«Okupas»
Otros habitan los espacios que fueron nuestros y les devuelven la vida sin robarnos la memoria
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Descender despacio por aquella cuesta se había convertido en el mayor de los placeres, volver a casa, reconociendo cada piedra que formaba el muro, cada desconchón en la pintura gris de las ventanas de la hilera de casas, al fondo las persianas verdes recogidas de la cocina, y allí, siempre, su madre. Volver del colegio era zambullirse otra vez en la vida, en la vida con mayúsculas, en la que le pertenecía por entero, en la que le pertenecería siempre.
Siempre, ¿siempre?, no, no siempre, ahora vuelve del mismo colegio, casi por el mismo camino, pero cuando ve su casa, las ventanas de la cocina, el comedor, la habitación de sus padres gira a la izquierda y se desvía hacia el presente.
Apenas queda nada de lo que conociera, la hierba es ahora edificios y, aunque puede ver todavía las ventanas, ya no quedan las casas, ni las huertas, ni los vecinos. Son ventanas fantasma donde duerme el pasado, donde duerme el sol tibio que atraviesa la cocina, la escalera de madera oliendo a lejía, el silbato del cartero para avisar que había que bajar por el correo: si sonaba dos veces la carta era para el segundo, quizás alguien le escribía a ella.
Tranquiliza comprobar día a día que todo sigue igual, que aquella llave que nunca volverá a usar guarda del tiempo todo lo que fue, lo que la hizo sentirse segura. Unas veces feliz y otras triste, pero siempre segura. Por eso todos los días mira a las ventanas antes de girar a la izquierda, para comprobar que el mundo está en orden, como ella lo dejara hace tantos años.
Y ocurre al fin: una ventana entreabierta que al día siguiente está bien cerrada (no, no pudo ser el viento), una persiana a medio levantar, algo blanco imposible de identificar tras los cristales. Alguien vive ahora en esa casa, alguien que no ha sido invitado, anónimo y culpable por robarle de golpe aquel pasado guardado bajo llave: en su casa hay «okupas».
Pero la casa no es suya, y está vieja, y seguramente si volviera a entrar un día la sentiría desolada, sin la niña que fue, sin la vida que tuvo. Y comprende entonces que es bueno que otras vidas se abran al sol de su cocina. Aunque nunca podrán tener ya lo que ella atesoró en sus paredes.
Ahora, sólo busca ese gesto cómplice que le demuestre que la casa sigue viva, a la vuelta del colegio, justo antes de desviarse a la izquierda, cada día.
martes, 22 de diciembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
"Repunantes"
"Repunantes"
Siempre hay quienes critican, pero algunos lo hacen asiduamente, casi como deporte
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es un deporte muy habitual, a veces se practica sin intención ninguna de hacer ejercicio, otras sin ninguna intención (como si fuese vital comunicar lo que pensamos de todo lo ajeno), pero hay muchas veces que es totalmente intencionado: dejar claro que nadie sabe hacer las cosas mejor que nosotros.
Viajaba el otro día con unas amigas y llegaron a la conversación anécdotas sobre vecinos «bien intencionados» que pasan al lado de la bonita casa que te estás haciendo (o eso creías tú antes de recibir las visitas de los espontáneos) y sólo encuentran pegas y terribles equivocaciones en el proyecto, como, por ejemplo, lo agotador que va a ser limpiar tanto ventanal o el irreparable fallo que ha tenido el arquitecto al no darse cuenta de que perdía una habitación al diseñar un salón de dos alturas. Supongo que los amables vecinos tendrían pensado ayudar a mi amiga a limpiar los cristales y de paso quedarse a dormir en su casa. No encuentro otra explicación para sus comentarios, porque, claro, lo de la envidia no se me habría ocurrido.
Qué decir de aquel que después de quince años desempeñando el mismo trabajo en una oficina de forma altamente eficiente cambia de empresa y se encuentra con un compañero que pretende imponer el «aquí lo hacemos así», aunque se desperdicie tiempo y se reduzca la eficacia. Comprendo que hay personas para las que es muy difícil cambiar de costumbres y mucho más admitir que pueden venir otros que nos ayuden a mejorar, pero también es difícil acoplarse al «como tú digas», cuando lo puedes hacer mejor, sólo por no discutir.
Para qué hablar de quienes al enseñarles aquel minimantelito a punto de cruz que habías conseguido terminar por fin como gran proeza artesanal lo miraban del revés para comprobar los fallos. Claro que nunca te mostraban sus propias labores.
Entonces recuerdo aquello que decía mi padre cuando se refería a fulano o mengana que «se parecían a la Nazaria, que no lo sabía hacer, pero lo sabía "repunar"». Nunca supe quién era la tal Nazaria, ni si el dicho era original de mi padre o iba de boca en boca, pero me quedó muy claro desde el principio que la buena señora practicaba con cierta asiduidad este deporte tan nuestro de «repunarlo» todo.
Y es que criticones habrá muchos, pero «repunantes» bastantes más, busque usted si no algún que otro nombre y ya me contará.
Siempre hay quienes critican, pero algunos lo hacen asiduamente, casi como deporte
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es un deporte muy habitual, a veces se practica sin intención ninguna de hacer ejercicio, otras sin ninguna intención (como si fuese vital comunicar lo que pensamos de todo lo ajeno), pero hay muchas veces que es totalmente intencionado: dejar claro que nadie sabe hacer las cosas mejor que nosotros.
Viajaba el otro día con unas amigas y llegaron a la conversación anécdotas sobre vecinos «bien intencionados» que pasan al lado de la bonita casa que te estás haciendo (o eso creías tú antes de recibir las visitas de los espontáneos) y sólo encuentran pegas y terribles equivocaciones en el proyecto, como, por ejemplo, lo agotador que va a ser limpiar tanto ventanal o el irreparable fallo que ha tenido el arquitecto al no darse cuenta de que perdía una habitación al diseñar un salón de dos alturas. Supongo que los amables vecinos tendrían pensado ayudar a mi amiga a limpiar los cristales y de paso quedarse a dormir en su casa. No encuentro otra explicación para sus comentarios, porque, claro, lo de la envidia no se me habría ocurrido.
Qué decir de aquel que después de quince años desempeñando el mismo trabajo en una oficina de forma altamente eficiente cambia de empresa y se encuentra con un compañero que pretende imponer el «aquí lo hacemos así», aunque se desperdicie tiempo y se reduzca la eficacia. Comprendo que hay personas para las que es muy difícil cambiar de costumbres y mucho más admitir que pueden venir otros que nos ayuden a mejorar, pero también es difícil acoplarse al «como tú digas», cuando lo puedes hacer mejor, sólo por no discutir.
Para qué hablar de quienes al enseñarles aquel minimantelito a punto de cruz que habías conseguido terminar por fin como gran proeza artesanal lo miraban del revés para comprobar los fallos. Claro que nunca te mostraban sus propias labores.
Entonces recuerdo aquello que decía mi padre cuando se refería a fulano o mengana que «se parecían a la Nazaria, que no lo sabía hacer, pero lo sabía "repunar"». Nunca supe quién era la tal Nazaria, ni si el dicho era original de mi padre o iba de boca en boca, pero me quedó muy claro desde el principio que la buena señora practicaba con cierta asiduidad este deporte tan nuestro de «repunarlo» todo.
Y es que criticones habrá muchos, pero «repunantes» bastantes más, busque usted si no algún que otro nombre y ya me contará.
martes, 10 de noviembre de 2009
Gente rara
Gente rara
La esperanzadora eclosión de la actividad poética en Asturias
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Me temo que siempre he sido un poco rara, aunque tardé mucho en ser consciente de ello: cuando en el colegio llegaba a mis manos un libro de lectura buscaba antes que ninguna otra cosa los poemas; luego, con calma lo leía todo.
Si bien la literatura es una afición de muchos, hay muy pocos que se confiesen adictos a la poesía concretamente, aunque quizá sean como en las encuestas a pie de urna, con el vecino al lado mirando de reojo, en las que pocos dicen realmente lo que acaban de votar. Es que ser raro tiene su precio.
Cuando una confiesa que además de leer escribe poesía casi puede oír los pensamientos de alguno, que no te ve como a una persona muy normal. Sería otra cosa decir que has escrito una novela, eso sí que tiene mérito e interés social.
Por eso me encanta comprobar que cada vez hay más gente rara que lee, escribe y difunde la poesía, propia o de otros. Estos días han sido un buen ejemplo de ello. En Oviedo, los jóvenes del colectivo cultural Hesperya han organizado el II Encuentro nacional de poesía joven «La Ciudad en Llamas», con poetas jóvenes y no tan jóvenes. En Pravia, la Asociación de Escritores de Asturias, en sus IX Jornadas de literatura, sigue contando con los poetas como parte importante de su programación. La semana que viene, en Lena, se organiza un ciclo de poesía y El Aula de las Metáforas, de Grado, se encarga de mimar y difundir este género todo el año, por poner algunos ejemplos.
Sin ir más lejos, el pasado viernes, en Luarca, se entregaron los premios del VI Certamen de poesía «Nené Losada Rico», a la vez que se le brindó un sentido homenaje a la autora fallecida recientemente. Un homenaje del que fueron protagonistas fundamentales los niños de los colegios de Valdés, niños que, la conocieran o no personalmente, la sentían muy cercana a través de sus textos gracias a la labor de sus maestros y de la propia Nené Losada Rico.
Me canso de oír que en los colegios se contagian todo tipo de virus, ojalá éste se empiece a extender, sin vacunas ni analgésicos, con fuerza, para que con el tiempo leer poesía sea tan cotidiano y tan natural como salir a por el pan.
La esperanzadora eclosión de la actividad poética en Asturias
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Me temo que siempre he sido un poco rara, aunque tardé mucho en ser consciente de ello: cuando en el colegio llegaba a mis manos un libro de lectura buscaba antes que ninguna otra cosa los poemas; luego, con calma lo leía todo.
Si bien la literatura es una afición de muchos, hay muy pocos que se confiesen adictos a la poesía concretamente, aunque quizá sean como en las encuestas a pie de urna, con el vecino al lado mirando de reojo, en las que pocos dicen realmente lo que acaban de votar. Es que ser raro tiene su precio.
Cuando una confiesa que además de leer escribe poesía casi puede oír los pensamientos de alguno, que no te ve como a una persona muy normal. Sería otra cosa decir que has escrito una novela, eso sí que tiene mérito e interés social.
Por eso me encanta comprobar que cada vez hay más gente rara que lee, escribe y difunde la poesía, propia o de otros. Estos días han sido un buen ejemplo de ello. En Oviedo, los jóvenes del colectivo cultural Hesperya han organizado el II Encuentro nacional de poesía joven «La Ciudad en Llamas», con poetas jóvenes y no tan jóvenes. En Pravia, la Asociación de Escritores de Asturias, en sus IX Jornadas de literatura, sigue contando con los poetas como parte importante de su programación. La semana que viene, en Lena, se organiza un ciclo de poesía y El Aula de las Metáforas, de Grado, se encarga de mimar y difundir este género todo el año, por poner algunos ejemplos.
Sin ir más lejos, el pasado viernes, en Luarca, se entregaron los premios del VI Certamen de poesía «Nené Losada Rico», a la vez que se le brindó un sentido homenaje a la autora fallecida recientemente. Un homenaje del que fueron protagonistas fundamentales los niños de los colegios de Valdés, niños que, la conocieran o no personalmente, la sentían muy cercana a través de sus textos gracias a la labor de sus maestros y de la propia Nené Losada Rico.
Me canso de oír que en los colegios se contagian todo tipo de virus, ojalá éste se empiece a extender, sin vacunas ni analgésicos, con fuerza, para que con el tiempo leer poesía sea tan cotidiano y tan natural como salir a por el pan.
jueves, 29 de octubre de 2009
Puerta a puerta
Puerta a puerta
Convencer de la necesidad de poseer algo totalmente innecesario es, sin duda, todo un arte
ESPERANZA MEDINA
POETA Dicen que un buen vendedor puede vender cualquier cosa, que hay quién ha comprado parcelas en la luna, la Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad. Porque convencer de la necesidad de poseer algo totalmente innecesario es, sin duda, todo un arte.
Hace algunos años ya (parecen siglos, pero no, quizás unos quince años, no más) un vendedor de enciclopedias llegó a nuestra puerta ofreciéndonos como obsequio, junto con la enciclopedia en papel, un producto novísimo, en el que estaba el futuro, un aparato reproductor de CDI (discos compactos interactivos).
Según él había dos sistemas nuevos de reproducción de imágenes en el mercado, pero el que perduraría sin lugar a dudas era el que él nos ofrecía como obsequio por comprar la enciclopedia no el otro, llamado DVD. El tiempo demostró lo contrario.
Junto con el CDI venía un disco compacto en el que supuestamente estarían todos los tomos de la enciclopedia que se nos iría ampliando según se actualizase. También teníamos un curso de inglés y un juego interactivo tipo «Trivial», además de asegurarnos que se estaban editando gran cantidad de discos para este nuevo aparato.
Aunque no soy muy dada a la tecnología, sí soy una gran amante de los libros y como no teníamos en casa ninguna enciclopedia nos decidimos a comprar esa, sin poner demasiadas ilusiones en el CDI, todo hay que decirlo, que lleva un montón de años cumpliendo su destino: cogiendo polvo en un rincón, quién sabe si con el tiempo no será un objeto curioso y único.
Con el CDI supuestamente vendrían otros regalos que nunca llegaron y nos costó muchos años y muchas llamadas de teléfono conseguir que la susodicha editorial nos dejase tranquilos y dejase de enviarnos vendedores ofreciéndonos regalos para compensar el mal sabor de boca, regalos que luego venían acompañados de su consiguiente factura. El nombre de la editorial no lo mencionaré por educación, que no por respeto, pues el trato que recibimos por diferentes representantes suyos se puede calificar de tomadura de pelo, por decirlo de una manera delicada.
Por eso me alegro de que ya no se estile tanto la venta puerta a puerta, resultaba incómodo despedir amablemente a todos por si volvía a sentirme estafada.
Ahora lo que realmente se lleva es la venta por teléfono, que incide más si cabe en tu intimidad. El teléfono suena en los momentos más inoportunos para ofrecerte todo tipo de servicios. Supongo que con ese sistema se obtendrán buenos beneficios dada la cantidad de ofertas telefónicas que recibo. Pero es que yo nunca acepto nada que se me presente por ese sistema, por muy beneficioso que parezca. Seguro que pierdo alguna que otra buena oportunidad. Qué se le va a hacer.
Convencer de la necesidad de poseer algo totalmente innecesario es, sin duda, todo un arte
ESPERANZA MEDINA
POETA Dicen que un buen vendedor puede vender cualquier cosa, que hay quién ha comprado parcelas en la luna, la Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad. Porque convencer de la necesidad de poseer algo totalmente innecesario es, sin duda, todo un arte.
Hace algunos años ya (parecen siglos, pero no, quizás unos quince años, no más) un vendedor de enciclopedias llegó a nuestra puerta ofreciéndonos como obsequio, junto con la enciclopedia en papel, un producto novísimo, en el que estaba el futuro, un aparato reproductor de CDI (discos compactos interactivos).
Según él había dos sistemas nuevos de reproducción de imágenes en el mercado, pero el que perduraría sin lugar a dudas era el que él nos ofrecía como obsequio por comprar la enciclopedia no el otro, llamado DVD. El tiempo demostró lo contrario.
Junto con el CDI venía un disco compacto en el que supuestamente estarían todos los tomos de la enciclopedia que se nos iría ampliando según se actualizase. También teníamos un curso de inglés y un juego interactivo tipo «Trivial», además de asegurarnos que se estaban editando gran cantidad de discos para este nuevo aparato.
Aunque no soy muy dada a la tecnología, sí soy una gran amante de los libros y como no teníamos en casa ninguna enciclopedia nos decidimos a comprar esa, sin poner demasiadas ilusiones en el CDI, todo hay que decirlo, que lleva un montón de años cumpliendo su destino: cogiendo polvo en un rincón, quién sabe si con el tiempo no será un objeto curioso y único.
Con el CDI supuestamente vendrían otros regalos que nunca llegaron y nos costó muchos años y muchas llamadas de teléfono conseguir que la susodicha editorial nos dejase tranquilos y dejase de enviarnos vendedores ofreciéndonos regalos para compensar el mal sabor de boca, regalos que luego venían acompañados de su consiguiente factura. El nombre de la editorial no lo mencionaré por educación, que no por respeto, pues el trato que recibimos por diferentes representantes suyos se puede calificar de tomadura de pelo, por decirlo de una manera delicada.
Por eso me alegro de que ya no se estile tanto la venta puerta a puerta, resultaba incómodo despedir amablemente a todos por si volvía a sentirme estafada.
Ahora lo que realmente se lleva es la venta por teléfono, que incide más si cabe en tu intimidad. El teléfono suena en los momentos más inoportunos para ofrecerte todo tipo de servicios. Supongo que con ese sistema se obtendrán buenos beneficios dada la cantidad de ofertas telefónicas que recibo. Pero es que yo nunca acepto nada que se me presente por ese sistema, por muy beneficioso que parezca. Seguro que pierdo alguna que otra buena oportunidad. Qué se le va a hacer.
miércoles, 14 de octubre de 2009
La Historia
La Historia
Avilés es un museo al aire libre y como tal tiene que darse a conocer a los visitantes
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Después de la resaca de las visitas culturales veraniegas, de las caminatas por ciudades y lugares interesantísimos, de las colas para ver museos o villas romanas como la de «La Olmeda», en Palencia, cerca de Carrión de los Condes (muy recomendable, por cierto, no dejen de visitarla si tienen oportunidad, la conservación de sus muchísimos mosaicos es impresionante); pues bien, después de este atracón de cultura, ya en casa, mi hija pequeña me pregunta: «Mamá, ¿qué hay que ver en Avilés?», en el preciso instante en el que acababan de pasar junto a nosotras dos grupos diferentes de extranjeros, en uno se hablaba inglés, en el otro francés.
En un principio me descolocó la pregunta, ¿de verdad los avilesinos no sabemos qué enseñar a nuestros visitantes?, ¿o es que mi niña es todavía muy pequeña y necesita conocer más su ciudad? Avilés es un museo al aire libre, como bien dice Alberto del Río insistentemente en sus artículos, es un conjunto urbano (y véase que recalco «conjunto») lleno de Historia. Porque precisamente ahí está la cuestión, no son los edificios singulares (que los hay) los que nos definen, sino esos mil años de Historia que nos acompañan, más toda aquella que intuimos desde la Prehistoria y los primeros pobladores.
Es muy difícil transmitir esa sensación histórica a través de las fachadas de los edificios o el trazado de las calles medievales, mucho más difícil si tenemos en cuenta lo poco que sabemos de nuestro pasado los propios habitantes de la ciudad.
Precisamente por ese motivo me resulta tan grato leer «La Hestoria d'Avilés», de Miguel Solís Santos, plasmada en viñetas de cómic. Es una forma agradable, sencilla (elemental también), de volver al pasado y revisar el presente. El autor pone imágenes a nuestra casa antes de que nosotros llegásemos a ella. Siempre es interesante saber cómo era todo lo que nos precedió, más triste es descubrir cómo será cuando nos vayamos. Un esfuerzo importante por acercar la Historia a todos, que podría llegar a muchos más.
Este texto, ameno, que entra por los ojos, podría ser el recuerdo perfecto que se llevasen nuestros visitantes, traducido a varios idiomas, entre ellos el castellano, sin menoscabo de su edición original, que aúna perfectamente Historia y cultura de esta villa, que asturianos somos y nuestra lengua nos pertenece, aunque la Historia más reciente nos haya apartado un poco de su camino.
No sé qué opinará de todo esto el autor, pero ahí queda mi sugerencia.
Avilés es un museo al aire libre y como tal tiene que darse a conocer a los visitantes
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Después de la resaca de las visitas culturales veraniegas, de las caminatas por ciudades y lugares interesantísimos, de las colas para ver museos o villas romanas como la de «La Olmeda», en Palencia, cerca de Carrión de los Condes (muy recomendable, por cierto, no dejen de visitarla si tienen oportunidad, la conservación de sus muchísimos mosaicos es impresionante); pues bien, después de este atracón de cultura, ya en casa, mi hija pequeña me pregunta: «Mamá, ¿qué hay que ver en Avilés?», en el preciso instante en el que acababan de pasar junto a nosotras dos grupos diferentes de extranjeros, en uno se hablaba inglés, en el otro francés.
En un principio me descolocó la pregunta, ¿de verdad los avilesinos no sabemos qué enseñar a nuestros visitantes?, ¿o es que mi niña es todavía muy pequeña y necesita conocer más su ciudad? Avilés es un museo al aire libre, como bien dice Alberto del Río insistentemente en sus artículos, es un conjunto urbano (y véase que recalco «conjunto») lleno de Historia. Porque precisamente ahí está la cuestión, no son los edificios singulares (que los hay) los que nos definen, sino esos mil años de Historia que nos acompañan, más toda aquella que intuimos desde la Prehistoria y los primeros pobladores.
Es muy difícil transmitir esa sensación histórica a través de las fachadas de los edificios o el trazado de las calles medievales, mucho más difícil si tenemos en cuenta lo poco que sabemos de nuestro pasado los propios habitantes de la ciudad.
Precisamente por ese motivo me resulta tan grato leer «La Hestoria d'Avilés», de Miguel Solís Santos, plasmada en viñetas de cómic. Es una forma agradable, sencilla (elemental también), de volver al pasado y revisar el presente. El autor pone imágenes a nuestra casa antes de que nosotros llegásemos a ella. Siempre es interesante saber cómo era todo lo que nos precedió, más triste es descubrir cómo será cuando nos vayamos. Un esfuerzo importante por acercar la Historia a todos, que podría llegar a muchos más.
Este texto, ameno, que entra por los ojos, podría ser el recuerdo perfecto que se llevasen nuestros visitantes, traducido a varios idiomas, entre ellos el castellano, sin menoscabo de su edición original, que aúna perfectamente Historia y cultura de esta villa, que asturianos somos y nuestra lengua nos pertenece, aunque la Historia más reciente nos haya apartado un poco de su camino.
No sé qué opinará de todo esto el autor, pero ahí queda mi sugerencia.
martes, 29 de septiembre de 2009
Cuéntame un cuento
Cuéntame un cuento
El esperpento de la venta de abonos para el ciclo de teatro
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Había una vez un país muy, muy lejano, en el que algunos de sus habitantes sufrían una extraña y terrible dolencia que les llevaba a seguir varias veces al año un impulso irrefrenable capaz de mantenerlos en vela día y noche durante varias jornadas. Coincidiendo exacta y puntualmente con los prolegómenos de la temporada teatral.
Un mal que les movía a hacer cola durante varios días, incluidas sus noches, eso sí, turnándose e incluso pagando a alguien que permaneciese en vela por ellos y siempre bajo la atenta supervisión de un «vigilante popular» que organizaba los turnos y mantenía el orden.
Es una pena que yo no sepa escribir teatro, porque seguro que en esas largas horas de espera se producen interesantísimas escenas dramáticas, inquietantes momentos de tensión, situaciones hilarantes, personajes profundos y arquetipos universales.
Sería interesante que algún dramaturgo recogiese esta antorcha y, una vez conseguido el abono para las jornadas teatrales, los pacientes espectadores pudieran verse a sí mismos reflejados en el escenario, enriquecida su larga espera con hermosas frases literarias, con gestos ensayados, precisos, dedicados a provocar emociones. Quizás en la línea del teatro del absurdo, del realismo social o del esperpento del inolvidable Valle-Inclán, no sé, eso ya queda a gusto y conveniencia del autor.
Pasan los años, pero en este tan, tan lejano país nadie encuentra una solución a la extraña adicción al teatro de la que por suerte han podido sustraerse muchos de sus habitantes ante la amenaza de esas largas colas y esas noches en blanco. Y es que gran cantidad de sujetos ha pretendido traer fórmulas maravillosas para acabar con el problema: varitas mágicas, bolas de cristal, ampliar las sesiones, rifar las entradas, etcétera. Nada útil, sólo remedios de charlatanes y embaucadores.
Lo más hermoso de esta triste historia es que todo ese esfuerzo, las noches en blanco, el desembolso económico al que hay que añadir la cantidad correspondiente al alquiler de sustituto en la fila, no es para cobrar el premio gordo de la lotería, ni para conseguir llevarse un coche del concesionario a mitad de precio, nada material, en absoluto. Es, sencilla y llanamente, para conseguir un buena butaca en el teatro. Eso es afición.
Desconozco si ésta es una de esas pandemias que se extienden de unos países a otros, porque es sólo un relato, y como me lo han contado lo cuento yo. Advirtiendo, eso sí, de que cualquier parecido con la realidad de Avilés es pura coincidencia.
El esperpento de la venta de abonos para el ciclo de teatro
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Había una vez un país muy, muy lejano, en el que algunos de sus habitantes sufrían una extraña y terrible dolencia que les llevaba a seguir varias veces al año un impulso irrefrenable capaz de mantenerlos en vela día y noche durante varias jornadas. Coincidiendo exacta y puntualmente con los prolegómenos de la temporada teatral.
Un mal que les movía a hacer cola durante varios días, incluidas sus noches, eso sí, turnándose e incluso pagando a alguien que permaneciese en vela por ellos y siempre bajo la atenta supervisión de un «vigilante popular» que organizaba los turnos y mantenía el orden.
Es una pena que yo no sepa escribir teatro, porque seguro que en esas largas horas de espera se producen interesantísimas escenas dramáticas, inquietantes momentos de tensión, situaciones hilarantes, personajes profundos y arquetipos universales.
Sería interesante que algún dramaturgo recogiese esta antorcha y, una vez conseguido el abono para las jornadas teatrales, los pacientes espectadores pudieran verse a sí mismos reflejados en el escenario, enriquecida su larga espera con hermosas frases literarias, con gestos ensayados, precisos, dedicados a provocar emociones. Quizás en la línea del teatro del absurdo, del realismo social o del esperpento del inolvidable Valle-Inclán, no sé, eso ya queda a gusto y conveniencia del autor.
Pasan los años, pero en este tan, tan lejano país nadie encuentra una solución a la extraña adicción al teatro de la que por suerte han podido sustraerse muchos de sus habitantes ante la amenaza de esas largas colas y esas noches en blanco. Y es que gran cantidad de sujetos ha pretendido traer fórmulas maravillosas para acabar con el problema: varitas mágicas, bolas de cristal, ampliar las sesiones, rifar las entradas, etcétera. Nada útil, sólo remedios de charlatanes y embaucadores.
Lo más hermoso de esta triste historia es que todo ese esfuerzo, las noches en blanco, el desembolso económico al que hay que añadir la cantidad correspondiente al alquiler de sustituto en la fila, no es para cobrar el premio gordo de la lotería, ni para conseguir llevarse un coche del concesionario a mitad de precio, nada material, en absoluto. Es, sencilla y llanamente, para conseguir un buena butaca en el teatro. Eso es afición.
Desconozco si ésta es una de esas pandemias que se extienden de unos países a otros, porque es sólo un relato, y como me lo han contado lo cuento yo. Advirtiendo, eso sí, de que cualquier parecido con la realidad de Avilés es pura coincidencia.
martes, 22 de septiembre de 2009
Nada de mimos
Nada de mimos
La incidencia de la gripe A en los centros escolares
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Creo que lo han conseguido, no sé muy bien quiénes, pero lo han conseguido por completo: ni idea de a qué atenerme en esto de la gripe A.
Comenzamos viendo cómo en México las personas paseaban con mascarillas, se cerraban colegios y centros de trabajo para evitar la terrible mortalidad de aquella enfermedad que en un principio se llamó «gripe porcina», pero que rápidamente cambió su nombre a gripe A, que parece que le viene mucho mejor al virus (exactamente gripe A N1-H1).
Tras aquel primer momento de epidemia en el país americano se empezó a acercar a nosotros la amenaza y comenzamos a oír hablar de la peligrosísima pandemia que se avecinaba. Hemos ido contando día a día los muertos en nuestro país, en una macabra letanía, intentando descartar en cada una de sus circunstancias la nuestra propia, para tranquilizarnos sintiéndonos fuera de peligro. Pero es una gripe, una gripe que se contagia por un virus y ante los virus y sus caprichos siempre hemos estado indefensos.
Con los consiguientes avisos y recomendaciones nos han ido metiendo el miedo en el cuerpo, como con la posibilidad de retrasar el inicio de curso, que se ha diluido en una serie de recomendaciones profilácticas: nada de besarse, no tocarse ojos, nariz o boca, lavarse las manos cada vez que se estornude, no compartir instrumentos de viento, lápices, rotuladores o cualquier material que el niño pueda llevarse a la boca, limpiar dos veces al día con jabón y detergente mesas y sillas, pomos de la puerta, interruptores, teclados de ordenador, etcétera, etcétera, etcétera. Es una larga lista de recomendaciones higiénicas, altamente convenientes si no fuera porque resultan imposibles de seguir totalmente en los centros escolares.
Mis nuevos alumnos llegan a la escuela por primera vez, quieren consuelo, mimos, ahora que tienen que separarse de sus familias, lo tocan todo, lo llevan todo a la boca, estornudan sin que nos vaya a dar tiempo a lavarles las manos cada vez que lo hacen.
Ahora escucho a todas horas que muere mucha más gente de la gripe estacional que nos visita cada año, que las famosas vacunas para la gripe A no están suficientemente probadas, que en realidad no tiene tanta incidencia como se pronosticaba.
Y ya no entiendo nada, no entiendo que se nos alarme o se nos tranquilice según vaya el aire, que los políticos no tengan el mismo criterio que médicos y resto de personal sanitario, que a fin de cuentas son los que más saben de esto de los virus. No entiendo estos vaivenes que crean inseguridad y nos despistan. De una amenaza gravísima hemos pasado a unas simples medidas higiénicas, más o menos fáciles de llevar a cabo pero saludables en cualquier caso.
En medio de este desconcierto llegan mis nuevos alumnos cada mañana buscando consuelo, un mimo que yo les doy. Y que sea lo que Dios quiera.
La incidencia de la gripe A en los centros escolares
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Creo que lo han conseguido, no sé muy bien quiénes, pero lo han conseguido por completo: ni idea de a qué atenerme en esto de la gripe A.
Comenzamos viendo cómo en México las personas paseaban con mascarillas, se cerraban colegios y centros de trabajo para evitar la terrible mortalidad de aquella enfermedad que en un principio se llamó «gripe porcina», pero que rápidamente cambió su nombre a gripe A, que parece que le viene mucho mejor al virus (exactamente gripe A N1-H1).
Tras aquel primer momento de epidemia en el país americano se empezó a acercar a nosotros la amenaza y comenzamos a oír hablar de la peligrosísima pandemia que se avecinaba. Hemos ido contando día a día los muertos en nuestro país, en una macabra letanía, intentando descartar en cada una de sus circunstancias la nuestra propia, para tranquilizarnos sintiéndonos fuera de peligro. Pero es una gripe, una gripe que se contagia por un virus y ante los virus y sus caprichos siempre hemos estado indefensos.
Con los consiguientes avisos y recomendaciones nos han ido metiendo el miedo en el cuerpo, como con la posibilidad de retrasar el inicio de curso, que se ha diluido en una serie de recomendaciones profilácticas: nada de besarse, no tocarse ojos, nariz o boca, lavarse las manos cada vez que se estornude, no compartir instrumentos de viento, lápices, rotuladores o cualquier material que el niño pueda llevarse a la boca, limpiar dos veces al día con jabón y detergente mesas y sillas, pomos de la puerta, interruptores, teclados de ordenador, etcétera, etcétera, etcétera. Es una larga lista de recomendaciones higiénicas, altamente convenientes si no fuera porque resultan imposibles de seguir totalmente en los centros escolares.
Mis nuevos alumnos llegan a la escuela por primera vez, quieren consuelo, mimos, ahora que tienen que separarse de sus familias, lo tocan todo, lo llevan todo a la boca, estornudan sin que nos vaya a dar tiempo a lavarles las manos cada vez que lo hacen.
Ahora escucho a todas horas que muere mucha más gente de la gripe estacional que nos visita cada año, que las famosas vacunas para la gripe A no están suficientemente probadas, que en realidad no tiene tanta incidencia como se pronosticaba.
Y ya no entiendo nada, no entiendo que se nos alarme o se nos tranquilice según vaya el aire, que los políticos no tengan el mismo criterio que médicos y resto de personal sanitario, que a fin de cuentas son los que más saben de esto de los virus. No entiendo estos vaivenes que crean inseguridad y nos despistan. De una amenaza gravísima hemos pasado a unas simples medidas higiénicas, más o menos fáciles de llevar a cabo pero saludables en cualquier caso.
En medio de este desconcierto llegan mis nuevos alumnos cada mañana buscando consuelo, un mimo que yo les doy. Y que sea lo que Dios quiera.
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