para contrarrestar los efectos de los muchos medicamentos que tomaba. Hacía todo lo posible y lo imposible para que yo me alimentara como es debido.
Tengo que agradecerle sus esfuerzos, porque después de tanta insistencia acabó consiguiendo que yo comiese de todo y aún hoy más de lo que debiera.
A mi madre tengo que agradecerle también sus fantásticas manos para la cocina (ya sé que todos dicen que quien mejor cocina es la madre de uno, pero reto a cualquiera a competir con la mía).
Lo que más me gustaba siempre era cuando hacía tartas o mantecados, porque al acabar me dejaba «arrebañar» la fuente en la que lo había amasado, y esa imagen, la de pasar el dedo por la pasta dulce es la que me viene a la mente cada vez que leo, escucho o uso aquello de «llamber», «llambionaes» o cualquiera de sus derivados, me veo relamiéndome más que lamiendo.
Aunque en aquellas ocasiones tenía un enemigo, que no era mi hermano, porque con él podía compartir aquel juego de la repostería, sino «la llambiona», un utensilio de cocina que era capaz de dejarnos sin ningún resto de la masa. Me hacía muy poca gracia que mi madre sacase del cajón aquella especie de paleta blandengue que se movía por todos los resquicios del recipiente y apenas dejaba restos. Era demasiado eficaz en su cometido. Una auténtica guerra de «llambionas», creo yo.
Por todas esas connotaciones tan dulces y tan entrañables me ha gustado especialmente el nombre que le han dado al salón de los aromas y sabores dulces que se ha celebrado en Avilés este fin de semana pasado: «Sweet Llambión». Iniciativa que espero que se repita en muchas más ocasiones, pues ya sabemos aquello de «a nadie le amarga un dulce». Yo diría aún más, que un dulce siempre nos regala una sonrisa, y una sonrisa siempre merece la pena.
martes, 27 de abril de 2010
Palabras
Palabras
El Día del Libro y el arte de descubrir otros matices del idioma
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Sabéis que las palabras me apasionan, aunque muchas veces no sepa manejarlas con soltura. Estoy aprendiendo.
Sabed también que igual que las palabras, me apasionan sus artesanos, que he sentido siempre un íntimo enlace con aquellos lugares que llevaban el nombre de algún literato, como mi colegio de ahora, el Marcos del Torniello.
Una, en su ingenuidad un tanto ridícula, hace un poco suyo al autor, como si caminar entre unas paredes que llevan su nombre contagiara algo de su conocimiento literario. Así sentía yo a don Ramón Menéndez Pidal en la Universidad cada vez que los profesores mencionaban sus estudios, como si nos conociésemos ya, y lo único que conocía yo de él era su nombre, después de haber pasado por el Instituto «femenino» de Avilés. Al menos estudiar sus teorías me resultó menos árido que estudiar las de algunos otros.
Pues bien, volviendo a las palabras, este año, para celebrar el Día del Libro o, más bien, la fiesta de la literatura, las niñas y los niños del Marcos del Torniello han leído y escuchado mucha poesía.
Nada fuera de lo normal, claro está, pero durante esta semana y la pasada en el aulario de los más pequeños caminamos literalmente bajo palabras. Sospecharán quienes me conocen que eso me alegra sobremanera.
Para quienes no se imaginan de qué hablo aclararé cómo ha sido la experiencia: el alumnado entre tres y cinco años debía escoger su palabra favorita y decorarla con su familia, para luego exponerlas colgadas por encima de nuestras cabezas. Pero todas y cada una de esas palabras se sustentan en un poema que les ha gustado. Hemos leído en clase un montón de poemas y cada uno ha escogido el suyo. No hemos necesitado entenderlos, sólo saber que nos producían sensaciones, inexplicables todavía a esta edad.
Las palabras han surgido entonces con otro sentido, con un ritmo que no tienen cuando las pronunciamos a diario, con connotaciones que se quedan en el poema pero que evocamos de nuevo con la palabra.
Que me contradiga quien crea que eso, precisamente eso, no es la poesía: la palabra sobreponiéndose a la palabra.
Nada original, ya lo sé, no lo hemos pretendido. Sólo queremos formar parte del maravilloso camino de la literatura, como una molécula más, insignificante e imprescindible en las grandes corrientes de agua, en el chorro del grifo o en la gota de rocío. Agua, al fin; literatura, al fin; palabras y sensaciones, después de todo.
El Día del Libro y el arte de descubrir otros matices del idioma
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Sabéis que las palabras me apasionan, aunque muchas veces no sepa manejarlas con soltura. Estoy aprendiendo.
Sabed también que igual que las palabras, me apasionan sus artesanos, que he sentido siempre un íntimo enlace con aquellos lugares que llevaban el nombre de algún literato, como mi colegio de ahora, el Marcos del Torniello.
Una, en su ingenuidad un tanto ridícula, hace un poco suyo al autor, como si caminar entre unas paredes que llevan su nombre contagiara algo de su conocimiento literario. Así sentía yo a don Ramón Menéndez Pidal en la Universidad cada vez que los profesores mencionaban sus estudios, como si nos conociésemos ya, y lo único que conocía yo de él era su nombre, después de haber pasado por el Instituto «femenino» de Avilés. Al menos estudiar sus teorías me resultó menos árido que estudiar las de algunos otros.
Pues bien, volviendo a las palabras, este año, para celebrar el Día del Libro o, más bien, la fiesta de la literatura, las niñas y los niños del Marcos del Torniello han leído y escuchado mucha poesía.
Nada fuera de lo normal, claro está, pero durante esta semana y la pasada en el aulario de los más pequeños caminamos literalmente bajo palabras. Sospecharán quienes me conocen que eso me alegra sobremanera.
Para quienes no se imaginan de qué hablo aclararé cómo ha sido la experiencia: el alumnado entre tres y cinco años debía escoger su palabra favorita y decorarla con su familia, para luego exponerlas colgadas por encima de nuestras cabezas. Pero todas y cada una de esas palabras se sustentan en un poema que les ha gustado. Hemos leído en clase un montón de poemas y cada uno ha escogido el suyo. No hemos necesitado entenderlos, sólo saber que nos producían sensaciones, inexplicables todavía a esta edad.
Las palabras han surgido entonces con otro sentido, con un ritmo que no tienen cuando las pronunciamos a diario, con connotaciones que se quedan en el poema pero que evocamos de nuevo con la palabra.
Que me contradiga quien crea que eso, precisamente eso, no es la poesía: la palabra sobreponiéndose a la palabra.
Nada original, ya lo sé, no lo hemos pretendido. Sólo queremos formar parte del maravilloso camino de la literatura, como una molécula más, insignificante e imprescindible en las grandes corrientes de agua, en el chorro del grifo o en la gota de rocío. Agua, al fin; literatura, al fin; palabras y sensaciones, después de todo.
martes, 13 de abril de 2010
Talla XL
Talla XL
La televisión ha excluido de sus programas la imagen de mujeres con kilos de más
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA No creo que deba ser precisamente la meta más importante en la vida de una mujer salir en la portada de una revista de moda, pero tengo que reconocer que cuando leí la noticia de que en una de ellas aparecía una modelo talla XL no pude reprimir una sonrisa de complicidad, ¿estarán cambiando las cosas y empezaremos a ver mujeres de dimensiones más realistas en la publicidad y los medios de comunicación?
Está claro que cuando la publicidad se planifica de una manera determinada no está motivada por un interés altruista, posiblemente se habrá hecho un estudio de mercado y la intención será vender más, pequeño consuelo para las que no usamos una talla S en la ropa, pero consuelo, al fin y al cabo.
Convivimos con un uso de la estética personal, con una utilización subliminal del deseo sexual, en todo tipo de actividades públicas, propagandísticas o no. ¿Dónde están si no las mujeres «entradas en carnes» de las televisiones nacionales? ¿Es casualidad que la mayoría de las que presentan, por ejemplo, los informativos, sean delgadas; o quizás el exceso de trabajo las mantiene así? Es una opción, claro, pero me pregunto si no habrá habido ninguna igualmente capaz, pero que no haya «dado el tipo» para salir en la tele. Curiosamente no ocurre lo mismo con los hombres, aunque también nos saturan de atractivos «adonis» presentando programas, de vez en cuando vemos alguno con algún que otro «kilo de más». Lo que quizá beneficia a la psicología masculina y les permite sentirse más a gusto con su físico, en este sentido habría que preguntar a los varones que se acercan a estas reflexiones de hoy.
Mantener nuestro cuerpo saludable es una obligación que hemos contraído con nosotros mismos desde el momento de nacer. Por eso no hablo de la obesidad como enfermedad, que como tal tiene que ser tratada, ni de casos como el de la mujer que, pesando 273 kilos, pretende llegar a 450 para conseguir ser la más gorda del mundo (antes de morir joven, me temo) o del hombre que evitó ir a la cárcel por su peso, que hacía muy caro transportarlo a la prisión y acondicionar la celda (hay que decir que el delito, no pagar a empresas de alimentación, se saldó con una multa).
En definitiva, que somos mujeres inteligentes y capaces, no necesitamos ser «supermujeres», ¿lo entenderemos alguna vez?
La televisión ha excluido de sus programas la imagen de mujeres con kilos de más
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA No creo que deba ser precisamente la meta más importante en la vida de una mujer salir en la portada de una revista de moda, pero tengo que reconocer que cuando leí la noticia de que en una de ellas aparecía una modelo talla XL no pude reprimir una sonrisa de complicidad, ¿estarán cambiando las cosas y empezaremos a ver mujeres de dimensiones más realistas en la publicidad y los medios de comunicación?
Está claro que cuando la publicidad se planifica de una manera determinada no está motivada por un interés altruista, posiblemente se habrá hecho un estudio de mercado y la intención será vender más, pequeño consuelo para las que no usamos una talla S en la ropa, pero consuelo, al fin y al cabo.
Convivimos con un uso de la estética personal, con una utilización subliminal del deseo sexual, en todo tipo de actividades públicas, propagandísticas o no. ¿Dónde están si no las mujeres «entradas en carnes» de las televisiones nacionales? ¿Es casualidad que la mayoría de las que presentan, por ejemplo, los informativos, sean delgadas; o quizás el exceso de trabajo las mantiene así? Es una opción, claro, pero me pregunto si no habrá habido ninguna igualmente capaz, pero que no haya «dado el tipo» para salir en la tele. Curiosamente no ocurre lo mismo con los hombres, aunque también nos saturan de atractivos «adonis» presentando programas, de vez en cuando vemos alguno con algún que otro «kilo de más». Lo que quizá beneficia a la psicología masculina y les permite sentirse más a gusto con su físico, en este sentido habría que preguntar a los varones que se acercan a estas reflexiones de hoy.
Mantener nuestro cuerpo saludable es una obligación que hemos contraído con nosotros mismos desde el momento de nacer. Por eso no hablo de la obesidad como enfermedad, que como tal tiene que ser tratada, ni de casos como el de la mujer que, pesando 273 kilos, pretende llegar a 450 para conseguir ser la más gorda del mundo (antes de morir joven, me temo) o del hombre que evitó ir a la cárcel por su peso, que hacía muy caro transportarlo a la prisión y acondicionar la celda (hay que decir que el delito, no pagar a empresas de alimentación, se saldó con una multa).
En definitiva, que somos mujeres inteligentes y capaces, no necesitamos ser «supermujeres», ¿lo entenderemos alguna vez?
martes, 30 de marzo de 2010
Ventanas
Ventanas
Las impresiones de la infancia se esconden, muchas veces, tras los cristales del recuerdo
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Y POETA Tenía una ventana más. Aquella cocina tenía una ventana más que la mía. Tenía un mundo nuevo abierto a una pared que para mí eran azulejos. Un mundo conocido, pero diferente desde aquella perspectiva. Cuántos años he deseado tener aquella ventana en mi cocina. Incluso imaginaba que con el tiempo la casa era mía y yo abría esa ventana entre los azulejos y veía por encima de los tejados, y miraba durante horas los edificios y las huertas, y los árboles de aquel parque recién estrenado que antes fuera jardín de una marquesa.
Porque en la cocina de mis queridas vecinas de arriba había una ventana más que en la mía, por la que yo miraba de reojo, pero a la que nunca me podía asomar. Había una ventana de más y una bandeja con vasos de colores y una jarra para el agua. Qué hacía que esos objetos me fascinasen tanto como para recordarlos aún ahora, con una mezcla de cariño, nostalgia e impotencia por dejar escapar tantas cosas para siempre. A tantas personas.
Hoy que ellas ya no están, que no me pueden dar agua en aquellos vasos de metal de colores, no dejo de pensar en su ventana. En realidad hay muchas otras ventanas en mi recuerdo: las soleadas de las tardes sin colegio, las brillantes de las noches estrelladas, las melancólicas de los cumpleaños sin celebración, las que me dejaban ver desde la cama un trozo de cielo?
Todas ellas mías, como mías también han sido siempre las que me gusta mirar desde fuera, cuando se encienden las luces y las siluetas de sus habitantes se cruzan ante ellas, con vidas que, no sé muy bien por qué, siempre imagino felices.
¿Cómo no voy a sucumbir yo a la atracción de las ventanas si hasta el gran Alfred Hitchcock lo hizo? Son a la vez deseo y decepción, nos mantienen alertas y vivos; expectantes, infinitamente expectantes.
Escribo esto un veintiocho de marzo, sesenta y ocho años después de la muerte de Miguel Hernández, el poeta que murió, dicen, mirando a una ventana, en una celda infame, enfermo y solo. Me pregunto qué vería él tras aquellos cristales.
Y nada más que decir, sólo que unas ventanas llaman a otras y hasta hoy no me había dado cuenta de lo importantes que fueron en mi vida, de cómo espero que el paisaje querido de la niñez siga tras ellas y de que por ese motivo, precisamente por ese único motivo, no quiero volver a asomarme a ninguna de ellas, prefiero seguir soñándolas.
Las impresiones de la infancia se esconden, muchas veces, tras los cristales del recuerdo
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Y POETA Tenía una ventana más. Aquella cocina tenía una ventana más que la mía. Tenía un mundo nuevo abierto a una pared que para mí eran azulejos. Un mundo conocido, pero diferente desde aquella perspectiva. Cuántos años he deseado tener aquella ventana en mi cocina. Incluso imaginaba que con el tiempo la casa era mía y yo abría esa ventana entre los azulejos y veía por encima de los tejados, y miraba durante horas los edificios y las huertas, y los árboles de aquel parque recién estrenado que antes fuera jardín de una marquesa.
Porque en la cocina de mis queridas vecinas de arriba había una ventana más que en la mía, por la que yo miraba de reojo, pero a la que nunca me podía asomar. Había una ventana de más y una bandeja con vasos de colores y una jarra para el agua. Qué hacía que esos objetos me fascinasen tanto como para recordarlos aún ahora, con una mezcla de cariño, nostalgia e impotencia por dejar escapar tantas cosas para siempre. A tantas personas.
Hoy que ellas ya no están, que no me pueden dar agua en aquellos vasos de metal de colores, no dejo de pensar en su ventana. En realidad hay muchas otras ventanas en mi recuerdo: las soleadas de las tardes sin colegio, las brillantes de las noches estrelladas, las melancólicas de los cumpleaños sin celebración, las que me dejaban ver desde la cama un trozo de cielo?
Todas ellas mías, como mías también han sido siempre las que me gusta mirar desde fuera, cuando se encienden las luces y las siluetas de sus habitantes se cruzan ante ellas, con vidas que, no sé muy bien por qué, siempre imagino felices.
¿Cómo no voy a sucumbir yo a la atracción de las ventanas si hasta el gran Alfred Hitchcock lo hizo? Son a la vez deseo y decepción, nos mantienen alertas y vivos; expectantes, infinitamente expectantes.
Escribo esto un veintiocho de marzo, sesenta y ocho años después de la muerte de Miguel Hernández, el poeta que murió, dicen, mirando a una ventana, en una celda infame, enfermo y solo. Me pregunto qué vería él tras aquellos cristales.
Y nada más que decir, sólo que unas ventanas llaman a otras y hasta hoy no me había dado cuenta de lo importantes que fueron en mi vida, de cómo espero que el paisaje querido de la niñez siga tras ellas y de que por ese motivo, precisamente por ese único motivo, no quiero volver a asomarme a ninguna de ellas, prefiero seguir soñándolas.
martes, 16 de marzo de 2010
Sorpresa, sorpresa.
Sorpresa, sorpresa
El invento de la lectura estimativa del consumo eléctrico convierte la apertura de cada recibo en una aventura
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y ESCRITORA Seguramente será una manera de que elevemos ese bajo rendimiento académico que dicen tenemos los españoles. Y si es así, igual hasta tenemos que estar agradecidos a las compañías eléctricas por este cambio de tarifas. Llevo meses haciendo cuentas, revisando facturas, cuadrando lecturas del contador de la luz y sigo sin salir de mi asombro, sin abandonar la duda de si será una broma (pesadísima, claro), o me estarán timando abiertamente. No consigo saber cuánto me van a cobrar en cada recibo, pero desde luego he mejorado mucho en matemáticas, con la de años que hacía que yo no dedicaba tanto tiempo a sumas, multiplicaciones, y hasta divisiones y restas.
Este nuevo invento de la «lectura estimativa» hace que mi vida no sea en absoluto monótona. Paso los meses pensando ¿tocará pagar este mes la luz?, ¿tendré suficiente dinero en el banco cuando me llegue la factura? Y es que tras el alivio de haberme librado de la cuota de luz algunos meses seguidos comienza a entrarme el temor por el instante en que me llegue por fin la ansiada factura para abrirla con prevención y cuidado no vaya a ser que la abultada cifra provoque algún deterioro repentino en mi salud. Vivo en un sin vivir, o lo que es lo mismo, en una perpetua emoción gracias a las compañías de la luz, que están en todo.
Incluso he llegado a ver con mis propios ojos lo que nunca había pensado que pudiese pasar: que una compañía eléctrica me devolviese dinero. Eso sí, después de habérmelo cobrado de más en el recibo anterior. Y es que, aunque llevo unos meses intentando que me expliquen por qué de repente han decidido estimar mi consumo de la luz en el doble de lo que es habitual (supongo que preveían un invierno muy, muy frío) sólo he conseguido de una amable telefonista la seguridad de que me devolverían el dinero, aunque yo insistiese en intentar aclarar por qué me lo quitaban primero, si era mío.
En fin, que he llegado a la conclusión de que las compañías eléctricas además de ayudarme a mejorar mi anquilosado manejo de las matemáticas, está favoreciendo una muy altruista y nada egoísta imagen de mi persona al dejarles utilizar mi dinero una temporada en vez de tenerlo guardado en el banco como una usurera cualquiera. Una buena obra que alguien me agradecerá. La compañía eléctrica de turno, supongo.
El invento de la lectura estimativa del consumo eléctrico convierte la apertura de cada recibo en una aventura
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y ESCRITORA Seguramente será una manera de que elevemos ese bajo rendimiento académico que dicen tenemos los españoles. Y si es así, igual hasta tenemos que estar agradecidos a las compañías eléctricas por este cambio de tarifas. Llevo meses haciendo cuentas, revisando facturas, cuadrando lecturas del contador de la luz y sigo sin salir de mi asombro, sin abandonar la duda de si será una broma (pesadísima, claro), o me estarán timando abiertamente. No consigo saber cuánto me van a cobrar en cada recibo, pero desde luego he mejorado mucho en matemáticas, con la de años que hacía que yo no dedicaba tanto tiempo a sumas, multiplicaciones, y hasta divisiones y restas.
Este nuevo invento de la «lectura estimativa» hace que mi vida no sea en absoluto monótona. Paso los meses pensando ¿tocará pagar este mes la luz?, ¿tendré suficiente dinero en el banco cuando me llegue la factura? Y es que tras el alivio de haberme librado de la cuota de luz algunos meses seguidos comienza a entrarme el temor por el instante en que me llegue por fin la ansiada factura para abrirla con prevención y cuidado no vaya a ser que la abultada cifra provoque algún deterioro repentino en mi salud. Vivo en un sin vivir, o lo que es lo mismo, en una perpetua emoción gracias a las compañías de la luz, que están en todo.
Incluso he llegado a ver con mis propios ojos lo que nunca había pensado que pudiese pasar: que una compañía eléctrica me devolviese dinero. Eso sí, después de habérmelo cobrado de más en el recibo anterior. Y es que, aunque llevo unos meses intentando que me expliquen por qué de repente han decidido estimar mi consumo de la luz en el doble de lo que es habitual (supongo que preveían un invierno muy, muy frío) sólo he conseguido de una amable telefonista la seguridad de que me devolverían el dinero, aunque yo insistiese en intentar aclarar por qué me lo quitaban primero, si era mío.
En fin, que he llegado a la conclusión de que las compañías eléctricas además de ayudarme a mejorar mi anquilosado manejo de las matemáticas, está favoreciendo una muy altruista y nada egoísta imagen de mi persona al dejarles utilizar mi dinero una temporada en vez de tenerlo guardado en el banco como una usurera cualquiera. Una buena obra que alguien me agradecerá. La compañía eléctrica de turno, supongo.
martes, 2 de marzo de 2010
Más vale prevenir.
Más vale prevenir
Nunca está de más tomar medidas y ser precavidos ante riesgos posibles
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y ESCRITORA «Más vale prevenir que curar». Es una de esas frases que conocemos todos, que cada uno de nosotros hemos repetido alguna vez o al menos hemos hecho nuestra si alguien la decía. Y, sin embargo, como somos seres enormemente contradictorios, este aspecto no iba a ser una excepción.
Contrariamente a lo que pudiera parecer, el ser humano, tan frágil, tiene un extraño concepto del peligro. Pareciera que nos creyésemos una especie de pequeños superhéroes al pensar «eso no me va a pasar a mí» y, así, arriesgar nuestra integridad de manera cotidiana. Todos recordamos algún accidente laboral con consecuencias fatales por una pequeña negligencia. La fuerza de la costumbre nos hace pensar que el peligro es menos si hemos conseguido realizar una acción muchas veces sin consecuencias, pero con que nos ocurra en una única ocasión será suficiente si el daño es irreparable.
Y no sólo se deben tomar medidas para prevenir accidentes laborales; la vida cotidiana, por desgracia, también nos pide estar alerta, sobre todo con los niños. Graves accidentes domésticos y de tráfico son demasiado habituales hoy en día.
Y es que prevenir es una actividad muy poco lucida. Cuando la prevención ha sido buena, muchas veces no sabemos de qué nos hemos librado, la palabra misma «prevención» parece mucho más importante cuando se dice a posteriori «esto tendría que haberse previsto para evitarlo», pero entonces deja de tener significado, suele ser ya demasiado tarde.
Por eso nos acostumbramos a oír que estamos en alerta naranja o roja por cuestiones climatológicas, como la «ciclogénesis explosiva», que nos visitó el pasado fin de semana. Lo cierto es que la palabreja se las traía, no sé si por el desconocimiento del término meteorológico o por lo de «explosiva», que siempre asusta un poco. Hemos tenido la suerte de que por nuestra región no haya dejado daños personales irreparables como ha ocurrido en otros lugares de España.
Y ahora, que ya ha pasado todo, y que en realidad no ha «pasado nada», he oído decir a más de uno: «Esto fue como la gripe A: mucho ruido y pocas nueces».
Pues no, señores. No es cuestión de haber hecho demasiado ruido, sino más bien de prevención. Ahora que no tenemos que curar ¿no nos alegramos de haber prevenido? Eso sí, sin obsesionarse, que todo debe hacerse en la medida apropiada, No vaya a ser que demasiada prevención nos deje sin disfrutar de la vida.
Nunca está de más tomar medidas y ser precavidos ante riesgos posibles
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y ESCRITORA «Más vale prevenir que curar». Es una de esas frases que conocemos todos, que cada uno de nosotros hemos repetido alguna vez o al menos hemos hecho nuestra si alguien la decía. Y, sin embargo, como somos seres enormemente contradictorios, este aspecto no iba a ser una excepción.
Contrariamente a lo que pudiera parecer, el ser humano, tan frágil, tiene un extraño concepto del peligro. Pareciera que nos creyésemos una especie de pequeños superhéroes al pensar «eso no me va a pasar a mí» y, así, arriesgar nuestra integridad de manera cotidiana. Todos recordamos algún accidente laboral con consecuencias fatales por una pequeña negligencia. La fuerza de la costumbre nos hace pensar que el peligro es menos si hemos conseguido realizar una acción muchas veces sin consecuencias, pero con que nos ocurra en una única ocasión será suficiente si el daño es irreparable.
Y no sólo se deben tomar medidas para prevenir accidentes laborales; la vida cotidiana, por desgracia, también nos pide estar alerta, sobre todo con los niños. Graves accidentes domésticos y de tráfico son demasiado habituales hoy en día.
Y es que prevenir es una actividad muy poco lucida. Cuando la prevención ha sido buena, muchas veces no sabemos de qué nos hemos librado, la palabra misma «prevención» parece mucho más importante cuando se dice a posteriori «esto tendría que haberse previsto para evitarlo», pero entonces deja de tener significado, suele ser ya demasiado tarde.
Por eso nos acostumbramos a oír que estamos en alerta naranja o roja por cuestiones climatológicas, como la «ciclogénesis explosiva», que nos visitó el pasado fin de semana. Lo cierto es que la palabreja se las traía, no sé si por el desconocimiento del término meteorológico o por lo de «explosiva», que siempre asusta un poco. Hemos tenido la suerte de que por nuestra región no haya dejado daños personales irreparables como ha ocurrido en otros lugares de España.
Y ahora, que ya ha pasado todo, y que en realidad no ha «pasado nada», he oído decir a más de uno: «Esto fue como la gripe A: mucho ruido y pocas nueces».
Pues no, señores. No es cuestión de haber hecho demasiado ruido, sino más bien de prevención. Ahora que no tenemos que curar ¿no nos alegramos de haber prevenido? Eso sí, sin obsesionarse, que todo debe hacerse en la medida apropiada, No vaya a ser que demasiada prevención nos deje sin disfrutar de la vida.
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