El día de la palabra
Las lenguas son un patrimonio cultural que nos pertenece a todos, hablémoslas o no
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA El día 20 de junio se ha celebrado por primera vez el «Día del español». Un idioma que hablan más de 450 millones de personas y es oficial en 21 países. Los cálculos aseguran que dentro de tres generaciones será una lengua entendida por el diez por ciento de la población mundial.
Aunque quizás dentro de tres generaciones yo ya ni escriba ni hable en castellano (ni en ninguna otra lengua, claro está), me ha hecho ilusión pensar que esta sensación que tengo a veces de incomunicación al no poder entender todos los idiomas que me rodean, será menor, porque habrá más personas que sí podrían entenderme a mí.
Y es que las lenguas (mayoritarias o no) son un fuerte patrimonio cultural que nos pertenece a todos, hablantes o no hablantes de esas lenguas. De la misma manera que las catedrales e iglesias, como bien artístico, pertenecen a creyentes y agnósticos por igual. Ese sentimiento me lleva a soñar que entiendo todos los idiomas, aunque mi oído y mi cerebro me vuelvan a la realidad constantemente.
Para celebrar ese día desde el Instituto Cervantes se lanzó una lluvia de palabras elegidas por los internautas (estamos claramente de lleno en el siglo XXI). Curiosamente la palabra preferida por estos proponedores de palabras fue «malevo». Debo confesar que no la he usado en mi vida, y que tuve que acercarme al diccionario a buscar su significado por si no tenía nada que ver con el «matón» de los tangos que me venía a la mente al leerla. El diccionario me dio la razón y me confirmó que malevo equivale a malhechor o matón. Nunca se me hubiese ocurrido escribir esa palabra si me preguntan por mi preferida.
Es posible que algo profundo esté cambiando en el idioma o quizás que unos cuantos internautas decidieran gastar una broma a quienes recibieron esa lluvia de palabras, ya que a alguno le habrá caído la palabra «malevo» en la cabeza, digo yo.
En cualquier caso, sean malevos o no, cada hablante reconstruye un patrimonio cultural que nos pertenece a todos, patrimonio cultural vivo y cambiante como pocos. Enriquecido por cada acepción nueva, por cada vocablo que se incorpora y se expande por nuestra lengua.
No soy muy partidaria de celebrar los «días de», pero si tuviera que inventarme uno elegiría el de la palabra, la que nos acerca y nos une, sea en el idioma que sea, nunca la que nos diferencia. Que en las dos direcciones se pueden empuñar los vocablos de cualquier lengua.
martes, 23 de junio de 2009
martes, 9 de junio de 2009
Sestaferia
Sestaferia
Las disputas limítrofes entre los concejos poco ayudan a mejorar la vida de los vecinos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Desde hace un tiempo ya tengo la extraña sensación de vivir en una isla. Y no es una cuestión tan retórica como puede parecer, no me refiero al aislamiento o la soledad personal que uno puede sentir en determinados momentos de su vida. En realidad mi isla no está rodeada de mar por todas partes, sino de líneas. De líneas imaginarias pero que me empieza a dar miedo pisar cada vez que me muevo por Avilés. Y es que es éste un concejo tan pequeño que es fácil salirse de sus límites.
Es cierto que cada región, cada pueblo, cada barrio, cada ciudad (cada comunidad de vecinos si me apuran) tiene su propia idiosincrasia ¿cómo no va a ser así si cada uno de nosotros somos diferentes?, pero también es cierto que nos va mejor cuando nos relacionamos, cuando compartimos experiencias y ampliamos horizontes (mismamente mientras hacemos cola en la pescadería o en la parada del autobús). Es esto lo que me hace no acabar de entender que los concejos que vivimos pegaditos no crezcamos codo con codo caminando hacia los mismos intereses.
Es posible que esta incomprensión mía sea fruto de la ignorancia, y entonces pido a quienes saben bastante más que yo mil perdones. Pero es que siempre he creído que nos iría mejor, en cuanto a servicios, a los ciudadanos si ayuntamientos como el de Corvera, Castrillón, Gozón, Avilés unificaran fuerzas y ofertas de bienestar a quienes los habitamos. Es incomprensible que la limpieza de determinado entorno, por ejemplo, no se realice porque depende de «a quien le toca» o «quien puede».
No nos vamos a llevar nada de esta vida, sólo tenemos lo que nos hace disfrutar. Cosas pequeñas a veces, cotidianas, como pasear por la margen de una ría limpia, o por un sendero que nos lleva a un pequeño bosque, o merendar al borde de un pantano, o ver cómo rompe el mar en los acantilados.
Cosas simples que son de todos, llamémonos avilesinos, gozoniegos, corveranos, etcétera, porque en ese rincón afectivo en que lo externo me pertenece, tan míos son los soportales de Galiana como el pantano de Trasona, la playa de Salinas o el Cabo Peñas. Tan míos como de todos ustedes o de cualquier visitante que se acerque por la zona a disfrutar de nuestro entorno. Eso sí, siempre que los tengamos bien cuidados y nos relacionemos como buenos vecinos que somos, no olvidemos aquello de la sestaferia, que tan buen resultado dio para esto de los servicios vecinales.
Las disputas limítrofes entre los concejos poco ayudan a mejorar la vida de los vecinos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Desde hace un tiempo ya tengo la extraña sensación de vivir en una isla. Y no es una cuestión tan retórica como puede parecer, no me refiero al aislamiento o la soledad personal que uno puede sentir en determinados momentos de su vida. En realidad mi isla no está rodeada de mar por todas partes, sino de líneas. De líneas imaginarias pero que me empieza a dar miedo pisar cada vez que me muevo por Avilés. Y es que es éste un concejo tan pequeño que es fácil salirse de sus límites.
Es cierto que cada región, cada pueblo, cada barrio, cada ciudad (cada comunidad de vecinos si me apuran) tiene su propia idiosincrasia ¿cómo no va a ser así si cada uno de nosotros somos diferentes?, pero también es cierto que nos va mejor cuando nos relacionamos, cuando compartimos experiencias y ampliamos horizontes (mismamente mientras hacemos cola en la pescadería o en la parada del autobús). Es esto lo que me hace no acabar de entender que los concejos que vivimos pegaditos no crezcamos codo con codo caminando hacia los mismos intereses.
Es posible que esta incomprensión mía sea fruto de la ignorancia, y entonces pido a quienes saben bastante más que yo mil perdones. Pero es que siempre he creído que nos iría mejor, en cuanto a servicios, a los ciudadanos si ayuntamientos como el de Corvera, Castrillón, Gozón, Avilés unificaran fuerzas y ofertas de bienestar a quienes los habitamos. Es incomprensible que la limpieza de determinado entorno, por ejemplo, no se realice porque depende de «a quien le toca» o «quien puede».
No nos vamos a llevar nada de esta vida, sólo tenemos lo que nos hace disfrutar. Cosas pequeñas a veces, cotidianas, como pasear por la margen de una ría limpia, o por un sendero que nos lleva a un pequeño bosque, o merendar al borde de un pantano, o ver cómo rompe el mar en los acantilados.
Cosas simples que son de todos, llamémonos avilesinos, gozoniegos, corveranos, etcétera, porque en ese rincón afectivo en que lo externo me pertenece, tan míos son los soportales de Galiana como el pantano de Trasona, la playa de Salinas o el Cabo Peñas. Tan míos como de todos ustedes o de cualquier visitante que se acerque por la zona a disfrutar de nuestro entorno. Eso sí, siempre que los tengamos bien cuidados y nos relacionemos como buenos vecinos que somos, no olvidemos aquello de la sestaferia, que tan buen resultado dio para esto de los servicios vecinales.
martes, 26 de mayo de 2009
"Naturaleza muerta"
«Naturaleza muerta»
El tiempo hace que muchas cosas cambien y pone cada palabra en su lugar
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA En febrero de 1978 el Ayuntamiento de Avilés me concedió un diploma por el Concurso literario del «Día del árbol». No es que recuerde las fechas con facilidad, es que guardo el diploma como un tesoro: fue la primera vez que intuí que lo que yo escribía podía resultarle interesante a algún desconocido. En este caso lo firmaban el Alcalde y el delegado de Parques y Jardines. No sé si fueron ellos personalmente quienes hicieron la selección; en cualquier caso, con buen criterio.
Tampoco recuerdo muy bien lo que decía mi texto (guardé el diploma, pero no el motivo de haberlo conseguido, la inmadurez de la infancia es lo que tiene). Lo que sí recuerdo es que no hablaba de un árbol, sino de un poste de la luz. «Naturaleza muerta», creo que lo titulé.
En aquella época a mí me gustaba escribir la palabra «muerte», era como un reto estúpido del que se siente seguro de estar siempre vivo. El tiempo hace que muchas cosas cambien y pone cada palabra en su lugar.
Entonces los postes de la luz eran troncos de árboles, los actuales no se parecen en nada a aquellos que en mi infancia me daban tanta pena, porque ya no eran árboles con hojas y ramas. Ahora, cuando veo uno de madera, se me alegra el corazón como si el tiempo me hiciera un guiño para tranquilizarme, para hacerme creer que su camino no es tan implacable como parece y que hay cosas que aún pueden ser como entonces: cargadas de futuro.
Es curioso lo que echamos de menos al paso de los años. Quizás a no mucho tardar haya alguna generación que mire con nostalgia la foto de una torre de alta tensión cruzando por las ciudades, entre las casas, atravesando los prados y perdiéndose en el horizonte con un mensaje peligroso, aunque útil.
Porque estoy segura de que habrá un día en el que las líneas del tendido eléctrico viajarán bajo tierra a través de sabe Dios qué tipo de fibra o material. Puede que entonces debamos dejar a modo de escultura aquella de mi adolescencia en La Espina de Llaranes. Sí, la que todavía convive en la calle La Toba con el parque, los niños y esa parte del vecindario que rumorea que donde están esas torres enferma más gente de cáncer. Rumores sin fundamento, supongo.
Sea como sea, siempre me han producido un profundo respeto esas torres con su cartel de «peligro de muerte».
El tiempo hace que muchas cosas cambien y pone cada palabra en su lugar
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA En febrero de 1978 el Ayuntamiento de Avilés me concedió un diploma por el Concurso literario del «Día del árbol». No es que recuerde las fechas con facilidad, es que guardo el diploma como un tesoro: fue la primera vez que intuí que lo que yo escribía podía resultarle interesante a algún desconocido. En este caso lo firmaban el Alcalde y el delegado de Parques y Jardines. No sé si fueron ellos personalmente quienes hicieron la selección; en cualquier caso, con buen criterio.
Tampoco recuerdo muy bien lo que decía mi texto (guardé el diploma, pero no el motivo de haberlo conseguido, la inmadurez de la infancia es lo que tiene). Lo que sí recuerdo es que no hablaba de un árbol, sino de un poste de la luz. «Naturaleza muerta», creo que lo titulé.
En aquella época a mí me gustaba escribir la palabra «muerte», era como un reto estúpido del que se siente seguro de estar siempre vivo. El tiempo hace que muchas cosas cambien y pone cada palabra en su lugar.
Entonces los postes de la luz eran troncos de árboles, los actuales no se parecen en nada a aquellos que en mi infancia me daban tanta pena, porque ya no eran árboles con hojas y ramas. Ahora, cuando veo uno de madera, se me alegra el corazón como si el tiempo me hiciera un guiño para tranquilizarme, para hacerme creer que su camino no es tan implacable como parece y que hay cosas que aún pueden ser como entonces: cargadas de futuro.
Es curioso lo que echamos de menos al paso de los años. Quizás a no mucho tardar haya alguna generación que mire con nostalgia la foto de una torre de alta tensión cruzando por las ciudades, entre las casas, atravesando los prados y perdiéndose en el horizonte con un mensaje peligroso, aunque útil.
Porque estoy segura de que habrá un día en el que las líneas del tendido eléctrico viajarán bajo tierra a través de sabe Dios qué tipo de fibra o material. Puede que entonces debamos dejar a modo de escultura aquella de mi adolescencia en La Espina de Llaranes. Sí, la que todavía convive en la calle La Toba con el parque, los niños y esa parte del vecindario que rumorea que donde están esas torres enferma más gente de cáncer. Rumores sin fundamento, supongo.
Sea como sea, siempre me han producido un profundo respeto esas torres con su cartel de «peligro de muerte».
martes, 12 de mayo de 2009
Cincuenta años no es nada
Cincuenta años no es nada
El Colegio Marcos del Torniello, que cumple medio siglo, siempre animó a sus alumnos a la lectura
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hace cincuenta años yo aún no había nacido. Hace cincuenta años era imposible que yo fuese a la escuela. Pero hace cincuenta años se abría un colegio nuevo que ahora se llama Marcos del Torniello.
Cuando yo empecé al colegio, hace algunos menos de cincuenta años, éste llevaba el nombre del dictador, al igual que el poblado en el que estaba. Aunque ya entonces se oía hablar de «La Texera» o «El Tocóte», tributo a la lengua fruto de la capacidad popular de nombrar, sabia y cargada de ingenio la mayor parte de las veces.
Desde luego, yo prefiero el nuevo nombre. Desde que supe de la calle Marcos del Torniello me he sentido atraída por el sonido de ese «torniello». Tardé un tiempo en saber del escritor en lengua asturiana. ¿Para cuándo una breve explicación junto a sus placas de quiénes son los ilustres que dan nombre a nuestras calles? Todo es cultura y todo ayuda a identificarnos con este pueblo nuestro y a evitar aquello de «¡anda, mira, si se llama igual que la calle!».
Y digo que me gusta que mi primer colegio lleve el nombre de un escritor tan nuestro, porque allí descubrí lo mucho que me atraía la poesía y disfruté de cada uno de los libros de lectura que había en las aulas.
El Marcos de Torniello era un colegio de espacios amplios (o así lo recuerdo yo), con ventanales a un lado y galerías al otro. Un colegio, es cierto, que habitábamos separados niños y niñas durante los primeros años; pero que tenía en cada aula vitrinas o estanterías con libros, a veces en las paredes de la propia clase, otras en un cuarto pequeño donde dejábamos los mandilones y nuestras cosas.
El Marcos del Torniello tenía una biblioteca llena de libros, que atendía don Ángel todas las tardes. Yo permanecía media hora cada día a la puerta del colegio esperando a que el profesor volviera de su casa a abrir la sala de lectura. A mí no me daba tiempo a ir y volver de la mía. Entonces, en aquellas tardes, decidí que la mejor profesión del mundo era ser bibliotecaria. Luego, con los años, he escogido otra.
No recuerdo si entonces los inviernos eran fríos, o si llovía mucho. Sólo recuerdo la pasión por leer, la felicidad que me daban los textos y la riqueza de aquel mundo literario que puso en mis manos el colegio Marcos del Torniello. Por eso ¡Felicidades y que cumpla muchos más!
El Colegio Marcos del Torniello, que cumple medio siglo, siempre animó a sus alumnos a la lectura
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hace cincuenta años yo aún no había nacido. Hace cincuenta años era imposible que yo fuese a la escuela. Pero hace cincuenta años se abría un colegio nuevo que ahora se llama Marcos del Torniello.
Cuando yo empecé al colegio, hace algunos menos de cincuenta años, éste llevaba el nombre del dictador, al igual que el poblado en el que estaba. Aunque ya entonces se oía hablar de «La Texera» o «El Tocóte», tributo a la lengua fruto de la capacidad popular de nombrar, sabia y cargada de ingenio la mayor parte de las veces.
Desde luego, yo prefiero el nuevo nombre. Desde que supe de la calle Marcos del Torniello me he sentido atraída por el sonido de ese «torniello». Tardé un tiempo en saber del escritor en lengua asturiana. ¿Para cuándo una breve explicación junto a sus placas de quiénes son los ilustres que dan nombre a nuestras calles? Todo es cultura y todo ayuda a identificarnos con este pueblo nuestro y a evitar aquello de «¡anda, mira, si se llama igual que la calle!».
Y digo que me gusta que mi primer colegio lleve el nombre de un escritor tan nuestro, porque allí descubrí lo mucho que me atraía la poesía y disfruté de cada uno de los libros de lectura que había en las aulas.
El Marcos de Torniello era un colegio de espacios amplios (o así lo recuerdo yo), con ventanales a un lado y galerías al otro. Un colegio, es cierto, que habitábamos separados niños y niñas durante los primeros años; pero que tenía en cada aula vitrinas o estanterías con libros, a veces en las paredes de la propia clase, otras en un cuarto pequeño donde dejábamos los mandilones y nuestras cosas.
El Marcos del Torniello tenía una biblioteca llena de libros, que atendía don Ángel todas las tardes. Yo permanecía media hora cada día a la puerta del colegio esperando a que el profesor volviera de su casa a abrir la sala de lectura. A mí no me daba tiempo a ir y volver de la mía. Entonces, en aquellas tardes, decidí que la mejor profesión del mundo era ser bibliotecaria. Luego, con los años, he escogido otra.
No recuerdo si entonces los inviernos eran fríos, o si llovía mucho. Sólo recuerdo la pasión por leer, la felicidad que me daban los textos y la riqueza de aquel mundo literario que puso en mis manos el colegio Marcos del Torniello. Por eso ¡Felicidades y que cumpla muchos más!
martes, 28 de abril de 2009
Los animales prefieren el tren
Los animales prefieren el tren
Un jabalí no fue capaz de tomar un vagón en Villalegre, cosa que sí lograron las ocas de la UCAYC
ESPERANZA MEDINA POETA Y PROFESORA Parece que últimamente los animales quieren coger el tren. No sé si será un síntoma más de la crisis, que también a ellos les llega, y pasará lo mismo que me contaban hace unos días en una braña del Occidente, donde últimamente no pueden dejar pernoctar el ganado con sus crías a la intemperie porque los lobos bajan muy cerca de las casas. Es difícil saber si lo hacen porque ya no tienen alimento, porque nos van perdiendo el miedo, o tal vez porque se están volviendo más inteligentes y entienden que es mucho mejor vivir con las comodidades de los humanos que como ellos mismos lo hacen.
Me pregunto si es cuestión de inteligencia viendo que en Avilés algunos han decidido cambiar su modo de desplazamiento y lejos de usar el coche, la bicicleta o el autobús, han optado por el tren; por algo será.
Sin ir más lejos, el miércoles pasado un jabalí de gran tamaño merodeaba por la estación de Villalegre, aunque no fue capaz de subirse al tren. Cosa que sí consiguieron las ocas silenciosas que auguraban la campaña promocional de la UCAYC, con la que ésta intenta fomentar el consumo frente a la crisis, haciendo caso así a los consejos de nuestros políticos que nos incitan a consumir, aunque difícilmente podremos consumir si no es segura la entrada en nuestras casa de un sueldo a fin de mes. En cualquier caso, no se le puede quitar mérito a la capacidad creativa de los comerciantes de nuestra comarca. Está comprobado que cuando escasean los medios, aumenta la creatividad.
Creatividad que bien podría extenderse entre nuestros dirigentes (una creatividad sensata, claro está) y ayudarles a ver un camino definitivo para que no nos pase como al jabalí de Villalegre, que no pudo llegar en tren a San Juan de Nieva. Llevamos muchos años buscando la mejor manera de deshacernos de la barrera que supone la vía férrea en nuestra ciudad. Y ahora que hasta los animales se acercan al tren, ¿vamos a tener nosotros que despedirlo sólo a la entrada de la villa?
En muchas ciudades de España se soterran vías y carreteras para mejorar el entorno y la calidad de vida de los ciudadanos. Quizá nosotros, aprovechando que los animales deciden pasearse por Avilés, debamos pedirles consejo a los topos que, esquivando con paciencia cualquier dificultad, saben llegar mediante túneles al otro lado con buen pie, quiero decir con buena pata.
Un jabalí no fue capaz de tomar un vagón en Villalegre, cosa que sí lograron las ocas de la UCAYC
ESPERANZA MEDINA POETA Y PROFESORA Parece que últimamente los animales quieren coger el tren. No sé si será un síntoma más de la crisis, que también a ellos les llega, y pasará lo mismo que me contaban hace unos días en una braña del Occidente, donde últimamente no pueden dejar pernoctar el ganado con sus crías a la intemperie porque los lobos bajan muy cerca de las casas. Es difícil saber si lo hacen porque ya no tienen alimento, porque nos van perdiendo el miedo, o tal vez porque se están volviendo más inteligentes y entienden que es mucho mejor vivir con las comodidades de los humanos que como ellos mismos lo hacen.
Me pregunto si es cuestión de inteligencia viendo que en Avilés algunos han decidido cambiar su modo de desplazamiento y lejos de usar el coche, la bicicleta o el autobús, han optado por el tren; por algo será.
Sin ir más lejos, el miércoles pasado un jabalí de gran tamaño merodeaba por la estación de Villalegre, aunque no fue capaz de subirse al tren. Cosa que sí consiguieron las ocas silenciosas que auguraban la campaña promocional de la UCAYC, con la que ésta intenta fomentar el consumo frente a la crisis, haciendo caso así a los consejos de nuestros políticos que nos incitan a consumir, aunque difícilmente podremos consumir si no es segura la entrada en nuestras casa de un sueldo a fin de mes. En cualquier caso, no se le puede quitar mérito a la capacidad creativa de los comerciantes de nuestra comarca. Está comprobado que cuando escasean los medios, aumenta la creatividad.
Creatividad que bien podría extenderse entre nuestros dirigentes (una creatividad sensata, claro está) y ayudarles a ver un camino definitivo para que no nos pase como al jabalí de Villalegre, que no pudo llegar en tren a San Juan de Nieva. Llevamos muchos años buscando la mejor manera de deshacernos de la barrera que supone la vía férrea en nuestra ciudad. Y ahora que hasta los animales se acercan al tren, ¿vamos a tener nosotros que despedirlo sólo a la entrada de la villa?
En muchas ciudades de España se soterran vías y carreteras para mejorar el entorno y la calidad de vida de los ciudadanos. Quizá nosotros, aprovechando que los animales deciden pasearse por Avilés, debamos pedirles consejo a los topos que, esquivando con paciencia cualquier dificultad, saben llegar mediante túneles al otro lado con buen pie, quiero decir con buena pata.
martes, 14 de abril de 2009
Será por santos
Será por santos
Al nuevo invitado de El Bollo, San Balandrán, cabe pedirle que no se lleve más altos hornos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Ya está, se acabó la Semana Santa. Hubo para muchos gustos, no para todos porque está claro que la lluvia nos dejó a algunos en casita y con ganas.
Avilés cumplió con la tradición, por un lado la religiosa, con sus procesiones declaradas de interés regional, por otro con sus ciento dieciséis años de fiesta de hermandad, que aunque ya no sepamos con quién tenemos que «amigarnos» no por eso vamos a dejar de comer el bollo o salir a ver las carrozas (a no ser, claro, que tengamos que luchar contra los elementos, que contra ésos no pudo ni la Armada Invencible).
Carrozas que han evolucionado como la historia de esta villa nuestra, en las que hubo un tiempo que igual daba vestirse de asturiana que de sevillana para salir en ellas. Sinceramente no conozco el motivo de este último atuendo, pero así sucedía cuando yo era niña (claro que cuando yo era pequeña se ponían figuritas de toros y sevillanas encima del televisor en blanco y negro, que sólo se veía en color si se le fijaba a la pantalla una especie de plástico semitransparente con franjas horizontales con los colores del arco iris, pero ésa, seguramente, es otra historia).
Pasaron los años, hubo una época de carrozas mucho menos artísticas, hechas desde los barrios y con aires reivindicativos. Ahora se podría decir que tenemos «carrozas de autor». Los tiempos cambian.
Pero a nosotros los cambios no nos incomodan, sobre todo si aportan alegría, buen ambiente y si hay comida de por medio. Basta ver cómo ha crecido el número de comensales de la «comida en la calle» en sus breves años de historia.
Para añadir la guinda al pastel festivo, nos viene a visitar este año un santo, que dicen que lo hizo hace mucho tiempo y que ya me cae bien, sin conocerlo, porque tiene el nombre de la playa de mi infancia: San Balandrán.
Sólo espero que, como santo que es, sea también milagroso, para pedirle que nos devuelva su playa a los avilesinos, que podamos disfrutar de la arena y del agua en ese rincón de la ría que se llama como él y que, a ser posible, no se lleve más altos hornos, que un santo no puede ser rencoroso y que, aunque en su momento la siderurgia prácticamente hubiese hecho desaparecer su playa, un milagro pequeño nos lo puede dejar todo, que los asturianos seguimos teniendo que comer.
Al nuevo invitado de El Bollo, San Balandrán, cabe pedirle que no se lleve más altos hornos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Ya está, se acabó la Semana Santa. Hubo para muchos gustos, no para todos porque está claro que la lluvia nos dejó a algunos en casita y con ganas.
Avilés cumplió con la tradición, por un lado la religiosa, con sus procesiones declaradas de interés regional, por otro con sus ciento dieciséis años de fiesta de hermandad, que aunque ya no sepamos con quién tenemos que «amigarnos» no por eso vamos a dejar de comer el bollo o salir a ver las carrozas (a no ser, claro, que tengamos que luchar contra los elementos, que contra ésos no pudo ni la Armada Invencible).
Carrozas que han evolucionado como la historia de esta villa nuestra, en las que hubo un tiempo que igual daba vestirse de asturiana que de sevillana para salir en ellas. Sinceramente no conozco el motivo de este último atuendo, pero así sucedía cuando yo era niña (claro que cuando yo era pequeña se ponían figuritas de toros y sevillanas encima del televisor en blanco y negro, que sólo se veía en color si se le fijaba a la pantalla una especie de plástico semitransparente con franjas horizontales con los colores del arco iris, pero ésa, seguramente, es otra historia).
Pasaron los años, hubo una época de carrozas mucho menos artísticas, hechas desde los barrios y con aires reivindicativos. Ahora se podría decir que tenemos «carrozas de autor». Los tiempos cambian.
Pero a nosotros los cambios no nos incomodan, sobre todo si aportan alegría, buen ambiente y si hay comida de por medio. Basta ver cómo ha crecido el número de comensales de la «comida en la calle» en sus breves años de historia.
Para añadir la guinda al pastel festivo, nos viene a visitar este año un santo, que dicen que lo hizo hace mucho tiempo y que ya me cae bien, sin conocerlo, porque tiene el nombre de la playa de mi infancia: San Balandrán.
Sólo espero que, como santo que es, sea también milagroso, para pedirle que nos devuelva su playa a los avilesinos, que podamos disfrutar de la arena y del agua en ese rincón de la ría que se llama como él y que, a ser posible, no se lleve más altos hornos, que un santo no puede ser rencoroso y que, aunque en su momento la siderurgia prácticamente hubiese hecho desaparecer su playa, un milagro pequeño nos lo puede dejar todo, que los asturianos seguimos teniendo que comer.
martes, 31 de marzo de 2009
Avances
Avances
De las computadoras que ocupaban habitaciones enteras hemos pasado a la cotidianeidad de la informática
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Esta misma semana, en una entretenida charla, nos preguntábamos cómo habíamos podido sobrevivir tantos años sin ordenadores, teléfonos móviles y demás avances tecnológicos.
Hasta hace pocos años vivíamos en una ignorancia que resultaba lenta de suplir teniendo que buscar la información en enciclopedias que no solían estar en nuestras casas, con lo rápido y fácil que nos resulta ahora acceder a cualquier buscador en internet. Incluso para el cotilleo nos es útil estar conectados a la red.
Recordábamos, con una indulgente sonrisa, cómo eran aquellas computadoras «avanzadísimas» que mostraban las películas allá por los setenta. Ocupaban habitaciones enteras, se llenaban de luces parpadeantes y sonidos metálicos para terminar escupiendo una información, eso sí, increíblemente exacta, que maravillaba a aquellos niños que éramos y nos hacía soñar con un fantástico futuro.
Lo que no podíamos imaginar es que aquellas «computadoras» llegasen a ser en pocos años nuestros ordenadores personales, nuestra fuente de información más «sencilla» (por la posibilidad de acceder a ella desde el propio hogar).
Hemos avanzado claramente en el acceso a la información, y nos hemos acostumbrado con rapidez a este acercamiento cotidiano a todo tipo de datos. Hasta tal punto es así que vemos como totalmente natural acceder desde casa al catálogo de libros de cualquier biblioteca, a la cuenta del banco, a la prensa escrita, etc.
Precisamente por eso resultaba más chocante que en ocasiones uno tuviese que llevarle al médico de familia una copia de la copia del informe del médico especialista que le había visto en el hospital. Eso, claro, en el caso de que al paciente, le hubiesen entregado algún tipo de informe.
Aunque parezca un tanto metafórico, supone un cierto alivio acercarse al centro de salud con cualquier malestar inoportuno y no tener que explicar cada una de las molestias y enfermedades que se han padecido en los últimos años, porque sea quien sea el facultativo que te atiende va a encontrar, en su ordenador, tu historial médico.
Siempre me pareció una pena que no dispusiésemos de un sistema parecido que acercase esa información a cualquier centro sanitario de Asturias, incluso del resto de España. De alguna manera estábamos desprotegidos si se nos olvidaba contar algo de nuestro historial médico en alguna urgencia alejados de casa.
Pero parece que, aunque poco a poco, todo llega, y el programa informático Selene que se implantará en el Hospital San Agustín nos va acercando a ese futuro mágico y cómodo con el que nos hacían soñar las películas de nuestra infancia.
De las computadoras que ocupaban habitaciones enteras hemos pasado a la cotidianeidad de la informática
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Esta misma semana, en una entretenida charla, nos preguntábamos cómo habíamos podido sobrevivir tantos años sin ordenadores, teléfonos móviles y demás avances tecnológicos.
Hasta hace pocos años vivíamos en una ignorancia que resultaba lenta de suplir teniendo que buscar la información en enciclopedias que no solían estar en nuestras casas, con lo rápido y fácil que nos resulta ahora acceder a cualquier buscador en internet. Incluso para el cotilleo nos es útil estar conectados a la red.
Recordábamos, con una indulgente sonrisa, cómo eran aquellas computadoras «avanzadísimas» que mostraban las películas allá por los setenta. Ocupaban habitaciones enteras, se llenaban de luces parpadeantes y sonidos metálicos para terminar escupiendo una información, eso sí, increíblemente exacta, que maravillaba a aquellos niños que éramos y nos hacía soñar con un fantástico futuro.
Lo que no podíamos imaginar es que aquellas «computadoras» llegasen a ser en pocos años nuestros ordenadores personales, nuestra fuente de información más «sencilla» (por la posibilidad de acceder a ella desde el propio hogar).
Hemos avanzado claramente en el acceso a la información, y nos hemos acostumbrado con rapidez a este acercamiento cotidiano a todo tipo de datos. Hasta tal punto es así que vemos como totalmente natural acceder desde casa al catálogo de libros de cualquier biblioteca, a la cuenta del banco, a la prensa escrita, etc.
Precisamente por eso resultaba más chocante que en ocasiones uno tuviese que llevarle al médico de familia una copia de la copia del informe del médico especialista que le había visto en el hospital. Eso, claro, en el caso de que al paciente, le hubiesen entregado algún tipo de informe.
Aunque parezca un tanto metafórico, supone un cierto alivio acercarse al centro de salud con cualquier malestar inoportuno y no tener que explicar cada una de las molestias y enfermedades que se han padecido en los últimos años, porque sea quien sea el facultativo que te atiende va a encontrar, en su ordenador, tu historial médico.
Siempre me pareció una pena que no dispusiésemos de un sistema parecido que acercase esa información a cualquier centro sanitario de Asturias, incluso del resto de España. De alguna manera estábamos desprotegidos si se nos olvidaba contar algo de nuestro historial médico en alguna urgencia alejados de casa.
Pero parece que, aunque poco a poco, todo llega, y el programa informático Selene que se implantará en el Hospital San Agustín nos va acercando a ese futuro mágico y cómodo con el que nos hacían soñar las películas de nuestra infancia.
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