Los animales prefieren el tren
Un jabalí no fue capaz de tomar un vagón en Villalegre, cosa que sí lograron las ocas de la UCAYC
ESPERANZA MEDINA POETA Y PROFESORA Parece que últimamente los animales quieren coger el tren. No sé si será un síntoma más de la crisis, que también a ellos les llega, y pasará lo mismo que me contaban hace unos días en una braña del Occidente, donde últimamente no pueden dejar pernoctar el ganado con sus crías a la intemperie porque los lobos bajan muy cerca de las casas. Es difícil saber si lo hacen porque ya no tienen alimento, porque nos van perdiendo el miedo, o tal vez porque se están volviendo más inteligentes y entienden que es mucho mejor vivir con las comodidades de los humanos que como ellos mismos lo hacen.
Me pregunto si es cuestión de inteligencia viendo que en Avilés algunos han decidido cambiar su modo de desplazamiento y lejos de usar el coche, la bicicleta o el autobús, han optado por el tren; por algo será.
Sin ir más lejos, el miércoles pasado un jabalí de gran tamaño merodeaba por la estación de Villalegre, aunque no fue capaz de subirse al tren. Cosa que sí consiguieron las ocas silenciosas que auguraban la campaña promocional de la UCAYC, con la que ésta intenta fomentar el consumo frente a la crisis, haciendo caso así a los consejos de nuestros políticos que nos incitan a consumir, aunque difícilmente podremos consumir si no es segura la entrada en nuestras casa de un sueldo a fin de mes. En cualquier caso, no se le puede quitar mérito a la capacidad creativa de los comerciantes de nuestra comarca. Está comprobado que cuando escasean los medios, aumenta la creatividad.
Creatividad que bien podría extenderse entre nuestros dirigentes (una creatividad sensata, claro está) y ayudarles a ver un camino definitivo para que no nos pase como al jabalí de Villalegre, que no pudo llegar en tren a San Juan de Nieva. Llevamos muchos años buscando la mejor manera de deshacernos de la barrera que supone la vía férrea en nuestra ciudad. Y ahora que hasta los animales se acercan al tren, ¿vamos a tener nosotros que despedirlo sólo a la entrada de la villa?
En muchas ciudades de España se soterran vías y carreteras para mejorar el entorno y la calidad de vida de los ciudadanos. Quizá nosotros, aprovechando que los animales deciden pasearse por Avilés, debamos pedirles consejo a los topos que, esquivando con paciencia cualquier dificultad, saben llegar mediante túneles al otro lado con buen pie, quiero decir con buena pata.
martes, 28 de abril de 2009
martes, 14 de abril de 2009
Será por santos
Será por santos
Al nuevo invitado de El Bollo, San Balandrán, cabe pedirle que no se lleve más altos hornos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Ya está, se acabó la Semana Santa. Hubo para muchos gustos, no para todos porque está claro que la lluvia nos dejó a algunos en casita y con ganas.
Avilés cumplió con la tradición, por un lado la religiosa, con sus procesiones declaradas de interés regional, por otro con sus ciento dieciséis años de fiesta de hermandad, que aunque ya no sepamos con quién tenemos que «amigarnos» no por eso vamos a dejar de comer el bollo o salir a ver las carrozas (a no ser, claro, que tengamos que luchar contra los elementos, que contra ésos no pudo ni la Armada Invencible).
Carrozas que han evolucionado como la historia de esta villa nuestra, en las que hubo un tiempo que igual daba vestirse de asturiana que de sevillana para salir en ellas. Sinceramente no conozco el motivo de este último atuendo, pero así sucedía cuando yo era niña (claro que cuando yo era pequeña se ponían figuritas de toros y sevillanas encima del televisor en blanco y negro, que sólo se veía en color si se le fijaba a la pantalla una especie de plástico semitransparente con franjas horizontales con los colores del arco iris, pero ésa, seguramente, es otra historia).
Pasaron los años, hubo una época de carrozas mucho menos artísticas, hechas desde los barrios y con aires reivindicativos. Ahora se podría decir que tenemos «carrozas de autor». Los tiempos cambian.
Pero a nosotros los cambios no nos incomodan, sobre todo si aportan alegría, buen ambiente y si hay comida de por medio. Basta ver cómo ha crecido el número de comensales de la «comida en la calle» en sus breves años de historia.
Para añadir la guinda al pastel festivo, nos viene a visitar este año un santo, que dicen que lo hizo hace mucho tiempo y que ya me cae bien, sin conocerlo, porque tiene el nombre de la playa de mi infancia: San Balandrán.
Sólo espero que, como santo que es, sea también milagroso, para pedirle que nos devuelva su playa a los avilesinos, que podamos disfrutar de la arena y del agua en ese rincón de la ría que se llama como él y que, a ser posible, no se lleve más altos hornos, que un santo no puede ser rencoroso y que, aunque en su momento la siderurgia prácticamente hubiese hecho desaparecer su playa, un milagro pequeño nos lo puede dejar todo, que los asturianos seguimos teniendo que comer.
Al nuevo invitado de El Bollo, San Balandrán, cabe pedirle que no se lleve más altos hornos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Ya está, se acabó la Semana Santa. Hubo para muchos gustos, no para todos porque está claro que la lluvia nos dejó a algunos en casita y con ganas.
Avilés cumplió con la tradición, por un lado la religiosa, con sus procesiones declaradas de interés regional, por otro con sus ciento dieciséis años de fiesta de hermandad, que aunque ya no sepamos con quién tenemos que «amigarnos» no por eso vamos a dejar de comer el bollo o salir a ver las carrozas (a no ser, claro, que tengamos que luchar contra los elementos, que contra ésos no pudo ni la Armada Invencible).
Carrozas que han evolucionado como la historia de esta villa nuestra, en las que hubo un tiempo que igual daba vestirse de asturiana que de sevillana para salir en ellas. Sinceramente no conozco el motivo de este último atuendo, pero así sucedía cuando yo era niña (claro que cuando yo era pequeña se ponían figuritas de toros y sevillanas encima del televisor en blanco y negro, que sólo se veía en color si se le fijaba a la pantalla una especie de plástico semitransparente con franjas horizontales con los colores del arco iris, pero ésa, seguramente, es otra historia).
Pasaron los años, hubo una época de carrozas mucho menos artísticas, hechas desde los barrios y con aires reivindicativos. Ahora se podría decir que tenemos «carrozas de autor». Los tiempos cambian.
Pero a nosotros los cambios no nos incomodan, sobre todo si aportan alegría, buen ambiente y si hay comida de por medio. Basta ver cómo ha crecido el número de comensales de la «comida en la calle» en sus breves años de historia.
Para añadir la guinda al pastel festivo, nos viene a visitar este año un santo, que dicen que lo hizo hace mucho tiempo y que ya me cae bien, sin conocerlo, porque tiene el nombre de la playa de mi infancia: San Balandrán.
Sólo espero que, como santo que es, sea también milagroso, para pedirle que nos devuelva su playa a los avilesinos, que podamos disfrutar de la arena y del agua en ese rincón de la ría que se llama como él y que, a ser posible, no se lleve más altos hornos, que un santo no puede ser rencoroso y que, aunque en su momento la siderurgia prácticamente hubiese hecho desaparecer su playa, un milagro pequeño nos lo puede dejar todo, que los asturianos seguimos teniendo que comer.
martes, 31 de marzo de 2009
Avances
Avances
De las computadoras que ocupaban habitaciones enteras hemos pasado a la cotidianeidad de la informática
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Esta misma semana, en una entretenida charla, nos preguntábamos cómo habíamos podido sobrevivir tantos años sin ordenadores, teléfonos móviles y demás avances tecnológicos.
Hasta hace pocos años vivíamos en una ignorancia que resultaba lenta de suplir teniendo que buscar la información en enciclopedias que no solían estar en nuestras casas, con lo rápido y fácil que nos resulta ahora acceder a cualquier buscador en internet. Incluso para el cotilleo nos es útil estar conectados a la red.
Recordábamos, con una indulgente sonrisa, cómo eran aquellas computadoras «avanzadísimas» que mostraban las películas allá por los setenta. Ocupaban habitaciones enteras, se llenaban de luces parpadeantes y sonidos metálicos para terminar escupiendo una información, eso sí, increíblemente exacta, que maravillaba a aquellos niños que éramos y nos hacía soñar con un fantástico futuro.
Lo que no podíamos imaginar es que aquellas «computadoras» llegasen a ser en pocos años nuestros ordenadores personales, nuestra fuente de información más «sencilla» (por la posibilidad de acceder a ella desde el propio hogar).
Hemos avanzado claramente en el acceso a la información, y nos hemos acostumbrado con rapidez a este acercamiento cotidiano a todo tipo de datos. Hasta tal punto es así que vemos como totalmente natural acceder desde casa al catálogo de libros de cualquier biblioteca, a la cuenta del banco, a la prensa escrita, etc.
Precisamente por eso resultaba más chocante que en ocasiones uno tuviese que llevarle al médico de familia una copia de la copia del informe del médico especialista que le había visto en el hospital. Eso, claro, en el caso de que al paciente, le hubiesen entregado algún tipo de informe.
Aunque parezca un tanto metafórico, supone un cierto alivio acercarse al centro de salud con cualquier malestar inoportuno y no tener que explicar cada una de las molestias y enfermedades que se han padecido en los últimos años, porque sea quien sea el facultativo que te atiende va a encontrar, en su ordenador, tu historial médico.
Siempre me pareció una pena que no dispusiésemos de un sistema parecido que acercase esa información a cualquier centro sanitario de Asturias, incluso del resto de España. De alguna manera estábamos desprotegidos si se nos olvidaba contar algo de nuestro historial médico en alguna urgencia alejados de casa.
Pero parece que, aunque poco a poco, todo llega, y el programa informático Selene que se implantará en el Hospital San Agustín nos va acercando a ese futuro mágico y cómodo con el que nos hacían soñar las películas de nuestra infancia.
De las computadoras que ocupaban habitaciones enteras hemos pasado a la cotidianeidad de la informática
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Esta misma semana, en una entretenida charla, nos preguntábamos cómo habíamos podido sobrevivir tantos años sin ordenadores, teléfonos móviles y demás avances tecnológicos.
Hasta hace pocos años vivíamos en una ignorancia que resultaba lenta de suplir teniendo que buscar la información en enciclopedias que no solían estar en nuestras casas, con lo rápido y fácil que nos resulta ahora acceder a cualquier buscador en internet. Incluso para el cotilleo nos es útil estar conectados a la red.
Recordábamos, con una indulgente sonrisa, cómo eran aquellas computadoras «avanzadísimas» que mostraban las películas allá por los setenta. Ocupaban habitaciones enteras, se llenaban de luces parpadeantes y sonidos metálicos para terminar escupiendo una información, eso sí, increíblemente exacta, que maravillaba a aquellos niños que éramos y nos hacía soñar con un fantástico futuro.
Lo que no podíamos imaginar es que aquellas «computadoras» llegasen a ser en pocos años nuestros ordenadores personales, nuestra fuente de información más «sencilla» (por la posibilidad de acceder a ella desde el propio hogar).
Hemos avanzado claramente en el acceso a la información, y nos hemos acostumbrado con rapidez a este acercamiento cotidiano a todo tipo de datos. Hasta tal punto es así que vemos como totalmente natural acceder desde casa al catálogo de libros de cualquier biblioteca, a la cuenta del banco, a la prensa escrita, etc.
Precisamente por eso resultaba más chocante que en ocasiones uno tuviese que llevarle al médico de familia una copia de la copia del informe del médico especialista que le había visto en el hospital. Eso, claro, en el caso de que al paciente, le hubiesen entregado algún tipo de informe.
Aunque parezca un tanto metafórico, supone un cierto alivio acercarse al centro de salud con cualquier malestar inoportuno y no tener que explicar cada una de las molestias y enfermedades que se han padecido en los últimos años, porque sea quien sea el facultativo que te atiende va a encontrar, en su ordenador, tu historial médico.
Siempre me pareció una pena que no dispusiésemos de un sistema parecido que acercase esa información a cualquier centro sanitario de Asturias, incluso del resto de España. De alguna manera estábamos desprotegidos si se nos olvidaba contar algo de nuestro historial médico en alguna urgencia alejados de casa.
Pero parece que, aunque poco a poco, todo llega, y el programa informático Selene que se implantará en el Hospital San Agustín nos va acercando a ese futuro mágico y cómodo con el que nos hacían soñar las películas de nuestra infancia.
martes, 17 de marzo de 2009
De alergias y bicis
De alergias y bicis
Avilés pone bicicletas como alternativa al coche, pero ir de Avilés a Villalegre pedaleando es jugársela
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Ya es primavera en los «grandes almacenes», ya empieza a relegar en los escaparates a los saldos y restos de rebajas la ropa, zapatos o complementos que pondremos los próximos meses. Anticipando así el deseo que todos tenemos de dejar a un lado abrigos, bufandas, botas, días grises y pocas horas de luz.
Casi es primavera también para las margaritas, las gramíneas y todo tipo de plantas que polinizan a diestro y siniestro en plena efervescencia procreadora. Es, pues, la antesala de las alergias, que dicen que este año serán muchas y muy intensas por la abundancia de lluvias. ¿Quién lo iba a decir? Lo que es bueno para el campo y para nuestros pulmones en invierno permitiéndonos respirar sin tanta polución a la larga es nefasto para nuestro sistema inmunológico y nuestras vías respiratorias, produciéndonos un sinfín de reacciones enormemente molestas.
Y es que dicen que llevamos una vida tan aséptica e higiénica que reaccionamos erróneamente y en exceso ante cualquier pequeña «contaminación» del exterior. Parece ser que a nuestros antepasados, que vivían más pegados a la tierra, no les afectaban el polen, el polvo o el contacto con los animales de compañía. No deja de tener cierta «inquina» que las generaciones de niños que hemos crecido respirando la contaminación de la fabricota, de los que no se puede decir precisamente que respirásemos un aire ni higiénico ni aséptico, padezcamos en un porcentaje altísimo problemas de alergias y asmas. Supongo que con el tiempo alguien estudiará nuestros perfiles médicos y llegará a alguna conclusión (inútil ya para nosotros) que desvelará si tuvo alguna consecuencia especial la atmósfera contaminada por la industria o nos hubiera hecho el mismo efecto la de los coches, sin más aditamentos.
Pues parece ser que seguimos con un altísimo grado de contaminación en el aire. Es una lucha constante ante la que no deberíamos bajar la guardia y cubrir todos los frentes que se vayan abriendo, sin relajarnos porque la reconversión y la crisis indirectamente hubiesen mejorado la calidad del aire. Está claro que no es suficiente. Nos aconsejan que usemos menos el coche y más otros medios de transporte alternativos. El Ayuntamiento ha puesto a nuestra disposición algunas bicicletas, pero la iniciativa no puede ser todo lo motivadora que debiera, ya que nos falta lo esencial: el carril-bici que recorra no sólo la ciudad, sino toda la comarca. Ahora mismo, intentar ir de Avilés a Villalegre en bici, por ejemplo, es jugarse la vida sin otro motivo que la salud y la ecología. Que no es que sean poco importantes, pero en ningún caso suficientes para justificar el riesgo que correríamos circulando así por las carreteras.
Sólo esperar que las alergias sean estacionales y no nos impidan buscar soluciones eficaces para mejorar nuestra salud.
Avilés pone bicicletas como alternativa al coche, pero ir de Avilés a Villalegre pedaleando es jugársela
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Ya es primavera en los «grandes almacenes», ya empieza a relegar en los escaparates a los saldos y restos de rebajas la ropa, zapatos o complementos que pondremos los próximos meses. Anticipando así el deseo que todos tenemos de dejar a un lado abrigos, bufandas, botas, días grises y pocas horas de luz.
Casi es primavera también para las margaritas, las gramíneas y todo tipo de plantas que polinizan a diestro y siniestro en plena efervescencia procreadora. Es, pues, la antesala de las alergias, que dicen que este año serán muchas y muy intensas por la abundancia de lluvias. ¿Quién lo iba a decir? Lo que es bueno para el campo y para nuestros pulmones en invierno permitiéndonos respirar sin tanta polución a la larga es nefasto para nuestro sistema inmunológico y nuestras vías respiratorias, produciéndonos un sinfín de reacciones enormemente molestas.
Y es que dicen que llevamos una vida tan aséptica e higiénica que reaccionamos erróneamente y en exceso ante cualquier pequeña «contaminación» del exterior. Parece ser que a nuestros antepasados, que vivían más pegados a la tierra, no les afectaban el polen, el polvo o el contacto con los animales de compañía. No deja de tener cierta «inquina» que las generaciones de niños que hemos crecido respirando la contaminación de la fabricota, de los que no se puede decir precisamente que respirásemos un aire ni higiénico ni aséptico, padezcamos en un porcentaje altísimo problemas de alergias y asmas. Supongo que con el tiempo alguien estudiará nuestros perfiles médicos y llegará a alguna conclusión (inútil ya para nosotros) que desvelará si tuvo alguna consecuencia especial la atmósfera contaminada por la industria o nos hubiera hecho el mismo efecto la de los coches, sin más aditamentos.
Pues parece ser que seguimos con un altísimo grado de contaminación en el aire. Es una lucha constante ante la que no deberíamos bajar la guardia y cubrir todos los frentes que se vayan abriendo, sin relajarnos porque la reconversión y la crisis indirectamente hubiesen mejorado la calidad del aire. Está claro que no es suficiente. Nos aconsejan que usemos menos el coche y más otros medios de transporte alternativos. El Ayuntamiento ha puesto a nuestra disposición algunas bicicletas, pero la iniciativa no puede ser todo lo motivadora que debiera, ya que nos falta lo esencial: el carril-bici que recorra no sólo la ciudad, sino toda la comarca. Ahora mismo, intentar ir de Avilés a Villalegre en bici, por ejemplo, es jugarse la vida sin otro motivo que la salud y la ecología. Que no es que sean poco importantes, pero en ningún caso suficientes para justificar el riesgo que correríamos circulando así por las carreteras.
Sólo esperar que las alergias sean estacionales y no nos impidan buscar soluciones eficaces para mejorar nuestra salud.
martes, 3 de marzo de 2009
Autopistas
Autopistas
En este tiempo en el que todo va a alta velocidad lo recomendable es caleyar
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Dicen que el Estado del bienestar de un país se mide por cómo son sus carreteras, por la cantidad de autopistas que tiene. Buena parte de nuestra calidad de vida descansa en lo rápido que podemos viajar de un lugar a otro, por eso creamos todo tipo de autopistas, haciendo que el término pase a significar «viaje directo y sin interrupciones».
Viajamos sin escalas a través de las «autopistas de la información», que nos han facilitado tanto la comunicación entre partes muy alejadas del mundo que nos han brindado la posibilidad de acercarnos, sin salir de casa, a conocimientos e incluso entretenimientos que unos pocos años atrás sólo podíamos imaginar. Aunque el término ya no sea el apropiado, la metáfora sigue resultando muy útil.
Durante mucho tiempo otros caminos nos unían sin atascos, las «autopistas de hierro». No siempre eran rápidas, los viajes largos podían hacerse interminables si los trenes paraban en todas las estaciones. Aunque, eso sí, cuanto más largo era el viaje más posibilidades había de conocer gente nueva. Y si a uno le cansaba un poco la conversación, siempre quedaba el recurso de pasear por los vagones. Ahora los trenes de Alta Velocidad van dejando a su paso estaciones fantasma, nombres de antiguos nudos ferroviarios que apenas podemos leer entre la ventanilla y la velocidad.
Estos días se habla de una nueva «autopista del mar» que unirá Gijón con el puerto francés de Nantes. Llevará camiones con mercancías que podrán luego moverse por Francia, pero también turistas. Incluso las aves siguen «autopistas de viento» en sus vuelos migratorios, ¿cómo no íbamos a usarlas nosotros para cruzar mares y continentes?
El sentido del viaje ya no es disfrutar del camino, sino llegar, cada vez con menos paradas y menos contacto con el entorno. Yo misma quiero terminar un viaje antes incluso de empezarlo, agradezco que los kilómetros se deslicen rápidos y el destino aparezca pronto. He perdido la vieja costumbre de pararme en cualquier pueblo a estirar las piernas, de sorprenderme con un paisaje o un ambiente que no estaba previsto en el itinerario. Ahora para descansar en un viaje largo están las áreas de servicio, nada que ver con los restos de un castillo al fondo de aquel pueblo pequeño que apenas aparece en el mapa, pero muy útiles para no perder tiempo.
Y aun así, podemos tenerlo todo, porque, aunque sea el fin de semana, vivimos en un paraíso donde para salir a caleyar no es imprescindible desplazarse por autopistas.
En este tiempo en el que todo va a alta velocidad lo recomendable es caleyar
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Dicen que el Estado del bienestar de un país se mide por cómo son sus carreteras, por la cantidad de autopistas que tiene. Buena parte de nuestra calidad de vida descansa en lo rápido que podemos viajar de un lugar a otro, por eso creamos todo tipo de autopistas, haciendo que el término pase a significar «viaje directo y sin interrupciones».
Viajamos sin escalas a través de las «autopistas de la información», que nos han facilitado tanto la comunicación entre partes muy alejadas del mundo que nos han brindado la posibilidad de acercarnos, sin salir de casa, a conocimientos e incluso entretenimientos que unos pocos años atrás sólo podíamos imaginar. Aunque el término ya no sea el apropiado, la metáfora sigue resultando muy útil.
Durante mucho tiempo otros caminos nos unían sin atascos, las «autopistas de hierro». No siempre eran rápidas, los viajes largos podían hacerse interminables si los trenes paraban en todas las estaciones. Aunque, eso sí, cuanto más largo era el viaje más posibilidades había de conocer gente nueva. Y si a uno le cansaba un poco la conversación, siempre quedaba el recurso de pasear por los vagones. Ahora los trenes de Alta Velocidad van dejando a su paso estaciones fantasma, nombres de antiguos nudos ferroviarios que apenas podemos leer entre la ventanilla y la velocidad.
Estos días se habla de una nueva «autopista del mar» que unirá Gijón con el puerto francés de Nantes. Llevará camiones con mercancías que podrán luego moverse por Francia, pero también turistas. Incluso las aves siguen «autopistas de viento» en sus vuelos migratorios, ¿cómo no íbamos a usarlas nosotros para cruzar mares y continentes?
El sentido del viaje ya no es disfrutar del camino, sino llegar, cada vez con menos paradas y menos contacto con el entorno. Yo misma quiero terminar un viaje antes incluso de empezarlo, agradezco que los kilómetros se deslicen rápidos y el destino aparezca pronto. He perdido la vieja costumbre de pararme en cualquier pueblo a estirar las piernas, de sorprenderme con un paisaje o un ambiente que no estaba previsto en el itinerario. Ahora para descansar en un viaje largo están las áreas de servicio, nada que ver con los restos de un castillo al fondo de aquel pueblo pequeño que apenas aparece en el mapa, pero muy útiles para no perder tiempo.
Y aun así, podemos tenerlo todo, porque, aunque sea el fin de semana, vivimos en un paraíso donde para salir a caleyar no es imprescindible desplazarse por autopistas.
martes, 17 de febrero de 2009
"De espaldas al mar"
"De espaldas al mar"
La ría debe ser el principal motivo de orgullo de Avilés, que ahora vuelve a mirar a su estuario
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hay días en los que al bajar del tren, de golpe, como un amigo inesperado en quien ya no pensabas, me llega el mar. Con su olor cálido y conocido, acogedor y seguro como un hogar. Me recuerda que a pocos metros de las vías está el agua salada, y los barcos veleros en el puerto deportivo, y las gaviotas. Me recuerda que aún quedan pescadores y me hace notar una grata sensación de felicidad, como quien encuentra un objeto de la infancia que creía perdido.
En la mayoría de las comarcas costeras se edifica con vistas al mar, en Avilés a nuestro mar, que es la ría, le damos la espalda, lo hacemos de menos como si él nos hubiese defraudado y no fuese exactamente al contrario. Ni siquiera nuestro marino más reconocido, don Pedro Menéndez, mira al mar desde su estatua, él no le da la espalda, pero, aunque obligado, se puede decir con propiedad que le da de lado.
Quién sabe si con estas visitas de eminencias «hollywoodienses» no veremos cualquier día a nuestro conciudadano don Pedro en la «gran pantalla» burlando con gracia y maña a piratas franceses a lo largo de la costa cantábrica. Después de todo eso fue lo que hizo en sus primeros años de marino allá por 1544. No le veo yo mayor mérito a los piratas del Caribe que a los del Cantábrico. Si acaso, aquí la mar todavía nos lo pone más difícil. ¿Que los métodos de entonces no eran precisamente pacíficos? No lo eran para nadie. Y por desgracia para muchos hoy día siguen sin serlo.
Pero no es el «Adelantado de la Florida» lo que más debe enorgullecernos, al fin y al cabo fue un hombre, y como tal una anécdota en la Historia. Es nuestra propia ría, un estuario natural que nos ha proporcionado durante muchos siglos una buena manera de superar las crisis, que las ha habido siempre ¿quién lo duda? Y ese cañón de Avilés, del que algunos comienzan a tener noticia ahora, pero que lleva ahí más tiempo que el ascendiente más antiguo al que seamos capaces de volver en nuestro árbol genealógico. Habitado por unos convecinos tan curiosos y temibles como los calamares gigantes del magnífico Julio Verne.
Parece que vamos despertando de esta manía nuestra de dar la espalda a lo que tendríamos que mirar de frente. Aunque ha tenido que venir para ello un marino de otros mares, llamado Niemeyer.
¡Bienvenido sea!
La ría debe ser el principal motivo de orgullo de Avilés, que ahora vuelve a mirar a su estuario
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hay días en los que al bajar del tren, de golpe, como un amigo inesperado en quien ya no pensabas, me llega el mar. Con su olor cálido y conocido, acogedor y seguro como un hogar. Me recuerda que a pocos metros de las vías está el agua salada, y los barcos veleros en el puerto deportivo, y las gaviotas. Me recuerda que aún quedan pescadores y me hace notar una grata sensación de felicidad, como quien encuentra un objeto de la infancia que creía perdido.
En la mayoría de las comarcas costeras se edifica con vistas al mar, en Avilés a nuestro mar, que es la ría, le damos la espalda, lo hacemos de menos como si él nos hubiese defraudado y no fuese exactamente al contrario. Ni siquiera nuestro marino más reconocido, don Pedro Menéndez, mira al mar desde su estatua, él no le da la espalda, pero, aunque obligado, se puede decir con propiedad que le da de lado.
Quién sabe si con estas visitas de eminencias «hollywoodienses» no veremos cualquier día a nuestro conciudadano don Pedro en la «gran pantalla» burlando con gracia y maña a piratas franceses a lo largo de la costa cantábrica. Después de todo eso fue lo que hizo en sus primeros años de marino allá por 1544. No le veo yo mayor mérito a los piratas del Caribe que a los del Cantábrico. Si acaso, aquí la mar todavía nos lo pone más difícil. ¿Que los métodos de entonces no eran precisamente pacíficos? No lo eran para nadie. Y por desgracia para muchos hoy día siguen sin serlo.
Pero no es el «Adelantado de la Florida» lo que más debe enorgullecernos, al fin y al cabo fue un hombre, y como tal una anécdota en la Historia. Es nuestra propia ría, un estuario natural que nos ha proporcionado durante muchos siglos una buena manera de superar las crisis, que las ha habido siempre ¿quién lo duda? Y ese cañón de Avilés, del que algunos comienzan a tener noticia ahora, pero que lleva ahí más tiempo que el ascendiente más antiguo al que seamos capaces de volver en nuestro árbol genealógico. Habitado por unos convecinos tan curiosos y temibles como los calamares gigantes del magnífico Julio Verne.
Parece que vamos despertando de esta manía nuestra de dar la espalda a lo que tendríamos que mirar de frente. Aunque ha tenido que venir para ello un marino de otros mares, llamado Niemeyer.
¡Bienvenido sea!
martes, 3 de febrero de 2009
Límites
Límites
Nada me haría imaginar mejores ríos que los que acompañaban mis tardes de verano
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Cuando se es una niña el mundo es pequeño porque es abarcable, es una certeza de futuro: podremos verlo todo, poseer todo lo deseado porque no habrá nada imposible. Pero también es grande, porque lo que caminamos, olemos y dominamos parece inmenso, un espacio que, por conocido y por nuestro, nos llena plenamente.
Así, por ejemplo, ir «de merienda» a la fuente «Santos» era toda una aventura. La libertad de hacerlo solos, la algarabía de los chavales que incluso se mojaban en el agua del regato; aunque a mí me parecía todo un río en condiciones. No sabía yo entonces lo anchos que pueden ser los ríos. Para abarcar toda el agua estaba el mar, el oficio del río era ser una corriente alegre, que arrastraba las hojas de los árboles a modo de barquitos con destinos lejanos y dejaba, casi siempre, ver las piedras del fondo. Ya digo lo grande que de niños hacemos lo pequeño. Entonces sin límites.
Nada me haría imaginar mejores ríos que los que acompañaban mis tardes de verano. He llegado a verlos mucho más anchos, más profundos y majestuosos, pero no sé qué pasa que ante todos siento el mismo temor, será que ninguno me deja ver las piedras de su fondo.
Ya no iba con mis amigos de merienda a ninguna fuente cuando leí aquel poema que recuerdo tan revelador: «Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar/ (?) / Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)/ hay alguno que ya nunca abriré». Esos versos que Borges dice recuperar de Julio Platero Haedo no me han dejado volver a sentir la vida de la misma manera, ¿cómo saber qué libro, de mi biblioteca, ya nunca más volveré a abrir? Es extraño, misterioso o casual, no sé, cómo a veces unas simples palabras se nos enquistan en la razón para siempre. O en la sinrazón tal vez.
Quizás por eso, porque me niego a abandonar a su suerte a aquella niña que iba de merienda unos metros más allá de su casa como a una aventura, es que cuando viajo no me importa dejar cosas sin ver «para la próxima vez». Porque, aunque me dé vergüenza decirlo en voz alta, me siguen asustando esos ríos aparentemente tan quietos y tan profundos que me aseguran, serios, que «hay una línea de mi vida que no volveré a recordar».
Entonces me permito anotar en esta agenda mía y de ustedes aquello que no quiero olvidar. Y que prefiero los ríos que cantan, por alegres, a los que susurran.
Nada me haría imaginar mejores ríos que los que acompañaban mis tardes de verano
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Cuando se es una niña el mundo es pequeño porque es abarcable, es una certeza de futuro: podremos verlo todo, poseer todo lo deseado porque no habrá nada imposible. Pero también es grande, porque lo que caminamos, olemos y dominamos parece inmenso, un espacio que, por conocido y por nuestro, nos llena plenamente.
Así, por ejemplo, ir «de merienda» a la fuente «Santos» era toda una aventura. La libertad de hacerlo solos, la algarabía de los chavales que incluso se mojaban en el agua del regato; aunque a mí me parecía todo un río en condiciones. No sabía yo entonces lo anchos que pueden ser los ríos. Para abarcar toda el agua estaba el mar, el oficio del río era ser una corriente alegre, que arrastraba las hojas de los árboles a modo de barquitos con destinos lejanos y dejaba, casi siempre, ver las piedras del fondo. Ya digo lo grande que de niños hacemos lo pequeño. Entonces sin límites.
Nada me haría imaginar mejores ríos que los que acompañaban mis tardes de verano. He llegado a verlos mucho más anchos, más profundos y majestuosos, pero no sé qué pasa que ante todos siento el mismo temor, será que ninguno me deja ver las piedras de su fondo.
Ya no iba con mis amigos de merienda a ninguna fuente cuando leí aquel poema que recuerdo tan revelador: «Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar/ (?) / Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)/ hay alguno que ya nunca abriré». Esos versos que Borges dice recuperar de Julio Platero Haedo no me han dejado volver a sentir la vida de la misma manera, ¿cómo saber qué libro, de mi biblioteca, ya nunca más volveré a abrir? Es extraño, misterioso o casual, no sé, cómo a veces unas simples palabras se nos enquistan en la razón para siempre. O en la sinrazón tal vez.
Quizás por eso, porque me niego a abandonar a su suerte a aquella niña que iba de merienda unos metros más allá de su casa como a una aventura, es que cuando viajo no me importa dejar cosas sin ver «para la próxima vez». Porque, aunque me dé vergüenza decirlo en voz alta, me siguen asustando esos ríos aparentemente tan quietos y tan profundos que me aseguran, serios, que «hay una línea de mi vida que no volveré a recordar».
Entonces me permito anotar en esta agenda mía y de ustedes aquello que no quiero olvidar. Y que prefiero los ríos que cantan, por alegres, a los que susurran.
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