Haciendo historia
La experiencia nos va haciendo entender lo relativo que es la mayor parte de lo que sabemos
Haciendo historia
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA En un tiempo que ya sólo pertenece al recuerdo y a la infancia, una niña de unos cinco o seis años (o sea: yo) estaba convencida de entender el mundo con una lógica que otorgaba estatus de categóricas a sus sencillas (aunque no por eso poco caviladas) conjeturas. Y es que en aquellos años creía firmemente que lo que los mayores llamaban «canción del verano» era la que cada temporada sonaba de forma machacona en el chigre de la playa de San Balandrán (Samalandrán, para mi recuerdo infantil). Mi capacidad memorística no llega a tanto como para saber quién era el dueño, pero, desde luego, debía ser muy influyente para convertir en la canción favorita de todos la que a él más le gustaba.
Luego aprendí que la experiencia nos va haciendo entender lo relativo que es la mayor parte de lo que sabemos . La prudencia nos aconseja siempre ser cautos y considerar en todo momento que es posible que nuestro conocimiento no sea tan amplio como creemos, que cuando alguien intenta convencernos de que las cosas son de determinada manera porque «son así de toda la vida» sólo quiere decir que lo han sido en el corto y limitado espacio de tiempo en que hemos convivido con ellas. Y es que no sólo pueden cambiar hacia el futuro, sino que incluso puede cambiar nuestra visión del pasado.
La mayoría de las teorías, inclusive las más fundamentadas, pueden volverse «niñerías ingenuas» sólo con aportar un nuevo descubrimiento. Los científicos lo saben, y los filólogos, y los historiadores. El simple hallazgo de un papel perdido puede modificar la historia de la literatura. El descubrimiento de unas piedras la de la Humanidad o las ciudades. Es tan sencillo que asusta, porque no es lo mismo tener la prueba de lo que fue que imaginarlo.
Eso me hace disfrutar otra vez como una niña de cada nuevo hallazgo que se hace en mi entorno, como el de estos días en el terreno de la capilla de Los Alas. Como de todo lo que queda por venir. Para mí resulta tan emocionante como una novela de tesoros y misterio, pero en vivo y en directo. Y por entregas, claro.
Descubrir nuestro pasado es una deuda que tenemos con quienes lo forjaron, ¿qué sentido tiene dejar una herencia si los herederos ni siquiera lo saben? Somos pequeños en los parámetros del tiempo, mucho más pequeños que un cubo perfecto de siete metros de cara que acaba de sernos presentado de nuevo. Pero nos hace grandes saber de dónde venimos y confiar en que quienes nos sucedan también sentirán como propio algo nuestro.
martes, 6 de julio de 2010
martes, 22 de junio de 2010
Vacaciones
Vacaciones
Comienza un verano atípico, con la preocupación de no saber qué deparará el mes de septiembre
Vacaciones
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Para los escolares, como siempre, ha llegado el momento de la vacaciones. Por fin se olvidan los madrugones, la pesadez de los «profes» que cada día se inventan tareas más complicadas y que se empeñan, año tras año, en que hay que mejorar. A partir de ahora los amigos, la playa, las fiestas, son a tiempo completo.
Sin embargo a los mayores este año las vacaciones se nos sirven en una bandeja un tanto extraña, cargada de inseguridades y acompañada por catástrofes cercanas que aún no nos han permitido sentir que ha llegado ese verano que a todos nos anima un poco. Porque lo han precedido las lluvias torrenciales que, si no a nosotros, han inundado lugares conocidos y dejado a familias amigas en situaciones de desamparo. Eso ha hecho que a este sol que nos calienta ahora le esté costando mucho hacernos sonreír.
Además un cierto temor me da la mano estos días, en realidad me da muchas manos, las de todos aquellos que no saben cómo vendrá este septiembre, ¿traerá consigo todavía un puesto de trabajo o vendrá con una cuesta más pronunciada y más dificultosa que la de enero? Una cuesta arriba, claro está, pero que en realidad nos produce la sensación de que no salimos de ningún bache, sino más bien que caminamos cercanos a un abismo en el que cada vez nos hundimos más.
Creo que comparto con muchos la sensación de no saber hacia dónde vamos. Todos estamos dispuestos a hacer pequeños sacrificios personales, pero nos sentiríamos más tranquilos si tuviésemos la seguridad de que quienes nos los piden saben realmente lo que hacen. Es descorazonador sentir que se están dando palos de ciego y que en ese «juego» muchas familias van perdiendo la estabilidad y la esperanza.
No sé cuál puede ser la solución, me gustaría pensar que otros sí lo saben y la están poniendo en práctica. Me gustaría sentir, como todos estos niños y niñas que se quedan ahora de vacaciones, que el tiempo de verano es infinito, que los amigos, la playa, el parque, la calle, no se acaban nunca. Que el mayor de todos los problemas es que llegue septiembre y tengamos que volver al colegio, a madrugar, a acostarnos pronto y a desear que vuelvan las vacaciones.
Y aunque sé que los deseos no siempre se cumplen, por si acaso hay suerte, hoy el mío lo haré en voz alta, porque este es mi deseo de feliz verano: que llegue septiembre y tengáis que madrugar de nuevo, poder quejaros del jefe y desear que llegue el descanso, porque eso querrá decir que la rutina no se habrá convertido en desesperanza. Realmente somos modestos hasta para pedir.
Comienza un verano atípico, con la preocupación de no saber qué deparará el mes de septiembre
Vacaciones
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Para los escolares, como siempre, ha llegado el momento de la vacaciones. Por fin se olvidan los madrugones, la pesadez de los «profes» que cada día se inventan tareas más complicadas y que se empeñan, año tras año, en que hay que mejorar. A partir de ahora los amigos, la playa, las fiestas, son a tiempo completo.
Sin embargo a los mayores este año las vacaciones se nos sirven en una bandeja un tanto extraña, cargada de inseguridades y acompañada por catástrofes cercanas que aún no nos han permitido sentir que ha llegado ese verano que a todos nos anima un poco. Porque lo han precedido las lluvias torrenciales que, si no a nosotros, han inundado lugares conocidos y dejado a familias amigas en situaciones de desamparo. Eso ha hecho que a este sol que nos calienta ahora le esté costando mucho hacernos sonreír.
Además un cierto temor me da la mano estos días, en realidad me da muchas manos, las de todos aquellos que no saben cómo vendrá este septiembre, ¿traerá consigo todavía un puesto de trabajo o vendrá con una cuesta más pronunciada y más dificultosa que la de enero? Una cuesta arriba, claro está, pero que en realidad nos produce la sensación de que no salimos de ningún bache, sino más bien que caminamos cercanos a un abismo en el que cada vez nos hundimos más.
Creo que comparto con muchos la sensación de no saber hacia dónde vamos. Todos estamos dispuestos a hacer pequeños sacrificios personales, pero nos sentiríamos más tranquilos si tuviésemos la seguridad de que quienes nos los piden saben realmente lo que hacen. Es descorazonador sentir que se están dando palos de ciego y que en ese «juego» muchas familias van perdiendo la estabilidad y la esperanza.
No sé cuál puede ser la solución, me gustaría pensar que otros sí lo saben y la están poniendo en práctica. Me gustaría sentir, como todos estos niños y niñas que se quedan ahora de vacaciones, que el tiempo de verano es infinito, que los amigos, la playa, el parque, la calle, no se acaban nunca. Que el mayor de todos los problemas es que llegue septiembre y tengamos que volver al colegio, a madrugar, a acostarnos pronto y a desear que vuelvan las vacaciones.
Y aunque sé que los deseos no siempre se cumplen, por si acaso hay suerte, hoy el mío lo haré en voz alta, porque este es mi deseo de feliz verano: que llegue septiembre y tengáis que madrugar de nuevo, poder quejaros del jefe y desear que llegue el descanso, porque eso querrá decir que la rutina no se habrá convertido en desesperanza. Realmente somos modestos hasta para pedir.
martes, 8 de junio de 2010
Creatividad
Creatividad
Las situaciones de crisis fomentan, en algunas ocasiones, las ideas revolucionarias
Creatividad
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Explicaba un cierto diseñador que precisamente en tiempo de crisis es cuando más se desarrolla la creatividad. No acabo de entender muy bien qué tiene que ver la alta costura con la crisis, a no ser, claro, que tengan pensado ser más creativos aún en los precios, y así vendiendo menos ganarán más. Porque precisamente, cuando tenemos que apretarnos el cinturón, lo primero que quitamos los ciudadanos de a pie de la cesta de la compra son los modelitos de alta costura, digo yo.
Mucho me temo que la idea no le pertenecía enteramente, porque debemos admitir que las dificultades ayudan a aumentar la creatividad; que les pregunten, si no, a los ciudadanos cubanos, por ejemplo, que llevan tantos años siendo altamente creativos en su vida cotidiana.
Pero, tenga o no relación la creatividad con las crisis, hay que reconocer que conseguir una buena idea y su patente, por muy poco útil que esto pueda parecer en un principio, puede ser una magnífica manera de olvidarse de cualquier aprieto económico. Pensemos, por ejemplo, en el conocido Chupa Chups, un sencillo caramelito con palo que facilitó un agradable futuro a su creador, aunque en estos días, para nosotros, y sobre todo para el pueblo de Villamayor, se haya convertido en un dulce amargo. Está claro que no es culpa de las buenas ideas, sino de los empresarios, que en tiempos difíciles nunca están dispuestos a arrimar el hombro, sino más bien lo contrario: aprovechar la circunstancia para justificar más beneficios.
En cualquier caso sigue habiendo nuevas patentes que intentan convertirse en la gallina de los huevos de oro, como el bañador que hemos conocido estos días por la prensa y que permite tomar el sol sin que nos quede ningún tipo de marca.
Poder tomar el sol vestido, pero como si uno estuviera desnudo. Es posible que sea un invento muy práctico, pero yo no acabo de encontrarle la utilidad; otra cosa sería que las camisas, los pantalones, los vestidos, etcétera, estuviesen confeccionados con ese material. Así no tendríamos ni siquiera que acercarnos a las abarrotadas playas y piscinas en los días de calor: podríamos pasear tranquilamente bajo el sol por cualquier solitaria calle de ciudad en pleno verano para obtener un bronceado totalmente homogéneo, eso sí, siempre que uno se acuerde de ir y volver por el mismo sitio en su paseo, para que no se le tueste sólo una parte de su anatomía y, claro está, no salir de casa sin haberse echado por todo el cuerpo la correspondiente protección solar, por aquello de la posibilidad de algún trastorno cutáneo debido al exceso de exposición a los rayos ultravioleta.
En fin, que ya saben ustedes: dediquen el verano a que su creatividad trabaje para poder llegar a septiembre con alguna nueva patente anticrisis, que falta nos hace.
Las situaciones de crisis fomentan, en algunas ocasiones, las ideas revolucionarias
Creatividad
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Explicaba un cierto diseñador que precisamente en tiempo de crisis es cuando más se desarrolla la creatividad. No acabo de entender muy bien qué tiene que ver la alta costura con la crisis, a no ser, claro, que tengan pensado ser más creativos aún en los precios, y así vendiendo menos ganarán más. Porque precisamente, cuando tenemos que apretarnos el cinturón, lo primero que quitamos los ciudadanos de a pie de la cesta de la compra son los modelitos de alta costura, digo yo.
Mucho me temo que la idea no le pertenecía enteramente, porque debemos admitir que las dificultades ayudan a aumentar la creatividad; que les pregunten, si no, a los ciudadanos cubanos, por ejemplo, que llevan tantos años siendo altamente creativos en su vida cotidiana.
Pero, tenga o no relación la creatividad con las crisis, hay que reconocer que conseguir una buena idea y su patente, por muy poco útil que esto pueda parecer en un principio, puede ser una magnífica manera de olvidarse de cualquier aprieto económico. Pensemos, por ejemplo, en el conocido Chupa Chups, un sencillo caramelito con palo que facilitó un agradable futuro a su creador, aunque en estos días, para nosotros, y sobre todo para el pueblo de Villamayor, se haya convertido en un dulce amargo. Está claro que no es culpa de las buenas ideas, sino de los empresarios, que en tiempos difíciles nunca están dispuestos a arrimar el hombro, sino más bien lo contrario: aprovechar la circunstancia para justificar más beneficios.
En cualquier caso sigue habiendo nuevas patentes que intentan convertirse en la gallina de los huevos de oro, como el bañador que hemos conocido estos días por la prensa y que permite tomar el sol sin que nos quede ningún tipo de marca.
Poder tomar el sol vestido, pero como si uno estuviera desnudo. Es posible que sea un invento muy práctico, pero yo no acabo de encontrarle la utilidad; otra cosa sería que las camisas, los pantalones, los vestidos, etcétera, estuviesen confeccionados con ese material. Así no tendríamos ni siquiera que acercarnos a las abarrotadas playas y piscinas en los días de calor: podríamos pasear tranquilamente bajo el sol por cualquier solitaria calle de ciudad en pleno verano para obtener un bronceado totalmente homogéneo, eso sí, siempre que uno se acuerde de ir y volver por el mismo sitio en su paseo, para que no se le tueste sólo una parte de su anatomía y, claro está, no salir de casa sin haberse echado por todo el cuerpo la correspondiente protección solar, por aquello de la posibilidad de algún trastorno cutáneo debido al exceso de exposición a los rayos ultravioleta.
En fin, que ya saben ustedes: dediquen el verano a que su creatividad trabaje para poder llegar a septiembre con alguna nueva patente anticrisis, que falta nos hace.
martes, 25 de mayo de 2010
Compre usted nardos
Compre usted nardos
La venta de enciclopedias en la era de internet
Compre usted nardos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA La semana pasada acontecía en mi familia un hecho un tanto singular; singular no por lo curioso o raro del asunto, sino porque me recordó un tiempo en que era frecuente y yo ya tenía olvidado. Aunque, como no quiero en ningún caso pecar de exagerada, y como recuerdo con frecuencia aquello que decía mi abuela cuando puntualizaba algo hasta el más mínimo detalle de «para que el diablo no se ría», debo aclarar que no sólo ocurrió en mi familia, sino también en las de los compañeros de colegio de mi hija.
La anécdota que me dio qué pensar fue la siguiente: cuando volvía del colegio, mi hija apareció cargando una cajita de cartón rectangular, cuyo peso se añadía al de la mochila que porta habitualmente. En el interior de la caja había un tomo de un diccionario enciclopédico, similar a todos los que hay en mi casa y había ya en casa de mis padres. Dicho tomo era una muestra que debía devolver al día siguiente si no estábamos interesados en comprarlo.
Alguno de ustedes puede estar prensando ¡vaya tontería!, pero antes de ello recapaciten: ¿cuánto tiempo hace que no reciben la visita de un vendedor de libros?, quizás es que pasan de largo por mi casa y se acercan a las suyas, pero lo cierto es que a mí intentan venderme servicios variados, pero con el auge de internet, hace mucho que no llaman a mi puerta para venderme una enciclopedia.
No lo hecho de menos, claro está, yo busco los libros que quiero o, en ocasiones, ellos me buscan a mí, pero siempre desde una estantería, un mostrador o cualquier medio de comunicación al que yo accedo.
Mi hija tuvo que volver a cargar con la cajita otra vez en dirección al colegio y a mí me dio un poco de pena del vendedor de diccionarios enciclopédicos, me pareció casi un empleo altruista, porque me resulta difícil imaginar a los niños de ahora abriendo libros para buscar los datos que necesitan en sus trabajos en lugar de presionar algunas teclas y pedirle a cualquier buscador en la red que se los acerque. Yo misma abro y consulto poco los varios metros de enciclopedias que veo desde aquí, últimamente me relaciono más con «míster Google». Mea culpa, lo reconozco.
En fin, que serán cosas de esta crisis que dicen que no hay, pero luego resulta que sí y que hará que cualquier día nos encontremos frente a jóvenes, señoras y caballeros que, a falta de otra ocupación laboral, nos saludarán por la calle para intentar vendernos nardos, como en aquella famosa zarzuela. Otra cosa será que tengamos con qué comprarlos.
La venta de enciclopedias en la era de internet
Compre usted nardos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA La semana pasada acontecía en mi familia un hecho un tanto singular; singular no por lo curioso o raro del asunto, sino porque me recordó un tiempo en que era frecuente y yo ya tenía olvidado. Aunque, como no quiero en ningún caso pecar de exagerada, y como recuerdo con frecuencia aquello que decía mi abuela cuando puntualizaba algo hasta el más mínimo detalle de «para que el diablo no se ría», debo aclarar que no sólo ocurrió en mi familia, sino también en las de los compañeros de colegio de mi hija.
La anécdota que me dio qué pensar fue la siguiente: cuando volvía del colegio, mi hija apareció cargando una cajita de cartón rectangular, cuyo peso se añadía al de la mochila que porta habitualmente. En el interior de la caja había un tomo de un diccionario enciclopédico, similar a todos los que hay en mi casa y había ya en casa de mis padres. Dicho tomo era una muestra que debía devolver al día siguiente si no estábamos interesados en comprarlo.
Alguno de ustedes puede estar prensando ¡vaya tontería!, pero antes de ello recapaciten: ¿cuánto tiempo hace que no reciben la visita de un vendedor de libros?, quizás es que pasan de largo por mi casa y se acercan a las suyas, pero lo cierto es que a mí intentan venderme servicios variados, pero con el auge de internet, hace mucho que no llaman a mi puerta para venderme una enciclopedia.
No lo hecho de menos, claro está, yo busco los libros que quiero o, en ocasiones, ellos me buscan a mí, pero siempre desde una estantería, un mostrador o cualquier medio de comunicación al que yo accedo.
Mi hija tuvo que volver a cargar con la cajita otra vez en dirección al colegio y a mí me dio un poco de pena del vendedor de diccionarios enciclopédicos, me pareció casi un empleo altruista, porque me resulta difícil imaginar a los niños de ahora abriendo libros para buscar los datos que necesitan en sus trabajos en lugar de presionar algunas teclas y pedirle a cualquier buscador en la red que se los acerque. Yo misma abro y consulto poco los varios metros de enciclopedias que veo desde aquí, últimamente me relaciono más con «míster Google». Mea culpa, lo reconozco.
En fin, que serán cosas de esta crisis que dicen que no hay, pero luego resulta que sí y que hará que cualquier día nos encontremos frente a jóvenes, señoras y caballeros que, a falta de otra ocupación laboral, nos saludarán por la calle para intentar vendernos nardos, como en aquella famosa zarzuela. Otra cosa será que tengamos con qué comprarlos.
miércoles, 12 de mayo de 2010
La llambiona
La llambiona
El significado de las palabras depende de la experiencia que uno haya tenido con ellas
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Está claro que en el significado que cada uno le da a las palabras juega un papel fundamental la experiencia, personal o colectiva, que de su uso se tenga. Así cuando se traduce de una lengua a otra se pueden perder matices importantes, a veces fundamentales pasa sentir que se habla de lo mismo.
Y es que desde que yo recuerdo hay una palabra que, aunque tenga su equivalente prácticamente idéntico en castellano y asturiano, para mí se diferencia clarísimamente, porque nunca ha sido lo mismo en mi vocabulario «llamber» que lamer.
Cuando niña yo no era buena comedora, pero sí era «llambiona». Mi madre se desesperaba para que yo comiese correctamente, para contrarrestar los efectos de los muchos medicamentos que tomaba. Hacía todo lo posible y lo imposible para que yo me alimentara como es debido.
Tengo que agradecerle sus esfuerzos, porque después de tanta insistencia acabó consiguiendo que yo comiese de todo y aún hoy más de lo que debiera.
A mi madre tengo que agradecerle también sus fantásticas manos para la cocina (ya sé que todos dicen que quien mejor cocina es la madre de uno, pero reto a cualquiera a competir con la mía).
Lo que más me gustaba siempre era cuando hacía tartas o mantecados, porque al acabar me dejaba «arrebañar» la fuente en la que lo había amasado, y esa imagen, la de pasar el dedo por la pasta dulce es la que me viene a la mente cada vez que leo, escucho o uso aquello de «llamber», «llambionaes» o cualquiera de sus derivados, me veo relamiéndome más que lamiendo.
Aunque en aquellas ocasiones tenía un enemigo, que no era mi hermano, porque con él podía compartir aquel juego de la repostería, sino «la llambiona», un utensilio de cocina que era capaz de dejarnos sin ningún resto de la masa. Me hacía muy poca gracia que mi madre sacase del cajón aquella especie de paleta blandengue que se movía por todos los resquicios del recipiente y apenas dejaba restos. Era demasiado eficaz en su cometido. Una auténtica guerra de «llambionas», creo yo.
Por todas esas connotaciones tan dulces y tan entrañables me ha gustado especialmente el nombre que le han dado al salón de los aromas y sabores dulces que se ha celebrado en Avilés este fin de semana pasado: «Sweet Llambión». Iniciativa que espero que se repita en muchas más ocasiones, pues ya sabemos aquello de «a nadie le amarga un dulce». Yo diría aún más, que un dulce siempre nos regala una sonrisa, y una sonrisa siempre merece la pena.
El significado de las palabras depende de la experiencia que uno haya tenido con ellas
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Está claro que en el significado que cada uno le da a las palabras juega un papel fundamental la experiencia, personal o colectiva, que de su uso se tenga. Así cuando se traduce de una lengua a otra se pueden perder matices importantes, a veces fundamentales pasa sentir que se habla de lo mismo.
Y es que desde que yo recuerdo hay una palabra que, aunque tenga su equivalente prácticamente idéntico en castellano y asturiano, para mí se diferencia clarísimamente, porque nunca ha sido lo mismo en mi vocabulario «llamber» que lamer.
Cuando niña yo no era buena comedora, pero sí era «llambiona». Mi madre se desesperaba para que yo comiese correctamente, para contrarrestar los efectos de los muchos medicamentos que tomaba. Hacía todo lo posible y lo imposible para que yo me alimentara como es debido.
Tengo que agradecerle sus esfuerzos, porque después de tanta insistencia acabó consiguiendo que yo comiese de todo y aún hoy más de lo que debiera.
A mi madre tengo que agradecerle también sus fantásticas manos para la cocina (ya sé que todos dicen que quien mejor cocina es la madre de uno, pero reto a cualquiera a competir con la mía).
Lo que más me gustaba siempre era cuando hacía tartas o mantecados, porque al acabar me dejaba «arrebañar» la fuente en la que lo había amasado, y esa imagen, la de pasar el dedo por la pasta dulce es la que me viene a la mente cada vez que leo, escucho o uso aquello de «llamber», «llambionaes» o cualquiera de sus derivados, me veo relamiéndome más que lamiendo.
Aunque en aquellas ocasiones tenía un enemigo, que no era mi hermano, porque con él podía compartir aquel juego de la repostería, sino «la llambiona», un utensilio de cocina que era capaz de dejarnos sin ningún resto de la masa. Me hacía muy poca gracia que mi madre sacase del cajón aquella especie de paleta blandengue que se movía por todos los resquicios del recipiente y apenas dejaba restos. Era demasiado eficaz en su cometido. Una auténtica guerra de «llambionas», creo yo.
Por todas esas connotaciones tan dulces y tan entrañables me ha gustado especialmente el nombre que le han dado al salón de los aromas y sabores dulces que se ha celebrado en Avilés este fin de semana pasado: «Sweet Llambión». Iniciativa que espero que se repita en muchas más ocasiones, pues ya sabemos aquello de «a nadie le amarga un dulce». Yo diría aún más, que un dulce siempre nos regala una sonrisa, y una sonrisa siempre merece la pena.
martes, 27 de abril de 2010
Palabras
Palabras
El Día del Libro y el arte de descubrir otros matices del idioma
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Sabéis que las palabras me apasionan, aunque muchas veces no sepa manejarlas con soltura. Estoy aprendiendo.
Sabed también que igual que las palabras, me apasionan sus artesanos, que he sentido siempre un íntimo enlace con aquellos lugares que llevaban el nombre de algún literato, como mi colegio de ahora, el Marcos del Torniello.
Una, en su ingenuidad un tanto ridícula, hace un poco suyo al autor, como si caminar entre unas paredes que llevan su nombre contagiara algo de su conocimiento literario. Así sentía yo a don Ramón Menéndez Pidal en la Universidad cada vez que los profesores mencionaban sus estudios, como si nos conociésemos ya, y lo único que conocía yo de él era su nombre, después de haber pasado por el Instituto «femenino» de Avilés. Al menos estudiar sus teorías me resultó menos árido que estudiar las de algunos otros.
Pues bien, volviendo a las palabras, este año, para celebrar el Día del Libro o, más bien, la fiesta de la literatura, las niñas y los niños del Marcos del Torniello han leído y escuchado mucha poesía.
Nada fuera de lo normal, claro está, pero durante esta semana y la pasada en el aulario de los más pequeños caminamos literalmente bajo palabras. Sospecharán quienes me conocen que eso me alegra sobremanera.
Para quienes no se imaginan de qué hablo aclararé cómo ha sido la experiencia: el alumnado entre tres y cinco años debía escoger su palabra favorita y decorarla con su familia, para luego exponerlas colgadas por encima de nuestras cabezas. Pero todas y cada una de esas palabras se sustentan en un poema que les ha gustado. Hemos leído en clase un montón de poemas y cada uno ha escogido el suyo. No hemos necesitado entenderlos, sólo saber que nos producían sensaciones, inexplicables todavía a esta edad.
Las palabras han surgido entonces con otro sentido, con un ritmo que no tienen cuando las pronunciamos a diario, con connotaciones que se quedan en el poema pero que evocamos de nuevo con la palabra.
Que me contradiga quien crea que eso, precisamente eso, no es la poesía: la palabra sobreponiéndose a la palabra.
Nada original, ya lo sé, no lo hemos pretendido. Sólo queremos formar parte del maravilloso camino de la literatura, como una molécula más, insignificante e imprescindible en las grandes corrientes de agua, en el chorro del grifo o en la gota de rocío. Agua, al fin; literatura, al fin; palabras y sensaciones, después de todo.
El Día del Libro y el arte de descubrir otros matices del idioma
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Sabéis que las palabras me apasionan, aunque muchas veces no sepa manejarlas con soltura. Estoy aprendiendo.
Sabed también que igual que las palabras, me apasionan sus artesanos, que he sentido siempre un íntimo enlace con aquellos lugares que llevaban el nombre de algún literato, como mi colegio de ahora, el Marcos del Torniello.
Una, en su ingenuidad un tanto ridícula, hace un poco suyo al autor, como si caminar entre unas paredes que llevan su nombre contagiara algo de su conocimiento literario. Así sentía yo a don Ramón Menéndez Pidal en la Universidad cada vez que los profesores mencionaban sus estudios, como si nos conociésemos ya, y lo único que conocía yo de él era su nombre, después de haber pasado por el Instituto «femenino» de Avilés. Al menos estudiar sus teorías me resultó menos árido que estudiar las de algunos otros.
Pues bien, volviendo a las palabras, este año, para celebrar el Día del Libro o, más bien, la fiesta de la literatura, las niñas y los niños del Marcos del Torniello han leído y escuchado mucha poesía.
Nada fuera de lo normal, claro está, pero durante esta semana y la pasada en el aulario de los más pequeños caminamos literalmente bajo palabras. Sospecharán quienes me conocen que eso me alegra sobremanera.
Para quienes no se imaginan de qué hablo aclararé cómo ha sido la experiencia: el alumnado entre tres y cinco años debía escoger su palabra favorita y decorarla con su familia, para luego exponerlas colgadas por encima de nuestras cabezas. Pero todas y cada una de esas palabras se sustentan en un poema que les ha gustado. Hemos leído en clase un montón de poemas y cada uno ha escogido el suyo. No hemos necesitado entenderlos, sólo saber que nos producían sensaciones, inexplicables todavía a esta edad.
Las palabras han surgido entonces con otro sentido, con un ritmo que no tienen cuando las pronunciamos a diario, con connotaciones que se quedan en el poema pero que evocamos de nuevo con la palabra.
Que me contradiga quien crea que eso, precisamente eso, no es la poesía: la palabra sobreponiéndose a la palabra.
Nada original, ya lo sé, no lo hemos pretendido. Sólo queremos formar parte del maravilloso camino de la literatura, como una molécula más, insignificante e imprescindible en las grandes corrientes de agua, en el chorro del grifo o en la gota de rocío. Agua, al fin; literatura, al fin; palabras y sensaciones, después de todo.
martes, 13 de abril de 2010
Talla XL
Talla XL
La televisión ha excluido de sus programas la imagen de mujeres con kilos de más
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA No creo que deba ser precisamente la meta más importante en la vida de una mujer salir en la portada de una revista de moda, pero tengo que reconocer que cuando leí la noticia de que en una de ellas aparecía una modelo talla XL no pude reprimir una sonrisa de complicidad, ¿estarán cambiando las cosas y empezaremos a ver mujeres de dimensiones más realistas en la publicidad y los medios de comunicación?
Está claro que cuando la publicidad se planifica de una manera determinada no está motivada por un interés altruista, posiblemente se habrá hecho un estudio de mercado y la intención será vender más, pequeño consuelo para las que no usamos una talla S en la ropa, pero consuelo, al fin y al cabo.
Convivimos con un uso de la estética personal, con una utilización subliminal del deseo sexual, en todo tipo de actividades públicas, propagandísticas o no. ¿Dónde están si no las mujeres «entradas en carnes» de las televisiones nacionales? ¿Es casualidad que la mayoría de las que presentan, por ejemplo, los informativos, sean delgadas; o quizás el exceso de trabajo las mantiene así? Es una opción, claro, pero me pregunto si no habrá habido ninguna igualmente capaz, pero que no haya «dado el tipo» para salir en la tele. Curiosamente no ocurre lo mismo con los hombres, aunque también nos saturan de atractivos «adonis» presentando programas, de vez en cuando vemos alguno con algún que otro «kilo de más». Lo que quizá beneficia a la psicología masculina y les permite sentirse más a gusto con su físico, en este sentido habría que preguntar a los varones que se acercan a estas reflexiones de hoy.
Mantener nuestro cuerpo saludable es una obligación que hemos contraído con nosotros mismos desde el momento de nacer. Por eso no hablo de la obesidad como enfermedad, que como tal tiene que ser tratada, ni de casos como el de la mujer que, pesando 273 kilos, pretende llegar a 450 para conseguir ser la más gorda del mundo (antes de morir joven, me temo) o del hombre que evitó ir a la cárcel por su peso, que hacía muy caro transportarlo a la prisión y acondicionar la celda (hay que decir que el delito, no pagar a empresas de alimentación, se saldó con una multa).
En definitiva, que somos mujeres inteligentes y capaces, no necesitamos ser «supermujeres», ¿lo entenderemos alguna vez?
La televisión ha excluido de sus programas la imagen de mujeres con kilos de más
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA No creo que deba ser precisamente la meta más importante en la vida de una mujer salir en la portada de una revista de moda, pero tengo que reconocer que cuando leí la noticia de que en una de ellas aparecía una modelo talla XL no pude reprimir una sonrisa de complicidad, ¿estarán cambiando las cosas y empezaremos a ver mujeres de dimensiones más realistas en la publicidad y los medios de comunicación?
Está claro que cuando la publicidad se planifica de una manera determinada no está motivada por un interés altruista, posiblemente se habrá hecho un estudio de mercado y la intención será vender más, pequeño consuelo para las que no usamos una talla S en la ropa, pero consuelo, al fin y al cabo.
Convivimos con un uso de la estética personal, con una utilización subliminal del deseo sexual, en todo tipo de actividades públicas, propagandísticas o no. ¿Dónde están si no las mujeres «entradas en carnes» de las televisiones nacionales? ¿Es casualidad que la mayoría de las que presentan, por ejemplo, los informativos, sean delgadas; o quizás el exceso de trabajo las mantiene así? Es una opción, claro, pero me pregunto si no habrá habido ninguna igualmente capaz, pero que no haya «dado el tipo» para salir en la tele. Curiosamente no ocurre lo mismo con los hombres, aunque también nos saturan de atractivos «adonis» presentando programas, de vez en cuando vemos alguno con algún que otro «kilo de más». Lo que quizá beneficia a la psicología masculina y les permite sentirse más a gusto con su físico, en este sentido habría que preguntar a los varones que se acercan a estas reflexiones de hoy.
Mantener nuestro cuerpo saludable es una obligación que hemos contraído con nosotros mismos desde el momento de nacer. Por eso no hablo de la obesidad como enfermedad, que como tal tiene que ser tratada, ni de casos como el de la mujer que, pesando 273 kilos, pretende llegar a 450 para conseguir ser la más gorda del mundo (antes de morir joven, me temo) o del hombre que evitó ir a la cárcel por su peso, que hacía muy caro transportarlo a la prisión y acondicionar la celda (hay que decir que el delito, no pagar a empresas de alimentación, se saldó con una multa).
En definitiva, que somos mujeres inteligentes y capaces, no necesitamos ser «supermujeres», ¿lo entenderemos alguna vez?
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