martes, 9 de noviembre de 2010

Caxigalines varies

Me llevó muchos años de memorizar reglas ortográficas llegar a un presente de competencia lingüística aceptable



Caxigalines varies


ESPERANZA MEDINA Cuando yo era muy pequeña, no comía chucherías, comía bolinas de anís que mi madre me compraba en la tienda de María Rodes. Eran de colores aunque todas sabían igual (a anís, lógicamente) y estaban en unos fascinantes tarros de cristal que formaban fila en el mostrador de madera. Tarros de esos que se pueden apoyar de dos formas distintas y en los que entra la mano perfectamente para coger lo que haya en su interior. Durante algunos años dejé de verlos en las tiendas, pero en cuanto tuve la oportunidad no pude resistirme a comprar alguno para mi casa.

Las bolinas de anís eran un tesoro y aquellos tarros un objeto de deseo inalcanzable, cuidado con acercarte porque se podían romper. Si vuelvo a abrir las manos juntas, puedo sentirme rica otra vez con aquellas diez bolas de colores que me daban por una peseta. Una peseta (o, lo que es lo mismo: 0,01 euros), parece imposible que alguna vez me hubiesen dado algo por una peseta.

Más tarde me entretenía también con alguna otra «caxigalina» cuando en casa me daban dinero: regaliz, caramelos, chicles Cheiw o aquellos de bola tan enormes que apenas cabían en la boca y hacían que durante los primeros momentos te acabase doliendo la mandíbula. Supe que se llamaban chucherías muchos años más tarde, la recuerdo como una palabra divertida y muy acertada. «Golosinas» me pareció bastante más fina y seria desde el principio.

Obviamente ni mi vocabulario, ni mis conocimientos ortográficos o gramaticales eran entonces nada del otro mundo. Ni siquiera puedo asegurar que María Rodes fuese un nombre y un apellido, un apodo o un nombre compuesto. Me llevó muchos años de lectura, de copiar mil veces palabras incorrectas, de memorizar reglas ortográficas y tiempos verbales llegar a un presente de competencia lingüística aceptable.

Y ahora que ya no encuentro bolinas de anís ni ninguna otra «llambionada» con el sabor de las de mi infancia, me sorprende el periódico con «caxigalines» de otro orden que vienen a descolocar mis recuerdos: tildes que desaparecen, letras que cambian de nombre, etcétera.

Total, que después de tantas pérdidas, voy a plantearme seriamente reivindicar que las normas tengan carácter retroactivo y me compensen de alguna manera los exámenes que no aprobé por no poner determinadas tildes y las veces que copié en la libreta algunas palabras por el mismo motivo. Y aun más: a ver cómo le explico todo esto a mi ordenador.

martes, 26 de octubre de 2010

Envejecer

Envejecer



El valor del tiempo en el ecuador de la vida


ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es difícil no sentirse envejecer cuando se van superponiendo años como hojas de palmera.
¿Qué sabrá ella de la vejez? Estarán pensando algunos. Es posible que sepa poco, y espero contar con un montón de años para ir aprendiéndolo. Pero a partir de los 40 a muchos nos suena una especie de campanilla que avisa de que en el mejor de los casos posiblemente habremos vivido la mitad de nuestra vida (no es una sensación que haya tenido yo sola, curiosamente al plantearla en alguna conversación la habíamos tenido más de uno del grupo). Es posible que usted mismo, si ya ha llegado a esa edad, lo haya pensado alguna vez.
En cualquier caso esta reflexión no me ha llevado en absoluto a encerrarme en la tristeza ni el pesimismo. Ni tampoco a intentar hacerlo todo de prisa para tener tiempo. Es sólo la constatación de la certeza de que «siempre» es una palabra imposible para cualquiera de nosotros y que eso no nos hace ni más pequeños ni más grandes, simplemente nos pone en nuestro sitio.
Hace años, en la Universidad, con nuestros tiernos 20 añitos, yo sonreía ante la afirmación constante de una amiga de que la vida era demasiado corta para perderla con aquellas personas que no merecían la pena. Entonces yo creía que exageraba, había mucha vida y una tenía que pasar por muchas cosas, tratar con muchas personas aunque no mereciesen la pena. Todo me preocupaba entonces y todo me interesaba también. Han tenido que pasar los años para darle la razón cientos, miles de veces. No recuerdo si alguna de ellas se lo dije personalmente. Lo hago ahora: Chon, qué sabia eras ya entonces.
Y es que una nota que se va haciendo mayor porque tiene menos tolerancia a la estupidez, menos paciencia con los planteamientos absurdos encaminados sólo a hacerte perder el tiempo, menos vergüenza a decir y hacer lo que se quiere. La opinión de los demás va dejando de tener peso en los actos propios y va cogiendo densidad y consistencia la propia vida. Si no fuese así no tendría ninguna ventaja envejecer.
Sólo espero llegar a cumplir los que me toquen, sean los que sean, convencida de que si alguna vez perdí parte de mi tiempo y mi razón fue porque al fin y al cabo una tiene que hacer concesiones a la supervivencia, que hay que comer y todas esas vulgaridades de la vida. Pero que he compartido el resto con las personas que realmente merecen la pena. Y eso que sirva también para todos ustedes.

martes, 12 de octubre de 2010

Hablemos de tópicos

Hablemos de tópicos

La responsabilidad de ser padres y la dificultad de poner límites y decir que no





ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hablemos de tópicos. Uno de los más extendidos es aquél de: «La juventud está perdida». Y siglo tras siglo parece que se va encontrando o se va perdiendo definitivamente en el devenir del adulto que se siente totalmente acreditado por su experiencia pasada (que ha olvidado convenientemente) para repetir aquello de que no se sabe muy bien adónde van a ir a parar los jóvenes.

Por suerte o por desgracia, la juventud acaba siempre en el mismo sitio: en personas adultas más o menos sensatas. Y ahí comienzan los problemas.

Problemas de dos tipos. Unos los inherentes a la necesidad de ganarse la vida, encontrar una vivienda adecuada; incluso, me temo que a no mucho tardar, buscarse un buen plan de pensiones. Esos problemas los compartimos todos y los vamos solucionando como podemos.

Pero hay otros, relacionados con el momento de enfrentarse a la educación de los hijos. Como ningún manual garantiza buenos resultados en este sentido, vamos, con la mejor de las voluntades, capeando el temporal según nos viene y aprendiendo a ejercer de padres ejerciéndolo. Porque, desengañémonos, por muy juveniles que nos sintamos, somos padres de nuestros vástagos, no sus amigos. Para cubrir esa necesidad de «colegueo» están otros niños, otros adolescentes cercanos a los nuestros. Y por muy «enrollaos» que nos sintamos, no se nos puede olvidar que somos los progenitores y hemos contraído con nuestros hijos e hijas unas obligaciones morales y sociales que no podemos eludir. Obligaciones que no debemos delegar en nadie, ni siquiera en la escuela.

Porque es muy difícil poner límites y decir no, muy pesado recordar las normas que nos hacen seres sociales y sociables. Es mucho más sencillo mirar para otro lado y echar luego la culpa a los amigos, al colegio, a la juventud misma, de los fracasos y la incapacidad de enfrentar la vida de algunos jóvenes.

Y digo algunos, porque así es, como siempre. En todos los tiempos ha habido quien fracasa como persona, quien no se siente nunca satisfecho o contento, quien espera de los demás todo y no comprende que esa obligación o es recíproca o no existe.

Por suerte, yo también veo una juventud alegre, creativa, que aprovecha los medios a su alcance para el deporte, formar un grupo musical o hacer teatro en la calle.

Dejémonos de tópicos, de excusas, y veamos como padres qué es lo que debemos hacer para brindar a nuestros hijos ese futuro mejor. Ya hemos sido jóvenes y ahora toca ser adultos. Ley de vida.

martes, 28 de septiembre de 2010

Me rindo

Me rindo

Carta a la crisis con el objeto de claudicar



ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA
Querida "crisis":
Confieso que me siento totalmente vencida, incapaz de ver ni un solo frente en el que poder presentar batalla con dignidad. Ni siquiera me parecen viables las soluciones creativas: lamentablemente a estas alturas de la vida ya no me veo capaz de prescindir de la electricidad y alumbrarme con velas, teniendo en cuenta además que ni este ordenador con el que escribo, ni la calefacción, ni el agua caliente, ni tan siquiera el café de cada mañana sobrevivirían a un apagón reivindicativo y cabreado si dejo de pagar a la compañía eléctrica.

Y es que otra vez, sin que la simplicidad de mi mente poco imaginativa lo pueda entender, sube la luz. Supongo que será porque las compañías eléctricas están a punto de irse a la quiebra debido usted, amiga «crisis»; en ningún caso porque necesiten seguir ganando lo mismo, o más, a costa de los pobres consumidores, cada vez con menos posibilidad de consumir y cada vez más pobres.

Perdone si puedo resultar pesada al hablarle de mí y contarle que últimamente tengo la sensación de estar perdiendo facultades cognitivas, cada vez entiendo menos el significado de su propio nombre, doña «crisis». Se decía en mi casa que «nunca falta un tonto a quién echa-y la culpa» (perdone este batiburrillo de lenguajes, pero castellanizándolo del todo no me sonaba bien). Pues parece que aquí ha aparecido un tonto que no se queja, que asume todo tipo de culpas pasadas o venideras: usted misma, aunque le cueste creerlo. Si bien me temo que a su nombre le acompañan muchos apellidos: incompetencia, falta de previsión, derroche de lo ajeno, etc, etc, etc (cualquiera puede añadir lo que se le vaya ocurriendo).

Siento esta pataleta, que no me lleva a ninguna parte, si acaso a esperar que el invierno no sea muy frío y a rezar para que después de disminuir el sueldo, subir el IVA, la luz y otras cuantas circunstancias más de cuyo nombre me viene bien no acordarme, llegue una primavera florida y hermosa de esas que anuncian en los libros de texto.

Ya sólo me queda pedirle a usted, estimada señora, que tanto sabe y en tanto influye, que nos desvele en voz baja el misterio del recibo de la luz, a ver si entre todos somos capaces de encontrar la manera de aplicarle un descuento en vez de una subida. Prometemos no contar el secreto.

martes, 14 de septiembre de 2010

De vuelta al cole

De vuelta al cole

Inicio de curso a la sombra de la crisis y los recortes



ESPERANZA MEDINA
POETA Y PROFESORA Hay un ambiente festivo en las aulas, al menos entre mi alumnado, que disfruta del reencuentro con los amigos y con los nuevos juguetes. Son mayores, y eso los hace importantes. Nada puede con su alegría, con su empuje, con su curiosidad. Contagian ímpetu y energía, contagian sonrisas e historias de descubrimientos y veranos divertidos.

Créanme, es un alivio encontrar ese optimismo por las mañanas, enfrentarse como único problema a la necesidad de actividad continua de niños y niñas, al ejercicio investigador de cada pregunta, de cada razonamiento, de cada resolución de situaciones más o menos cotidianas. Es una auténtica gozada descubrir con ellos un mundo nuevo en todo lo ya conocido. Un ejercicio de optimismo tremendamente balsámico.

Porque a pesar de mis buenos deseos de feliz verano, publicados en este mismo diario el mes de junio, deseos de un setiembre de normalidad y trabajo, a pesar de ello, comenzamos el curso cabizbajos, con temor a abrir el periódico o encender la tele. Miedo nos da descubrir los nuevos recortes, entrever las subidas, los reajustes y ver perderse en la lejanía retazos del bienestar social que hasta ahora nos acompañaba.

Nos espera un curso difícil, una vuelta al cole insegura. A pesar de que nos la anuncian a bombo y platillo los grandes almacenes. Iniciamos el otoño estoicos, dispuestos a sortear pacientemente los altibajos, a luchar contra los elementos si hace falta.

Curiosamente, mientras que para algunos esta crisis ha supuesto tener que aplicarse la jocosa filosofía del chiste aquel del «consumismo»: con su mismo coche, son su mismo traje, etc, para otros ha tenido consecuencias insospechadas (al menos para mí) como el aumento de matrícula en la carrera de Derecho en la Universidad de Oviedo, que hace que este curso se considere recomendable limitar el acceso a dicha especialidad universitaria.

No se me había ocurrido que fuese a haber tanta demanda de abogados, aunque bien pensado, tal y como están las cosas no van a faltar conflictos y reclamaciones. Igual es una buena idea inclinarse hacia el derecho, lo malo es que no veo muy claro de dónde van recibir sus honorarios.

En fin, que yo seguiré con mis alumnos de cuatro años, que no sé si llegarán a ser abogados, bomberos o informáticos, pero que de momento me animan las mañanas y me agotan antes de llegar a las tardes. Y que no falte.

martes, 31 de agosto de 2010

Indefensos

Indefensos

La protección de algunos desprotege a otros



ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y ESCRITORA Aunque yo no recuerde si los he visto alguna vez, los billetes de 500 euros existen. Imagínense, por ejemplo, que ustedes tienen uno, que lo utilizan para hacer una compra considerablemente inferior a esa cantidad, como es lógico, la persona encargada de devolverle la diferencia comprobará con sumo cuidado que su billete sea auténtico. Una vez hecho esto le devolverá unos cuantos billetes de 50 euros, quizá de 100. Y entonces usted, honrado ciudadano o ciudadana, tiene que fiarse enteramente del personal de la tienda y salir rezando para que los billetes que ahora lleva en el bolsillo sean todos y cada uno de ellos auténticos al cien por ciento. Nadie los ha pasado por la maquinita para devolvérselos explicándole claramente la diferencia que hay entre uno y otro. Y créanme, la posibilidad existe. Hace algunos años a un familiar cercano en el mismísimo banco le entregaron un billete falso, aunque en ese caso todo tuvo un final feliz y se lo cambiaron por uno auténtico. Pero vaya usted a cualquier entidad bancaria con uno falso en la mano y a ver qué pasa.

Y es que los usuarios de los servicios públicos vivimos desprotegidos ante lo que ellos se protegen. Otro ejemplo es el referido a la grabación de las conversaciones cada vez que usted realiza algún tipo de gestión telefónica. Una amable voz le avisa de que su conversación será grabada, bien (piensa usted), así no habrá dudas si más adelante tiene que hacer una reclamación. Terrible error el suyo, porque la grabación de la conversación sólo funciona en un sentido (para ellos), porque si, como ha sido mi caso, en un primer diálogo alguien le comenta unas ciertas condiciones de telefonía móvil que considera favorables, cuando por fin unos días después decide ponerlas en práctica resulta que otra voz amable (que también grabará su conversación) le habla de unas condiciones diferentes alegando que siempre han sido así. No sirve de nada argüir que hay una grabación de una fecha anterior que pueden comprobar, lo que hay es lo que hay, o lo toma o lo deja. Quizá debería buscarme un teléfono móvil con grabadora simultánea y advertir cada vez que llamo a cualquier empresa que nuestra conversación será grabada para su tranquilidad, y la mía, claro. Me gustaría ver la cara que se les pone del otro lado del teléfono.

En fin, que somos ciudadanos indefensos, ingenuos la mayor parte de las veces y crédulos hasta el absurdo. Quién nos lo iba a decir, con lo listos que parecemos.

martes, 17 de agosto de 2010

La cabina

La cabina

Aquellos veranos en los que se formaban colas para usar el teléfono público



ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Nos cuesta percibir los grandes cambios a los que nos vamos acoplando a lo largo de los años; es sólo cuando se nos ocurre comparar los pequeños detalles de nuestra infancia con la de nuestros hijos cuando nos descubrimos contando historias que suenan parecidas a aquellas de nuestros propios abuelos que comenzaban siempre: «Cuando yo era joven», y es que en realidad no somos tan diferentes después de todo. Ni la juventud está perdida ni cualquier tiempo pasado fue mejor.

Como ejemplo sirva el recuerdo de ciertos rituales vacacionales que me vienen hoy a la memoria: cuando uno se iba de vacaciones contraía con sus familiares más cercanos un compromiso ineludible (y no me refiero precisamente a comprarles un recuerdo) que debía cumplir sin dilación a la llegada y en alguna que otra ocasión dependiendo de la duración de la estancia vacacional o de la movilidad de esos días, y es que era necesario buscar una cabina para llamar por teléfono y confirmar que estábamos bien.

Si en este mismo momento preguntara a alguno de ustedes dónde hay una cabina cercana a su casa es muy posible que la mayoría no supiera contestar. No se preocupen, yo tuve que hacer un importante esfuerzo para recordar dónde están las dos más próximas a la mía.

Pues bien, que sepan los más jóvenes que hace unos años (pongamos veinte por decir algo) en cada pueblo había al menos una cabina que en época de veraneo, y si la localidad recibía visitantes, estaba muy solicitada, sobre todo a las horas de menos calor en las que solía ser usual tener que pedir la vez y esperar para poder hablar mientras otros te miraban desde fuera con cara de tener mucha prisa. Era un lugar de relación social como otro cualquiera, incluso llegó a ser motivo de una inquietante película protagonizada por José Luis López Vázquez. Ahora nos inquietan más las realidades que utilizan internet como medio para delinquir.

Pero no seré yo quien considere criticable un medio por el simple de hecho de que pueda hacerse un mal uso de él, al contrario, nos ofrece grandes posibilidades incluso en vacaciones. Así puede ser, por ejemplo, que les llegue hoy este artículo a pesar de que no me encuentre en casa. Internet también puede acercar las imágenes prácticamente en el momento mismo de tomarlas; en fin, que por suerte hemos pasado de la cabina telefónica comunitaria al ordenador personal (propio o del telecentro) que nos hace más plurales o al menos nos posibilita que lo seamos.