Publicidad ¿engañosa? Nooo...
ESPERANZA MEDINA
Estoy de vacaciones, eso es bueno, lo sé. He comido en mi casa, me he sentado en el sofá y he puesto la tele. Tuve la mala suerte de encenderla justamente cuando comenzaban los anuncios, pero no importa demasiado, las vacaciones hacen que uno no tenga prisa.
Según aparecen los anuncios en mi televisor, voy tomando nota mentalmente de las cosas que se van anunciando y que al parecer serán imprescindibles en mi futuro inmediato. Comienzo por la alimentación y los milagros que pueden producir ciertos alimentos convenientemente «mejorados» por las marcas que los fabrican, como los productos lácteos; los hay como los colores, para todos los gustos (o necesidades, debería decir en este caso). Unos te mantienen joven, otros ayudan a prevenir el colesterol; no hay que preocuparse si uno ya lo tiene un poco alto, porque en sólo tres semanas otro producto puede bajarlo. Eso sí, las vacas deben ser las más sanas y mejor informadas (un punto para las vacas, no todos conseguimos cumplir esas dos premisas a la vez).
Entre los alimentos que debo consumir está un zumo de naranja del que advierten que no está recién exprimido, pero es «casi» perfecto (supongo que no tienen ninguna intención de confundirnos, ya que lo perfecto sería exprimir las naranjas). Por supuesto, no tengo nada que objetarle a un bizcocho «sandwich de leche, sencillamente natural, sencillamente fresco», que es mucho mejor que beberse un sosísimo y aburrido vaso de leche. Ni que decir tiene que a partir de hoy no pienso prescindir de cierto pastelillo con un agujero en el centro que me va a hacer más feliz el resto del día, ni de las galletas que me ayudarán a transformar mi grasa en energía gracias a la «fibro-carnitina». Claro que luego igual necesitaré el yogur ése para el colesterol, la revista que me explica «la manera de vencer la celulitis y preparar mi cuerpo para el verano» o la clínica de adelgazamiento que siempre nos muestra mujeres perfectas que no tienen (ni habrían tenido nunca) problemas de ese tipo. ¡Menos mal que la publicidad no es engañosa!
Una vez que he asumido cuál debe ser mi dieta perfecta, me fijo en los productos que cuidarán mi piel: además del yogur que la alimenta, debo comprar una crema que rellena las arrugas con resultados «probados» en un mes; un gel que «defiende mi piel de la contaminación, el frío y el estrés» (no voy a necesitar ni abrigos ni salidas al campo para respirar aire puro y relajarme); el perfume debo elegirlo según cómo quiera mostrarme (atractiva, romántica, seductora, irresistible).
Ya solucionado mi aspecto personal, sólo me queda hacerme con el detergente que no sólo sirve para limpiar el baño, sino que también protege contra la suciedad (ése sí que es un gran invento). Aunque tiene un serio competidor en otro producto de limpieza para suelos que debe llevar incorporado un mayordomo muy atractivo que me hizo recordar aquellos anuncios de mi infancia en que los coches parecían traer con su equipamiento una chica guapísima (¿será que no hemos avanzado tanto como pensábamos?).
En fin, que apenas llevo 20 minutos de mis vacaciones descansando en el sofá y ya me han aconsejado a través del televisor en qué debería gastarme el presupuesto de toda la Semana Santa. Creo que lo mejor será que me vaya a dar un paseo por mi villa, que siempre es algo muy agradable, y apague durante el resto de mis vacaciones la tele . Algunos me dirán (y con razón): «Haber empezado por ahí, para eso son las vacaciones». Y eso es lo que voy a hacer, disfrutar de esta ciudad que cada día me gusta más. Nos vemos en El Parche.
martes, 18 de marzo de 2008
martes, 4 de marzo de 2008
Viaje en el tiempo... (en autobús)
Viaje en el tiempo... (en autobús)
ESPERANZA MEDINA Confieso no estar muy familiarizada con la teoría de la relatividad, ni saber cómo afecta al tiempo y al espacio, pero la experiencia cotidiana me habla de que ambos se relacionan de forma relativa, al menos en los viajes. El tiempo que dedico en recorrer el espacio que me separa de Cangas de Onís (donde trabajo) me ocupa alrededor de una hora (hora y media si voy en autobús desde Oviedo).
Para recorrer un espacio infinitamente más pequeño, como es el que hay entre el parque del Muelle y Llaranes proporcionalmente el tiempo que empleo se multiplica.
Por ejemplo, si un domingo cualquiera durante la mañana quiero darme una vuelta por el barrio de los que fueran productores de Ensidesa, y como siempre tengo la mala suerte de llegar a la parada poco después de que acabe de salir el autobús, me toca esperar una hora en el parque que, por otro lado, no es un mal sitio, aunque la carretera no hace la espera muy agradable. Debo decir que hay más líneas en nuestra comarca que mantienen esa costumbre, parece que nos sugieren que los días de fiesta es mejor quedarse en casita.
Supongo que todas las compañías que se dedican al transporte tienen derecho a obtener beneficios, por supuesto también las que se dedican al transporte urbano, aunque éste deba ser fundamentalmente un «servicio público». Quiero decir que es importante que «el público» que necesita utilizar ese «servicio» pueda hacerlo, que sea realmente útil y que se pueda dejar el coche en casa cuando nos queremos desplazar por los barrios de nuestra villa.
Por suerte, en los últimos años el transporte urbano en Avilés se ha integrado en la ciudad, permitiéndonos acercarnos a puntos diferentes, y no necesariamente a los barrios de la periferia, como ocurría antes, gracias a un autobús (de la excesiva cuantía de ese billete de autobús quizás debamos hablar en otra ocasión). Llaranes parece ser un caso aparte, durante años la excusa para mantenerlo al margen era que los autobuses no podían pasar por «El Puentín», ahora ya no es así. Sin embargo hemos ido viendo a lo largo de los años cómo la periodicidad con que pasaban los autobuses se iba alargando: cada quince minutos, después cada veinte, más tarde cada treinta, en algunos momentos cada hora.
Nos atiborran con campañas publicitarias para el ahorro de la energía, incluso celebramos de vez en cuando el día de la ciudad sin cochesÉ (menos mal que suele ser en fin de semana y no necesitamos con urgencia usar el transporte público). La ciudad tiene que ser un lugar agradable para todos, vivamos cerca o lejos de ella. Y el tiempo debería servirnos para disfrutarlo, no para esperar en paradas de autobús. Todo es mejorable, otras ciudades cercanas han sabido hacerlo ¿por qué nosotros no?
En fin, sólo se me ocurre que intentemos disfrutar lo más posible de nuestros desplazamientos en transporte público y que quizás entre autobús y autobús alguien nos explique con calma la teoría de la relatividad de Einstein (por aprovechar el tiempo).
ESPERANZA MEDINA Confieso no estar muy familiarizada con la teoría de la relatividad, ni saber cómo afecta al tiempo y al espacio, pero la experiencia cotidiana me habla de que ambos se relacionan de forma relativa, al menos en los viajes. El tiempo que dedico en recorrer el espacio que me separa de Cangas de Onís (donde trabajo) me ocupa alrededor de una hora (hora y media si voy en autobús desde Oviedo).
Para recorrer un espacio infinitamente más pequeño, como es el que hay entre el parque del Muelle y Llaranes proporcionalmente el tiempo que empleo se multiplica.
Por ejemplo, si un domingo cualquiera durante la mañana quiero darme una vuelta por el barrio de los que fueran productores de Ensidesa, y como siempre tengo la mala suerte de llegar a la parada poco después de que acabe de salir el autobús, me toca esperar una hora en el parque que, por otro lado, no es un mal sitio, aunque la carretera no hace la espera muy agradable. Debo decir que hay más líneas en nuestra comarca que mantienen esa costumbre, parece que nos sugieren que los días de fiesta es mejor quedarse en casita.
Supongo que todas las compañías que se dedican al transporte tienen derecho a obtener beneficios, por supuesto también las que se dedican al transporte urbano, aunque éste deba ser fundamentalmente un «servicio público». Quiero decir que es importante que «el público» que necesita utilizar ese «servicio» pueda hacerlo, que sea realmente útil y que se pueda dejar el coche en casa cuando nos queremos desplazar por los barrios de nuestra villa.
Por suerte, en los últimos años el transporte urbano en Avilés se ha integrado en la ciudad, permitiéndonos acercarnos a puntos diferentes, y no necesariamente a los barrios de la periferia, como ocurría antes, gracias a un autobús (de la excesiva cuantía de ese billete de autobús quizás debamos hablar en otra ocasión). Llaranes parece ser un caso aparte, durante años la excusa para mantenerlo al margen era que los autobuses no podían pasar por «El Puentín», ahora ya no es así. Sin embargo hemos ido viendo a lo largo de los años cómo la periodicidad con que pasaban los autobuses se iba alargando: cada quince minutos, después cada veinte, más tarde cada treinta, en algunos momentos cada hora.
Nos atiborran con campañas publicitarias para el ahorro de la energía, incluso celebramos de vez en cuando el día de la ciudad sin cochesÉ (menos mal que suele ser en fin de semana y no necesitamos con urgencia usar el transporte público). La ciudad tiene que ser un lugar agradable para todos, vivamos cerca o lejos de ella. Y el tiempo debería servirnos para disfrutarlo, no para esperar en paradas de autobús. Todo es mejorable, otras ciudades cercanas han sabido hacerlo ¿por qué nosotros no?
En fin, sólo se me ocurre que intentemos disfrutar lo más posible de nuestros desplazamientos en transporte público y que quizás entre autobús y autobús alguien nos explique con calma la teoría de la relatividad de Einstein (por aprovechar el tiempo).
martes, 19 de febrero de 2008
Café solo... para ella
Café solo... para ella
ESPERANZA MEDINA
No es la primera vez que me pasa, en realidad no es algo importante o significativo, ni siquiera ocurre siempre, pero me hace pensar. Me refiero al hecho de que me sirvan un café con leche cuando yo pido uno solo y mi acompañante es masculino y es él quien lo quiere con leche; o de que si lo que pedimos es un vino y un café éste último me lo coloquen a mí. Ni siquiera mencionaré lo que ocurre cuando una de las consumiciones es un infusión (parece como si los hombres no las tomasen nunca).
Y no voy a decir que eso es machismo, no lo es. Y no voy a comentar que ocurre siempre que los camareros son hombres, porque tampoco es así. Supongo que tiene que ver con esos prejuicios inconscientes que no nos podemos quitar de encima, con los roles que aplicamos hasta en los más mínimos detalles. Un buen camarero o camarera recuerda quién le pidió cada cosa, una persona más despistada pone la bebida supuestamente más fuerte al hombre, eso es todo. ¿O no?
Entonces me viene a la cabeza la recientemente pasada época de Reyes y el comentario en el autobús de dos madres sobre lo que pedían sus niños pequeños. Voy a evitar relatar la lista de regalos de moda que aparecen en los catálogos de publicidad y mencionaré sólo que uno de ellos, de 3 años, quería un cochecito de bebé, pero, claro, a su padre no le hacía ninguna gracia que el niño pasease por la calle con el cochecito el día de Reyes, ése era un regalo de niñas. El otro no había tenido ese problema el año pasado cuando había pedido una cocinita ya que hay cocineros-hombres muy famosos (televisivos algunos) y, en todo caso, la cocinita se queda dentro de casa. Me hizo gracia en su momento pensar que posiblemente ese padre que prefería que su niño pidiese un coche de carreras a un cochecito de muñecas seguramente habría paseado un montón de veces en la sillita a su propio hijo, porque estoy segura de que no era un mal padre, ni un machista incapaz de entender que la mujer es simplemente una persona con los mismos derechos que los hombres. Sencillamente, seguimos las normas, vemos natural simplemente lo frecuente. Deberíamos hacer frecuente entonces lo natural, hay pocas cosas que nos diferencien a hombres y mujeres, y las que hay no deben estar acompañadas de prejuicios.
He tenido suerte, nunca me he sentido especialmente discriminada por ser mujer, ni en mi trabajo ni en mis relaciones sociales, pero por desgracia no a todo el mundo le ocurre así. Y, aunque vamos mejorando en este sentido, debemos cuidar todos los detalles, educar nuestro cerebro, que a veces nos traiciona y se acomoda en los estereotipos de nuestros abuelos.
Mientras tanto, y aprovechando que empieza a hacer buen tiempo, tomaremos sidra, que parece una bebida mucho más igualitaria: una persona, un culín.
ESPERANZA MEDINA
No es la primera vez que me pasa, en realidad no es algo importante o significativo, ni siquiera ocurre siempre, pero me hace pensar. Me refiero al hecho de que me sirvan un café con leche cuando yo pido uno solo y mi acompañante es masculino y es él quien lo quiere con leche; o de que si lo que pedimos es un vino y un café éste último me lo coloquen a mí. Ni siquiera mencionaré lo que ocurre cuando una de las consumiciones es un infusión (parece como si los hombres no las tomasen nunca).
Y no voy a decir que eso es machismo, no lo es. Y no voy a comentar que ocurre siempre que los camareros son hombres, porque tampoco es así. Supongo que tiene que ver con esos prejuicios inconscientes que no nos podemos quitar de encima, con los roles que aplicamos hasta en los más mínimos detalles. Un buen camarero o camarera recuerda quién le pidió cada cosa, una persona más despistada pone la bebida supuestamente más fuerte al hombre, eso es todo. ¿O no?
Entonces me viene a la cabeza la recientemente pasada época de Reyes y el comentario en el autobús de dos madres sobre lo que pedían sus niños pequeños. Voy a evitar relatar la lista de regalos de moda que aparecen en los catálogos de publicidad y mencionaré sólo que uno de ellos, de 3 años, quería un cochecito de bebé, pero, claro, a su padre no le hacía ninguna gracia que el niño pasease por la calle con el cochecito el día de Reyes, ése era un regalo de niñas. El otro no había tenido ese problema el año pasado cuando había pedido una cocinita ya que hay cocineros-hombres muy famosos (televisivos algunos) y, en todo caso, la cocinita se queda dentro de casa. Me hizo gracia en su momento pensar que posiblemente ese padre que prefería que su niño pidiese un coche de carreras a un cochecito de muñecas seguramente habría paseado un montón de veces en la sillita a su propio hijo, porque estoy segura de que no era un mal padre, ni un machista incapaz de entender que la mujer es simplemente una persona con los mismos derechos que los hombres. Sencillamente, seguimos las normas, vemos natural simplemente lo frecuente. Deberíamos hacer frecuente entonces lo natural, hay pocas cosas que nos diferencien a hombres y mujeres, y las que hay no deben estar acompañadas de prejuicios.
He tenido suerte, nunca me he sentido especialmente discriminada por ser mujer, ni en mi trabajo ni en mis relaciones sociales, pero por desgracia no a todo el mundo le ocurre así. Y, aunque vamos mejorando en este sentido, debemos cuidar todos los detalles, educar nuestro cerebro, que a veces nos traiciona y se acomoda en los estereotipos de nuestros abuelos.
Mientras tanto, y aprovechando que empieza a hacer buen tiempo, tomaremos sidra, que parece una bebida mucho más igualitaria: una persona, un culín.
martes, 5 de febrero de 2008
Martes de Carnaval
Martes de Carnaval
ESPERANZA MEDINA
A veces somos espectadores de la vida, nos sentamos a tomar un café en cualquier parte y vemos cómo pasa. En la mesa de al lado cinco señoras echan la partida cada tarde, el alboroto se va haciendo familiar, por lo cotidiano, y hasta te apetece saludarlas si las ves por la calle. Un poco más allá, un grupo de jóvenes alegres bromean. En la barra dos hombres hablan de fútbol; por supuesto, no son del mismo equipo. Y el café se convierte en una necesidad vital de contacto con otras vidas que una puede imaginar más allá de las paredes del local que compartimos unos minutos cada día.
Pero llega el Carnaval, y esas otras vidas que una sólo observa forman parte del disfraz que te pones esos días. Y un empujoncito de cadera (a modo de unos de esos «bailes de moda» de Georgie Dann) te mete en la vida de lleno. Hace fácil lo difícil: hablar con los desconocidos, sonreír abiertamente si algo te hace gracia, nadie se enfada.
Tanta alegría, tanta amabilidad y buenas intenciones, tantos deseos de comunicación y relación, de contacto humano, ya los quisieran para sí muchas Navidades de esas de El Corte Inglés. Es incomprensible por qué hay personas para las que esta fiesta tiene tan mala fama; aquí no se cometen más excesos que los de cualquier fin de semana, a no ser, claro, que disfrutar del buen humor sea un exceso insano y reprobable.
Y en Avilés dura la fiesta lo que nos dejan, incluso aunque no sea fiesta. Y nadie se extraña de ver pasear por las calles indios, mexicanos, hadas o brujas. Incluso a la misma Muerte llevando de la mano a Caperucita Roja. El nuestro no es sólo un Carnaval para niños, es un Carnaval para todos, un Carnaval que nos hace salir del ascensor y saludar a nuestros vecinos vestidos a la usanza de la Edad Media, que nos impulsa a regalar doblones de chocolate fruto de algún botín pirata a desconocidos hambrientos, que nos hace saludar con una reverencia a cualquier miembro de la corte de Luis XV.
He leído que el Carnaval en Avilés tuvo tanto éxito porque hubo una generación muy amplia de jóvenes en un momento determinado de su historia; quizá sea cierto, pero el llamado «baby boom» no fue exclusivo de nuestra villaÉ Y tengo que decir que a mí, que soy una de aquellas «jóvenes», me animaba a salir a la calle vestida con cualquier cosa el ver a gente mayor disfrazada. A veces los trajes eran muy originales, otras muy elaborados, en muchas ocasiones imposibles para entrar en los bares, pero todo aquel ingenio formaba parte de la magia del Carnaval. Es una pena que no se haya dado más importancia a esta fiesta y no guardemos un archivo de imágenes de todos estos años de trabajo y creatividad antroxera de los avilesinos. Quizás aún estemos a tiempo, la mayoría de nosotros seguro que guarda una foto de aquel disfraz o aquel artefacto del Carnaval de hace unos años (como las que Miki López nos muestra en este mismo diario, aunque las nuestras no sean tan artísticas). Queda dicho, por si alguien se hace eco de la idea.
En fin, ¿que por qué nos gusta tanto el Carnaval? Pues no lo sé; quizá sea porque sólo nos visita una vez al año y dura lo que los frixuelos de mi abuela, que llegaban cargaditos de azúcar y anís el martes de Carnaval y se habían ido antes de la Cuaresma.
Y mañana otra vez al café, al periódico y a no saludar a las señoras de la partida de cartasÉ Creo que voy a tener que tomar medidas.
ESPERANZA MEDINA
A veces somos espectadores de la vida, nos sentamos a tomar un café en cualquier parte y vemos cómo pasa. En la mesa de al lado cinco señoras echan la partida cada tarde, el alboroto se va haciendo familiar, por lo cotidiano, y hasta te apetece saludarlas si las ves por la calle. Un poco más allá, un grupo de jóvenes alegres bromean. En la barra dos hombres hablan de fútbol; por supuesto, no son del mismo equipo. Y el café se convierte en una necesidad vital de contacto con otras vidas que una puede imaginar más allá de las paredes del local que compartimos unos minutos cada día.
Pero llega el Carnaval, y esas otras vidas que una sólo observa forman parte del disfraz que te pones esos días. Y un empujoncito de cadera (a modo de unos de esos «bailes de moda» de Georgie Dann) te mete en la vida de lleno. Hace fácil lo difícil: hablar con los desconocidos, sonreír abiertamente si algo te hace gracia, nadie se enfada.
Tanta alegría, tanta amabilidad y buenas intenciones, tantos deseos de comunicación y relación, de contacto humano, ya los quisieran para sí muchas Navidades de esas de El Corte Inglés. Es incomprensible por qué hay personas para las que esta fiesta tiene tan mala fama; aquí no se cometen más excesos que los de cualquier fin de semana, a no ser, claro, que disfrutar del buen humor sea un exceso insano y reprobable.
Y en Avilés dura la fiesta lo que nos dejan, incluso aunque no sea fiesta. Y nadie se extraña de ver pasear por las calles indios, mexicanos, hadas o brujas. Incluso a la misma Muerte llevando de la mano a Caperucita Roja. El nuestro no es sólo un Carnaval para niños, es un Carnaval para todos, un Carnaval que nos hace salir del ascensor y saludar a nuestros vecinos vestidos a la usanza de la Edad Media, que nos impulsa a regalar doblones de chocolate fruto de algún botín pirata a desconocidos hambrientos, que nos hace saludar con una reverencia a cualquier miembro de la corte de Luis XV.
He leído que el Carnaval en Avilés tuvo tanto éxito porque hubo una generación muy amplia de jóvenes en un momento determinado de su historia; quizá sea cierto, pero el llamado «baby boom» no fue exclusivo de nuestra villaÉ Y tengo que decir que a mí, que soy una de aquellas «jóvenes», me animaba a salir a la calle vestida con cualquier cosa el ver a gente mayor disfrazada. A veces los trajes eran muy originales, otras muy elaborados, en muchas ocasiones imposibles para entrar en los bares, pero todo aquel ingenio formaba parte de la magia del Carnaval. Es una pena que no se haya dado más importancia a esta fiesta y no guardemos un archivo de imágenes de todos estos años de trabajo y creatividad antroxera de los avilesinos. Quizás aún estemos a tiempo, la mayoría de nosotros seguro que guarda una foto de aquel disfraz o aquel artefacto del Carnaval de hace unos años (como las que Miki López nos muestra en este mismo diario, aunque las nuestras no sean tan artísticas). Queda dicho, por si alguien se hace eco de la idea.
En fin, ¿que por qué nos gusta tanto el Carnaval? Pues no lo sé; quizá sea porque sólo nos visita una vez al año y dura lo que los frixuelos de mi abuela, que llegaban cargaditos de azúcar y anís el martes de Carnaval y se habían ido antes de la Cuaresma.
Y mañana otra vez al café, al periódico y a no saludar a las señoras de la partida de cartasÉ Creo que voy a tener que tomar medidas.
martes, 22 de enero de 2008
Bocadillos de chorizo
Bocadillos de chorizo
ESPERANZA MEDINA
Hace unas semanas terminaba la Navidad, los excesos (de buenos deseos y todo tipo de manjares). Estamos en plena cuesta de enero, resbalando por los remordimientos de conciencia y buscando las dietas fáciles que nos aproximen sin complejos al verano. Es cíclico, como las estaciones: engordar-adelgazar, difícil sustraerse a tanta publicidad, a tantas recetas mágicas para no envejecer y tener un cuerpo diez.
Como contrapartida, o quizá debiera decir como complemento, están las estadísticas que nos hablan de la obesidad infantil, que ha crecido enormemente en los últimos años en España. Nuestra famosa «dieta mediterránea» se está convirtiendo en un mito, en una de esas leyendas del pasado que contaremos a nuestros nietos como las hazañas del Cid: «Hubo un tiempo en que nos ponían de ejemplo ante los países más importantes del mundo por nuestra forma de alimentación, la famosísima dieta mediterránea». Es posible que entonces ya nadie recuerde en qué consistía. Quizá no necesitemos que pase tanto tiempo para que sea así.
Nos hemos convertido en padres complacientes, en padres que no saben qué hacer cuando su hijo llora, cuando su hijo dice «no quiero», en padres que prefieren ceder continuamente. Decir «no» a un niño es demasiado complicado y siempre supone un gran esfuerzo, porque hay que compensar y mantener ese «no» hasta que el niño comprenda cuál es la conducta correcta, la que esperamos de él. (En este sentido, hay un libro muy interesante de M.ª Jesús Álava Reyes, titulado «El no también ayuda a crecer»).
Esta dificultad nuestra condiciona también la alimentación de los niños, es más fácil que coman si les damos lo que les gusta, al menos estarán alimentados, pensamos, pero es un error, no es lo mismo estar alimentado que estar bien alimentado. En el primer caso podemos estar abriéndoles la puerta a problemas como la obesidad, con las consiguientes enfermedades y trastornos que producen a la larga, y no sólo físicos. Los trastornos alimentarios, la bulimia y la anorexia, nos encogen el corazón a los padres. Yo no pretendo tener la solución a esos problemas (ya me gustaría), pero propongo una reflexión sobre nuestros hábitos alimenticios: ¿qué comemos los padres?, ¿realmente de todo?, ¿qué damos de comer a nuestros hijos?, ¿dónde están las famosas cinco raciones diarias de frutas y verduras que debemos comer?
Quizá no sea imprescindible ser radicales y darles sólo alimentos libres de grasas o de azúcares, pero sí que en casa todos comamos frutas, legumbres, lácteos, pescadoÉ y sustituyamos la sabrosa bollería por algún que otro bocadillo de chorizo o jamón o quesoÉ, eso sí, con pan del «de verdad», no del de molde sin corteza. No poco se hubieran reído nuestros bisabuelos si alguien les hubiera dicho que llegaría un tiempo en el que del pan sólo se comería la migaÉ Y es que los tiempos avanzan que es una barbaridad. Aunque a veces hacia atrás.
ESPERANZA MEDINA
Hace unas semanas terminaba la Navidad, los excesos (de buenos deseos y todo tipo de manjares). Estamos en plena cuesta de enero, resbalando por los remordimientos de conciencia y buscando las dietas fáciles que nos aproximen sin complejos al verano. Es cíclico, como las estaciones: engordar-adelgazar, difícil sustraerse a tanta publicidad, a tantas recetas mágicas para no envejecer y tener un cuerpo diez.
Como contrapartida, o quizá debiera decir como complemento, están las estadísticas que nos hablan de la obesidad infantil, que ha crecido enormemente en los últimos años en España. Nuestra famosa «dieta mediterránea» se está convirtiendo en un mito, en una de esas leyendas del pasado que contaremos a nuestros nietos como las hazañas del Cid: «Hubo un tiempo en que nos ponían de ejemplo ante los países más importantes del mundo por nuestra forma de alimentación, la famosísima dieta mediterránea». Es posible que entonces ya nadie recuerde en qué consistía. Quizá no necesitemos que pase tanto tiempo para que sea así.
Nos hemos convertido en padres complacientes, en padres que no saben qué hacer cuando su hijo llora, cuando su hijo dice «no quiero», en padres que prefieren ceder continuamente. Decir «no» a un niño es demasiado complicado y siempre supone un gran esfuerzo, porque hay que compensar y mantener ese «no» hasta que el niño comprenda cuál es la conducta correcta, la que esperamos de él. (En este sentido, hay un libro muy interesante de M.ª Jesús Álava Reyes, titulado «El no también ayuda a crecer»).
Esta dificultad nuestra condiciona también la alimentación de los niños, es más fácil que coman si les damos lo que les gusta, al menos estarán alimentados, pensamos, pero es un error, no es lo mismo estar alimentado que estar bien alimentado. En el primer caso podemos estar abriéndoles la puerta a problemas como la obesidad, con las consiguientes enfermedades y trastornos que producen a la larga, y no sólo físicos. Los trastornos alimentarios, la bulimia y la anorexia, nos encogen el corazón a los padres. Yo no pretendo tener la solución a esos problemas (ya me gustaría), pero propongo una reflexión sobre nuestros hábitos alimenticios: ¿qué comemos los padres?, ¿realmente de todo?, ¿qué damos de comer a nuestros hijos?, ¿dónde están las famosas cinco raciones diarias de frutas y verduras que debemos comer?
Quizá no sea imprescindible ser radicales y darles sólo alimentos libres de grasas o de azúcares, pero sí que en casa todos comamos frutas, legumbres, lácteos, pescadoÉ y sustituyamos la sabrosa bollería por algún que otro bocadillo de chorizo o jamón o quesoÉ, eso sí, con pan del «de verdad», no del de molde sin corteza. No poco se hubieran reído nuestros bisabuelos si alguien les hubiera dicho que llegaría un tiempo en el que del pan sólo se comería la migaÉ Y es que los tiempos avanzan que es una barbaridad. Aunque a veces hacia atrás.
martes, 8 de enero de 2008
San Balandrán
San Balandrán
ESPERANZA MEDINA
Cuando era una niña, en los veranos, mi madre me reñía invariablemente cada vez que nos subíamos a la barca en la que cruzábamos la ría hasta la playa de San Balandrán, porque invariablemente yo sacaba la mano de la barca y, entre los neumáticos que llevaba atados a los costados, la metía en el agua. El peligro no era grande, pero seguramente saldría sucia. Recuerdo el agua con pequeños arco iris que provocaban el sol y la grasa de los barcos, y el olor, como parte del mar y de mi infancia, de la galipota que los barcos y seguramente la Fabricona, iba dejando en aquel agua tan mía desde entonces.
Recuerdo el apodo del barquero que nos llevaba, Melilla, y recuerdo que me parecía sorprendente que se lavase la cabeza con detergente para la vajilla (le cantaban mientras hacíamos el trayecto: «¿Qué es aquello que reluce, que reluce más que el sol, es la calva de Melilla, que la lava con Mistol»).
Tardé muchos años en saber que ese olor que yo inspiraba con profundidad no era el olor del mar, sino el de la suciedad y el abandono de lo nuestro, de lo que realmente importa cuidar y mantener. Da un poco de vergüenza confesar esto, pero es así, la infancia nos acerca a la vida con tanto deseo de poseerla, tanta necesidad de disfrutarla, que cualquier cosa que la evoque nos trae buenos recuerdos.
Como crecí al lado de mi ría, fui viendo desaparecer aquella playa mágica que yo recordaba como un paraíso. Los ojos de los niños tienen miles de filtros mentirosos que transforman la realidad a su antojo. Lo recuerdo bien, aunque era muy pequeña: un poco más allá, al otro lado del merendero estaban los barcos abandonados de los piratas, entre los que alguna vez vi aparecer un cangrejo de la mano de mi padre. Mi padre nadaba muy bien y para mi hacía «la ballena» flotando boca arriba y lanzando un chorro de agua por la boca. La excusa del progreso se encargó de ir quitándome todos aquellos filtros infantiles.
Nos costó un tiempo, pero nos fuimos dando cuenta de lo mucho que nos gustaría vivir en una ciudad limpia, nos fuimos sintiendo orgullosos de los edificios, de los parques y hasta de la ría.
Nos fue gustando pasear por nuestras calles, ir al teatro, sentarnos en las terrazas de los bares y ver el reflejo de la lluvia en el pavimento de colores desde los soportales. Nos fue gustando saber más de Avilés, que quien venía a visitarnos se sorprendiera de nuestro casco histórico (aunque el motivo fuese que esperaban encontrar una ciudad llena de chimeneas y humos).
Pero ahora, que iniciamos el siglo XXI, que asumimos todos el reto de la ecología y la importancia del medio ambiente, siguen apareciendo manchas en mi ría, y, ¡qué cosas!, ya no tenemos a quién echarle la culpa. ¿Habrán vuelto de mi infancia para que la barca de Melilla me lleve de nuevo a mi fantasmagórica San Balandrán? Dicen que todo es posible (menos que la verdad se sepa fácilmente).
Esperanza Medina es poeta, ganadora del premio «Ana de Valle» 2006.
ESPERANZA MEDINA
Cuando era una niña, en los veranos, mi madre me reñía invariablemente cada vez que nos subíamos a la barca en la que cruzábamos la ría hasta la playa de San Balandrán, porque invariablemente yo sacaba la mano de la barca y, entre los neumáticos que llevaba atados a los costados, la metía en el agua. El peligro no era grande, pero seguramente saldría sucia. Recuerdo el agua con pequeños arco iris que provocaban el sol y la grasa de los barcos, y el olor, como parte del mar y de mi infancia, de la galipota que los barcos y seguramente la Fabricona, iba dejando en aquel agua tan mía desde entonces.
Recuerdo el apodo del barquero que nos llevaba, Melilla, y recuerdo que me parecía sorprendente que se lavase la cabeza con detergente para la vajilla (le cantaban mientras hacíamos el trayecto: «¿Qué es aquello que reluce, que reluce más que el sol, es la calva de Melilla, que la lava con Mistol»).
Tardé muchos años en saber que ese olor que yo inspiraba con profundidad no era el olor del mar, sino el de la suciedad y el abandono de lo nuestro, de lo que realmente importa cuidar y mantener. Da un poco de vergüenza confesar esto, pero es así, la infancia nos acerca a la vida con tanto deseo de poseerla, tanta necesidad de disfrutarla, que cualquier cosa que la evoque nos trae buenos recuerdos.
Como crecí al lado de mi ría, fui viendo desaparecer aquella playa mágica que yo recordaba como un paraíso. Los ojos de los niños tienen miles de filtros mentirosos que transforman la realidad a su antojo. Lo recuerdo bien, aunque era muy pequeña: un poco más allá, al otro lado del merendero estaban los barcos abandonados de los piratas, entre los que alguna vez vi aparecer un cangrejo de la mano de mi padre. Mi padre nadaba muy bien y para mi hacía «la ballena» flotando boca arriba y lanzando un chorro de agua por la boca. La excusa del progreso se encargó de ir quitándome todos aquellos filtros infantiles.
Nos costó un tiempo, pero nos fuimos dando cuenta de lo mucho que nos gustaría vivir en una ciudad limpia, nos fuimos sintiendo orgullosos de los edificios, de los parques y hasta de la ría.
Nos fue gustando pasear por nuestras calles, ir al teatro, sentarnos en las terrazas de los bares y ver el reflejo de la lluvia en el pavimento de colores desde los soportales. Nos fue gustando saber más de Avilés, que quien venía a visitarnos se sorprendiera de nuestro casco histórico (aunque el motivo fuese que esperaban encontrar una ciudad llena de chimeneas y humos).
Pero ahora, que iniciamos el siglo XXI, que asumimos todos el reto de la ecología y la importancia del medio ambiente, siguen apareciendo manchas en mi ría, y, ¡qué cosas!, ya no tenemos a quién echarle la culpa. ¿Habrán vuelto de mi infancia para que la barca de Melilla me lleve de nuevo a mi fantasmagórica San Balandrán? Dicen que todo es posible (menos que la verdad se sepa fácilmente).
Esperanza Medina es poeta, ganadora del premio «Ana de Valle» 2006.
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