lunes, 2 de enero de 2012

El saber no ocupa lugar

El largo camino del conocimiento

El saber no ocupa lugar







ESPERANZA MEDINA PROFESORA
Era la frase favorita de los mayores cuando querían convencernos de que aprendiésemos tal o cual cosa: «El saber no ocupa lugar», como si no ocupar lugar fuese sinónimo de algo sencillo de adquirir. Nunca es así: aprender siempre supone un esfuerzo, una ejercitación más o menos compleja, la catalogación de lo asimilado para que pueda volver a ser recuperado en cualquier momento.

Aprender es un camino que solemos emprender en compañía, todo, hasta lo más sencillo, lo más mecánico, lo hemos adquirido a través de un «otro». Un amigo, un padre, un maestro, un libro que alguien ha escrito. Por eso es tan importante acompañar esos aprendizajes de ilusión, y no de hastío, de cansancio o de obligación impuesta.

Hace mucho que no uso las agujas y la lana para tejer, pero el otro día, organizando un rincón de la casa, encontraba unas con una labor empezada y abandonada hace años. No tengo ninguna intención de continuarla, pero me ayudó a recordar lo satisfecha que me sentí cuando de niña mi madre me enseñó a tejer y yo hice la primera bufanda (diminuta) para mi muñeca.

No, el saber que importa de verdad no ocupa lugar, nos satisface y nos emociona, nos hace comprendernos y conocernos mejor: la historia, las lenguas, las matemáticas, las artes todas, sólo nos enriquecen. No hay peligro de que ninguno de ellos reste, porque los otros saberes, los que no nos interesan, los que nos obligaban a memorizar, ésos se van descolgando sin necesidad de que nos esforcemos.

Uno de los momentos más mágicos del aprendizaje es el de la lectura. Personalmente no soy consciente de la emoción que pude sentir cuando por fin conseguí descifrar ese extraño código de los adultos, empeñados en dibujar signos unos junto a otros para contarse cosas, auténticos mensajes en clave, como si de la búsqueda de un tesoro se tratase. Y es que así es: leer es uno de los mayores tesoros con que contamos, aunque cada uno hayamos llegado a ello por caminos más o menos tortuosos, según el sistema pedagógico de nuestros enseñantes del momento.

Y es que yo he tenido la inmensa suerte de revivir en diversas ocasiones esa magia del descubrimiento lector, esa clave misteriosa descifrada ahora para siempre, ese mundo adulto que ya no tiene llaves ni candados.

Ha terminado el año hace nada, en seguida se acabarán las vacaciones, este 2012 que viene no parece cargar de momento con muchas alegrías, así que como quiero empezar el año con el optimismo en el pie derecho a pesar de todo, dejaré que mi alumnado me enseñe todo lo que puede aprender conmigo y yo con ellos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Haciendo balance

Carta a los Reyes Magos

Haciendo balance







ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETISA
No son las luces lo que alegra las calles en días como estos, ni la perspectiva de que nos toque «el gordo» en la lotería, que cuanto menos tenemos más compramos, sin esperanzas, pero «por si acaso». No es el turrón o el mazapán, ni siquiera el descanso de los días de fiesta. No puede ser nada de eso porque todo está aquí, nuevamente, y sin embargo apenas ves gente que te sonríe confiada en el futuro, que te cuenta sus planes.

Tengo la sensación (que desgraciadamente comparto con más gente) de que ésta va a ser una especie de «Navidad paréntesis», como si nos dejasen una tregua antes de anunciarnos lo que se nos viene encima. Como si la cuesta de enero, esta vez, pudiese transformarse en un barranco, imposible de saltar.

Se acaba el año y toca hacer balance, echar la vista atrás y analizar lo que fuimos, lo rápido que se nos pasaron los días y los meses, los propósitos para el nuevo año que no cumplimos y que igual tenemos que retomar. Tocaría también mirar adelante con optimismo, pero resulta muy difícil, casi apetece más esquivar la mirada del 2012, no vaya a ser que tenga algo peor que contarnos.

No esperábamos un 2011 fácil, es cierto, se nos pidieron sacrificios y nos resignamos a cumplir con nuestro deber de ciudadanos, apretarnos el cinturón, que a algunos, ya más que apretar les oprime dificultándoles la respiración: cada vez más conocidos van al paro, como si el paro fuese una estación de tren donde llegar y no una situación gravosa y desesperanzada en la que uno permanece en vilo, porque es imposible saber cuándo terminará.

Nuestros políticos, la mayoría al menos, nos han decepcionado, no han sabido ser claros, eficaces. Facilitando así que nos sintamos tratados como niños pequeños, igual que aquella «ropa tendida» que mencionaban los mayores cuando de críos estábamos presentes, justo antes de que cambiasen de conversación, como si no fuera mucho peor lo que nos imaginábamos que lo que ellos podían referir.

Tengo una amiga indignada, bueno, tengo más, pero ésta está muy, muy indignada, ya casi no se atreve a abrir el periódico por si la tensión le sube demasiado. Últimamente repite mucho una palabra: ¡chorizos!. Y puedo asegurarles que no tiene nada que ver con el embutido.

Ella sólo quiere claridad, que sea verdad que todos arrimamos el hombro ante la crisis y que los que roben o defrauden paguen por ello y lo devuelvan, sean quienes sean.

Me temo que mi amiga tendrá que escribir una larga carta a los Reyes Magos. A ver si hay suerte.

martes, 6 de diciembre de 2011

Consumo navideño

Los regalos en épocas festivas


Consumo navideño







ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
Es difícil para una persona vulgar, como yo misma, sustraerse a este torbellino navideño de consumo. Sin que apenas nos hayamos percibido de ello nuestros niños y niñas hace más de un mes que están siendo bombardeados en la televisión con montones de juguetes "imprescindibles" para divertirse o "aprender" (me sorprendía hace un momento ver el anuncio de uno que juega a "piedra, papel, tijera". Me pregunto cuánto costará y si no sería más fácil que cualquiera de los adultos próximos al pequeño le enseñase este juego. De lo que sí estoy segura es de que sería mucho más enriquecedor).

Intento echar la vista atrás y recordar qué me movía a mí a pedir los juguetes a los Reyes cuando era niña, supongo que estaría entre los escaparates de las jugueterías, lo que mis amigos me contaban que iban a pedir y la televisión, cómo no, vienen a mi mente unas ciertas muñecas de "Famosa" que se dirigían al portal. Seguro que más de una de ellas estuvo alguna vez en mi carta a los Reyes Magos.

Las cosas no han cambiado mucho, si acaso se han exagerado un poco, recuerdo que en muchas ocasiones mis hijas no sabían qué pedir hasta que llegaban los catálogos de los grandes almacenes y podían escoger, como si lo que tuviese que ver con aquella elección de las fotos de colores no fuese el juego en sí, sino más bien una obligación de escoger y no de desear. Claro que para eso están los padres, para que esa selección vaya tomando una u otra forma determinada según lo que interese más al desarrollo de los niños o al bolsillo de los progenitores, que ambos criterios merecen tenerse en cuenta.

No me cansaré de decir que creo firmemente que el mejor juego para un niño es otro niño o un adulto, que el juguete es una excusa la mayor parte de las veces para verle la cara de sorpresa cuando abre el paquete. Que sé, como la mayoría de ustedes saben, que a la semana siguiente los juguetes nuevos ya no les interesan. Que la caja o el papel de regalo puede ser en ocasiones un bien tan preciado como el propio juguete.

Pero es muy difícil evadirse de todo este "espíritu navideño", de este exceso de felicidad altamente material. A todos nos gusta ofrecer y recibir regalos, a mí la primera. Aunque reconozco que me valen en cualquier fecha del año.

Así que a resignarse, a atiborrarse de anuncios de juguetes y perfumes y a procurar no invertir mucho más de lo que sería conveniente en este mes de diciembre. Recordemos que a la vuelta de la esquina nos espera enero, y febrero, y marzo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Con la música a otra parte

Niños atrapados en la magia de una partitura

ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA

En mi caso, sería siempre música ajena, sonando en algún tipo de reproductor, lo que me tuviese que llevar a otra parte. Y es que tengo que confesar con humildad, aunque para quienes me conocen no es precisamente un secreto, que carezco prácticamente de oído musical. Eso no significa que no disfrute con la música y, sobre todo, con la música vocal.

Me emociona la voz humana. Los tonos, los matices, para mí imposibles, de una o varias voces; con o sin música que la acompañe y, por supuesto sin necesidad de comprender lo que dice. El mensaje no pasa por el intelecto, va directamente a las sensaciones. En ese sentido me da un poco de envidia la música: no tiene límites en la percepción, cruza de una parte a otra del mundo sin trabas. A la palabra, a la poética, le resulta más difícil viajar tan ligera.

Sin embargo me complace comprobar que los niños y niñas disfrutan igualmente de ambas. Voz y palabra, juntas o no, les hace sonreír y divertirse de la misma manera. Estos últimos días he compartido con grupos de chiquillos diferentes diversos espectáculos musicales. Con el alumnado del colegio que tiene entre tres y cinco años, nos acercamos el lunes de la semana pasada al teatro Campoamor en Oviedo, invitados al espectáculo «Cuéntame una ópera», donde, durante una hora aproximadamente, nos introdujimos todos en «La flauta mágica» de Mozart. Ninguno se cansó, ninguno se aburrió, ninguno quiso levantarse para marchar hasta que se encendieron las luces.

En el viaje de vuelta, mi compañera de asiento (cinco años recién cumplidos) imitaba con bastante gracia el momento álgido del canto de «La reina de la noche». Además, como no nos quedó muy claro en la historia que fuese una mujer mala, malísima, el juego se prolongó todo el viaje y todavía suena de vez en cuando en el aula.

El sábado, en Posada de Llanera, fueron los niños y niñas del coro «Pequecantores» como anfitriones, y «Contracanto» de Avilés, como invitados, quienes nos hicieron vibrar al ritmo, no sólo de sus voces, sino también de su alegría, de su entusiasmo, que les lleva a ensayar varios días a la semana y a esforzarse en un trabajo repetido, pero no monótono ni aburrido.

Gracias todo ello a los adultos que creen que dedicarle tiempo a la infancia es la mejor manera de no perderlo. El premio: la sonrisa de tanta gente menuda, que es sin lugar a dudas, la más valiosa.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Aquellos juguetes

 Somos los adultos los que necesitamos imperiosamente soñar.


Aquellos juguetes

ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Por razones diferentes esta semana han vuelto a mí momentos de mi infancia, en concreto algunos relacionados con los juguetes de entonces. La juguetería de mi niñez era, sin duda, Majafrán, pasaba frente a ella, en Rivero, con frecuencia, mi camino natural en aquel tiempo desde La Magdalena al centro de Avilés. Suponía, invariablemente, una parada obligada para mirar sus escaparates, parada que aún hago en algunas ocasiones, cuestión de costumbre, supongo.

Allí vivían muchos de los juguetes maravillosos que nunca llegaría a tener. Pero tampoco recuerdo haberlos echado demasiado de menos, quizá después de tanto observarlos me cansase de ellos y centrase mi interés en otra cosa. Si bien recuerdo que ahorraba del dinero que me daban e iba comprar algún modelo muy concreto o zapatos para la muñeca Nancy, aunque la mayoría de su ropa era de «confección casera».

De aquellos juguetes se conservan algunos, o eso espero, en una caja en el altillo del armario. Otros se han perdido. Supongo que, en su momento, la pérdida me habría causado alguna tristeza, pero sólo recuerdo esa sensación en un par de ocasiones concretas, del resto ni me acuerdo.

Aunque conviene no olvidar que los niños no viven en un mundo sin complicaciones, felices y ajenos. Lo que para los mayores no tiene importancia, para ellos puede ser trascendental. A la superación de todos esos momentos es a lo que definimos como madurar.

Los niños viven en un mundo real, con sus propias dificultades para entenderlo, que pueden angustiarlos. Quizá por eso nos inventamos historias para que sueñen, cómo si eso no lo supiesen hacer mucho mejor que nosotros. No precisan al Ratoncito Pérez para no estar tristes porque se les haya caído un diente, aunque los regalos siempre ilusionan, claro está.

Somos los adultos los que necesitamos imperiosamente soñar, recordar que fuimos niños y apropiarnos un poco de sus sensaciones ahora que ya no las podemos sentir. O eso creemos, porque hemos crecido, pero tenemos nuestros propios «juguetes», nuestros objetos prescindibles que nos hacen sentir un poco mejor. Ahora mismo yo escribo en una no muy cómoda mesa de teca, con pequeños cajones y balda, sobre la que descansa mi lámpara de cristal verde (atrezo de buen número de series televisivas), el teléfono negro años 50 regalo de mi hermano y la pantalla del ordenador, que es pequeña para que no tape la lámina enmarcada de «El jardín de las delicias» de El Bosco que tengo frente a mí.

Ya ven que no hemos cambiado tanto, todos, si nos analizamos con calma, reconoceremos, en algunos de los objetos que nos rodean, nuestros nuevos juguetes. Sin remordimientos, porque disfrutar soñando nunca es malo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Premiados

Recuerdos emocionados de un breve encuentro con Rulfo


Premiados


ESPERANZA MEDINA PROFESORA Creo que fue en el otoño de 1983, yo llevaba aún poco tiempo en la Universidad, pero Oviedo era ya casi como mi segunda casa. Entre las horas de clase, las de viaje en tren y las empleadas en «reconocer el entorno» en horario extralectivo o no, me dedicaba más a la capital que a mi propia ciudad. Es decir, en aquel año yo ya tenía un cierto dominio de la zona antigua de Oviedo, que para mí siempre ha estado ligada a «La Regenta», a la literatura en definitiva. No sólo por verla como escenario de ciertas creaciones literarias, sino por todos mis años como estudiante de Filología en los que si bien no caminaba leyendo por las calles, sí lo hacía fantaseando con mis lecturas más recientes o mis posibles creaciones futuras.

Eran tiempos en los que solía llevar dos libros conmigo: uno, el que estaba leyendo, y otro, el que iba a comenzar cuando acabara el anterior. El tiempo era útil, todo enteramente útil, si no había amigos había libros e, incluso, clases y profesores que ahora recuerdo (a unos con más cariño que a otros, tengo que confesar). A la inmensa mayoría, con cierta nostalgia, aunque entonces me quejase de su forma de enseñar o de los exámenes que nos ponían.

Fue precisamente en Oviedo, en ese otoño de 1983, cuando yo pude cumplir uno de mis sueños: ver en persona a Juan Rulfo. La primera vez que supe que existía fue pocos años antes, cuando estudiaba en el instituto y nos recomendaron leer «Pedro Páramo». La obra me impresionó enormemente. Tuve que leerlo todo de él y quedé para siempre fascinada con aquellos muertos que se hablaban de tumba a tumba. Con aquella manipulación que yo sentía de mi mente como lectora a través de una historia que me confundía, de ida y vuelta en mi cerebro. De ida sin vuelta quizá. Para mí, desde luego, un gran descubrimiento literario.

Ese otoño me propusieron trabajar un par de días en la entrega de los premios «Príncipe de Asturias» (que por entonces eran aún muy niños). Acepté, claro, venía Juan Rulfo. Volví a leer su obra y tuve la enorme suerte de que en uno de los descansos del acto se dirigiese a mí para preguntarme por el palco número trece. Sólo eso, un momento sin importancia. Un momento que recordaré siempre como si hubiésemos compartido durante horas café y charla en cualquiera de los locales que frecuentaba de aquélla con mis compañeros de Facultad. Y es que entonces también yo fui premiada.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lunes de plaza

El mercado de abastos revive los lunes

Lunes de plaza

ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hoy es lunes. No, nadie se ha equivocado de día, ni ustedes ni yo. Una puede permitirse ciertas licencias creativas y por eso hoy es lunes, día de plaza.

Ya dije en alguna ocasión que, cuando yo era pequeña, en mi casa se solía comer cocido de garbanzos los domingos. Ya sé que no sólo en la mía, por aquella época de la que hablo buena parte de mis conocidos solían tener ese menú, el mismo poeta Aurelio G. Ovies lo cuenta en un hermoso poema, junto con otros pequeños detalles que nos unen, como a tantos otros niños de nuestra generación.

Pero ahora no quiero hablar de garbanzos ni de domingos, sino de lunes. Los lunes en mi casa solía ser el día de las berzas, el de bajar a la plaza. Entonces no soportaba caminar entre todas aquellas vendedoras, demasiada gente para mí. Ahora me encanta.

Es curioso, porque al pasear entre sus galerías y arcos los pocos lunes del año que lo puedo hacer, siento como si un toque mágico le diera vida de repente al silencio, al pasado, aunque no sea exactamente igual que entonces. Supongo que hacernos mayores tiene estas cosas, intentamos recuperar de algún modo lo que fuimos.

No voy a comprar, es cierto, la mayoría de las veces no compro nada, sólo observo, retengo el bullicio encerrado en aquel espacio rectangular. Cuatro entradas o salidas, según se quiera, cuatro direcciones. Y fuera otros caminos, cotidianos ya, actuales en cualquier caso.

Me gusta saber que hace más de un siglo que cada lunes, en Avilés, «hay plaza», hay una cita, a la que uno puede acudir o no, con el presente y pasado a la vez. No es el mercado en sí lo que me atrae, de esos hay muchos en todas partes, sino el recinto, los soportales, las galerías blancas, que descansan casi en silencio toda una semana para despertar los lunes muy temprano a la algarabía de los carritos de la compra, el regateo y las «oportunidades». Que lo que hay allí lo podamos encontrar con facilidad el resto del año no le quita encanto.

Y es que en Avilés hay otras plazas: plazas para el paseo, plazas para el encuentro, para la charla, para el cruce de caminos, para las prisas, para el café tranquilo en una terraza, para el brillo de la lluvia sobre el empedrado, para pararse a mirar la ría y la ciudad como nunca la habíamos podido ver antes. Todas ellas con nombres, pero sólo hay una que, sin apellidos, revive los lunes: la de Abastos.