Huevos de Carnaval en Avilés
Recuerdos de infancia que se guardan en cajones en la memoria
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Y PROFESORA Los días antes de Carnaval en mi casa se comía más tortilla, más carne y más pescado rebozados de lo habitual. Mi madre tenía que intentar que hubiese el mayor número posible de huevos vacíos para la fiesta en la calle.
También unos días antes cortábamos trocitos pequeños de revistas (luego vendría el confeti, con ese nombre tan extraño para mí entonces, que más que a papel me sonaba a tartas y pasteles). Mi hermano y yo rellenábamos con cuidado los huevos de papelitos y los cubríamos con un trocito de papel que pegábamos con engrudo. El engrudo era entonces también el pegamento habitual para los cromos de los álbumes que nunca completábamos, el pegamento «imedio» se quedaba para las tareas del colegio. A veces, si no calculabas bien las proporciones, los álbumes podían llegar a pesar demasiado o los cromos se caían una y otra vez, eran «gajes del oficio» de ser niño entonces. Son recuerdos que se van desvaneciendo poco a poco y que a veces vuelven, por sorpresa, para hacernos sonreír y recordarnos lo débiles que somos, lo mucho que perdemos al avanzar.
Me decía no hace mucho un profesor de asturiano que «el bagaxe llingüísticu guárdase nun caxón hasta que s'abre un resquiciu», y tenía razón, pero no es sólo el bagaje lingüístico el que poseemos sin que lo sepamos, no son sólo las palabras las que se escapan por los resquicios del recuerdo cuando menos lo esperamos, es todo lo que nos ha arropado el día a día desde que llegamos a esta vida, puede llamarse cultura, o familia, o simplemente lo que hemos sido y lo que somos. Yo lo experimento así, algunas veces vuelven a mí las palabras de la infancia, las casas, las situaciones, la gente. Y sé, estoy completamente segura, que lo que soy hoy les pertenece. Incluso algo tan trivial como la fiesta de Carnaval. Yo sé de dónde me viene, porque recuerdo unos años donde sólo los niños podían disfrazarse, pero en los que los mayores facilitaban la fiesta: nos dejaban sus ropas, nos pintaban la cara, nos hacían bollinas o frixuelos y nos guardaban las cáscaras de los huevos para que pudiésemos rellenarlos y estampárselos a algún amigo en la cabeza. Nos iban llenando, en definitiva, cajas y cajones para que los fuésemos abriendo según necesidad.
Por eso me gusta hacerlo a mí también, por eso mis alumnos de 3 años llenaron huevos de confeti y se sorprendieron y se rieron al estamparlos, porque todo lo que nos envuelve en nuestra infancia es un salvavidas para el futuro. Nada hay trivial si nos va a regalar una sonrisa.
martes, 16 de febrero de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
Centros comerciales
Centros comerciales
Hace unos años me atreví a vaticinar un futuro poco halagüeño a las grandes superficies
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA He comprendido, por propia experiencia, la certeza de aquel dicho de «la ignorancia es la madre del atrevimiento». Y es que yo, ignorante entonces de los intereses de mis conciudadanos, me atrevía a vaticinar hace unos años un futuro poco halagüeño a las grandes superficies que empezaban a construirse en nuestra región.
La referencia que yo tenía de esos lugares era la de las películas americanas en las que los jóvenes se veían siempre en el centro comercial. No entendía qué gracia podía tener quedar entre tiendas cuando no se pensaba comprar nada. Mucho más lógico quedar junto al Ayuntamiento correspondiente o en la calle de moda. Claro, pensaba yo, los americanos no tienen nuestras ciudades, viven en urbanizaciones sin bares o edificios significativos, era lógico que construyesen «centros» donde hubiese un poco de todo y poder verse y divertirse en ellos. Me parecía un tanto asfixiante, pero era lo que tenían. ¿Cómo iba a funcionar eso igual aquí?
La ignorancia me empujaba al atrevimiento de opinar sobre el futuro, futuro que hecho presente me ha demostrado que estaba en un tremendo error.
Y ni hacer objeción de conciencia sobre ellos me ha alejado de los centros comerciales. Ayer mismo visité uno para hacer algunas compras. Mientras me desplazaba por las diferentes secciones buscando mi objetivo, hasta tres veces escuché el aviso a la familia «Fernández» para que fueran a recoger a sus tres hijas a la zona de juegos de los niños.
Para mí es muy difícil entender cómo puede ser que tengan que llamarte por la megafonía hasta tres veces antes de ir a buscar a tus retoños. «Una familia muy dejada», pensé, pero no, un cuarto aviso era para los Rodríguez. Al menos habían recogido ya a las Fernández.
En fin, que no me queda más remedio que rectificar, porque uno no sólo va a estos lugares de compras, sino que también frecuenta sus cafeterías y restaurantes, camina por sus pasillos sin rumbo fijo las tardes de los domingos dejando que los niños corran sin peligro aparente a lo largo de ellos. Por no hablar de los cines, que han ido desapareciendo de las ciudades y nos fuerzan a coger el coche para acercarnos a estos centros si queremos ver alguna película. Supongo que será una cuidada estrategia comercial gracias a la cual ganan todos, o al menos ganan más.
Y sepan ustedes que he aprendido la lección, como no puedo dejar de ser ignorante en muchas materias y quiero evitar en lo posible eso del atrevimiento, me he apuntado a esta otra frase: «la ignorancia es la madre de la felicidad» con la que espero que me vaya mucho mejor.
Hace unos años me atreví a vaticinar un futuro poco halagüeño a las grandes superficies
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA He comprendido, por propia experiencia, la certeza de aquel dicho de «la ignorancia es la madre del atrevimiento». Y es que yo, ignorante entonces de los intereses de mis conciudadanos, me atrevía a vaticinar hace unos años un futuro poco halagüeño a las grandes superficies que empezaban a construirse en nuestra región.
La referencia que yo tenía de esos lugares era la de las películas americanas en las que los jóvenes se veían siempre en el centro comercial. No entendía qué gracia podía tener quedar entre tiendas cuando no se pensaba comprar nada. Mucho más lógico quedar junto al Ayuntamiento correspondiente o en la calle de moda. Claro, pensaba yo, los americanos no tienen nuestras ciudades, viven en urbanizaciones sin bares o edificios significativos, era lógico que construyesen «centros» donde hubiese un poco de todo y poder verse y divertirse en ellos. Me parecía un tanto asfixiante, pero era lo que tenían. ¿Cómo iba a funcionar eso igual aquí?
La ignorancia me empujaba al atrevimiento de opinar sobre el futuro, futuro que hecho presente me ha demostrado que estaba en un tremendo error.
Y ni hacer objeción de conciencia sobre ellos me ha alejado de los centros comerciales. Ayer mismo visité uno para hacer algunas compras. Mientras me desplazaba por las diferentes secciones buscando mi objetivo, hasta tres veces escuché el aviso a la familia «Fernández» para que fueran a recoger a sus tres hijas a la zona de juegos de los niños.
Para mí es muy difícil entender cómo puede ser que tengan que llamarte por la megafonía hasta tres veces antes de ir a buscar a tus retoños. «Una familia muy dejada», pensé, pero no, un cuarto aviso era para los Rodríguez. Al menos habían recogido ya a las Fernández.
En fin, que no me queda más remedio que rectificar, porque uno no sólo va a estos lugares de compras, sino que también frecuenta sus cafeterías y restaurantes, camina por sus pasillos sin rumbo fijo las tardes de los domingos dejando que los niños corran sin peligro aparente a lo largo de ellos. Por no hablar de los cines, que han ido desapareciendo de las ciudades y nos fuerzan a coger el coche para acercarnos a estos centros si queremos ver alguna película. Supongo que será una cuidada estrategia comercial gracias a la cual ganan todos, o al menos ganan más.
Y sepan ustedes que he aprendido la lección, como no puedo dejar de ser ignorante en muchas materias y quiero evitar en lo posible eso del atrevimiento, me he apuntado a esta otra frase: «la ignorancia es la madre de la felicidad» con la que espero que me vaya mucho mejor.
sábado, 23 de enero de 2010
Semáforo en ámbar
Semáforo en ámbar
Poco caso hacemos a las señales de alarma: tanto en el tráfico como en la vida misma
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es curioso, pero cada vez que algún miembro de la Policía Municipal se acerca a un colegio para trabajar con los niños la educación vial y les explica qué significa el código tricolor del semáforo, al llegar al ámbar y comentar que al verlo hay que comenzar a frenar porque inmediatamente después llega el rojo, que es una señal clara de peligro e indica la necesidad de permanecer quieto hasta que se vuelva a tener luz verde, pues bien, invariablemente siempre hay un amplio grupo de niños (los más pequeños, que suelen ser los que tienen menos picardía) que insisten, a voces incluso, en explicarle al policía que en naranja hay que acelerar para que no te pille el semáforo en rojo, ya que su papá o su mamá lo hacen siempre. ¿Cómo contradecir a la autoridad más grande en esa época, a la familia?
No debería sorprendernos que este concepto se extrapole a otros aspectos de la vida.
Nos cuesta entender que una señal de alarma, si es ligera y no entraña riesgos aparentes, puede ser la última oportunidad para cambiar algo. Nos ocurre con las relaciones personales y, sobre todo, con el deterioro físico, con enfermedades como la diabetes o el colesterol. No tengo suficientes dedos en las manos para contar a todas las personas que conozco que ante diagnósticos de este tipo no se sienten realmente en peligro porque no tienen síntomas demasiado molestos. Uno ha acelerado tantas veces sin que haya pasado nada que realmente se convence a sí mismo de que todo seguirá igual. Pero si pasamos el semáforo en rojo nos arriesgamos a un choque siempre, aunque alguna vez hayamos tenido la suerte de que no fuese así.
Todas estas consideraciones vienen a cuento en realidad por una circunstancia que vengo observando desde hace mucho tiempo, y es la de los semáforos que permanecen en un parpadeante anaranjado para los vehículos mientras muestran el rojo o el verde para los peatones, suelen estar en cruces. En nuestra ciudad al menos hay bastantes en curvas con poca visibilidad para los coches. Siguiendo la lógica del código de circulación, el conductor debería disminuir la velocidad al ver la señal de precaución para comprobar que no cruza ningún peatón y puede seguir la marcha, pero como la lógica que aplicamos es la otra no es la primera vez, ni será la última me temo, que me veo sorprendida en medio del paso de peatones por un vehículo cuyo ocupante me pone mala cara porque su semáforo está en ámbar, pero no ve el mío, que está en verde.
En fin, que parece que las mismas señales no significan lo mismo para todos. Será eso que dicen del eterno problema de la incomunicación humana.
Poco caso hacemos a las señales de alarma: tanto en el tráfico como en la vida misma
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es curioso, pero cada vez que algún miembro de la Policía Municipal se acerca a un colegio para trabajar con los niños la educación vial y les explica qué significa el código tricolor del semáforo, al llegar al ámbar y comentar que al verlo hay que comenzar a frenar porque inmediatamente después llega el rojo, que es una señal clara de peligro e indica la necesidad de permanecer quieto hasta que se vuelva a tener luz verde, pues bien, invariablemente siempre hay un amplio grupo de niños (los más pequeños, que suelen ser los que tienen menos picardía) que insisten, a voces incluso, en explicarle al policía que en naranja hay que acelerar para que no te pille el semáforo en rojo, ya que su papá o su mamá lo hacen siempre. ¿Cómo contradecir a la autoridad más grande en esa época, a la familia?
No debería sorprendernos que este concepto se extrapole a otros aspectos de la vida.
Nos cuesta entender que una señal de alarma, si es ligera y no entraña riesgos aparentes, puede ser la última oportunidad para cambiar algo. Nos ocurre con las relaciones personales y, sobre todo, con el deterioro físico, con enfermedades como la diabetes o el colesterol. No tengo suficientes dedos en las manos para contar a todas las personas que conozco que ante diagnósticos de este tipo no se sienten realmente en peligro porque no tienen síntomas demasiado molestos. Uno ha acelerado tantas veces sin que haya pasado nada que realmente se convence a sí mismo de que todo seguirá igual. Pero si pasamos el semáforo en rojo nos arriesgamos a un choque siempre, aunque alguna vez hayamos tenido la suerte de que no fuese así.
Todas estas consideraciones vienen a cuento en realidad por una circunstancia que vengo observando desde hace mucho tiempo, y es la de los semáforos que permanecen en un parpadeante anaranjado para los vehículos mientras muestran el rojo o el verde para los peatones, suelen estar en cruces. En nuestra ciudad al menos hay bastantes en curvas con poca visibilidad para los coches. Siguiendo la lógica del código de circulación, el conductor debería disminuir la velocidad al ver la señal de precaución para comprobar que no cruza ningún peatón y puede seguir la marcha, pero como la lógica que aplicamos es la otra no es la primera vez, ni será la última me temo, que me veo sorprendida en medio del paso de peatones por un vehículo cuyo ocupante me pone mala cara porque su semáforo está en ámbar, pero no ve el mío, que está en verde.
En fin, que parece que las mismas señales no significan lo mismo para todos. Será eso que dicen del eterno problema de la incomunicación humana.
martes, 5 de enero de 2010
Herencia teatral
Herencia teatral
Los momentos mágicos previos a una función que se viven en el Palacio Valdés
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Siempre es un auténtico placer sentarse en cualquiera de las butacas del teatro Palacio Valdés, y más aún si podemos contar muchos más niños que adultos por metro cuadrado. Entonces el bullicio del teatro en los palcos, el anfiteatro y la platea es un espectáculo en sí mismo. Una breve escena llena de vida y expectativas de entretenimiento que concluirá en el momento en que apaguen las luces, en el que se haga el silencio y se abra el telón.
Tengo que confesar que disfruto con ese espectáculo. El edificio del Palacio Valdés es digno de admirar, pero su interior, en los momentos antes de las representaciones, siempre me produce una sonrisa de tranquilidad cuando pienso: menos mal que después de todo en este solar no hay viviendas. Porque quizás algunos ya no lo recuerden, pero a punto estuvo el teatro de desaparecer de nuestra villa. Y qué bien sienta cuando las cosas acaban bien.
Los que sí recuerdan aquellos momentos en los que peligraba el futuro de nuestro hermoso edificio teatral también recordarán dónde admirábamos los novísimos estrenos del momento: en la pista de la exposición de Las Meanas, en una edificación muy precaria, con bancos y sillas móviles. Allí pudimos ver a compañías como «Dagoll Dagom» o «Els Joglars» y acudir a recitales musicales. Todo ello con un interés y un entusiasmo difícil de igualar, que nos hacía luchar contra los elementos como el frío o la lluvia que, en las ocasiones en que era intensa, nos impedía escuchar al intérprete de turno al chocar con insistencia sobre el techo hecho de uralita o cualquier material por el estilo. Claro que eso lo suplíamos cantando a coro, como cuando Rosa León intentaba entonar la canción de Pablo Guerrero «Que tiene que llover» y las nubes se empeñaron en acompañarla con gran estridencia, no en vano eran protagonistas de la composición.
Puede ser que estos recuerdos de mi juventud más temprana, unidos a los espectáculos y las canciones con mensajes de futuro, a la esperanza de que el mundo podría ser mejor si nos empeñábamos, sea lo que me vuelve a la mente, sin yo pretenderlo, cuando me siento en una butaca cualquiera del Palacio Valdés y lo veo lleno de niños, expectantes e ilusionados, que seguramente intuyen, como decía la canción de Pablo Guerrero, «que es tiempo de vivir, y de soñar, y de creer».
Miro a los adultos que los acompañan y reconozco en ellos las mismas caras que se sentaban en la pista de la exposición cada vez que había un espectáculo.
Desde luego, no es mala herencia ésta del teatro.
Los momentos mágicos previos a una función que se viven en el Palacio Valdés
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Siempre es un auténtico placer sentarse en cualquiera de las butacas del teatro Palacio Valdés, y más aún si podemos contar muchos más niños que adultos por metro cuadrado. Entonces el bullicio del teatro en los palcos, el anfiteatro y la platea es un espectáculo en sí mismo. Una breve escena llena de vida y expectativas de entretenimiento que concluirá en el momento en que apaguen las luces, en el que se haga el silencio y se abra el telón.
Tengo que confesar que disfruto con ese espectáculo. El edificio del Palacio Valdés es digno de admirar, pero su interior, en los momentos antes de las representaciones, siempre me produce una sonrisa de tranquilidad cuando pienso: menos mal que después de todo en este solar no hay viviendas. Porque quizás algunos ya no lo recuerden, pero a punto estuvo el teatro de desaparecer de nuestra villa. Y qué bien sienta cuando las cosas acaban bien.
Los que sí recuerdan aquellos momentos en los que peligraba el futuro de nuestro hermoso edificio teatral también recordarán dónde admirábamos los novísimos estrenos del momento: en la pista de la exposición de Las Meanas, en una edificación muy precaria, con bancos y sillas móviles. Allí pudimos ver a compañías como «Dagoll Dagom» o «Els Joglars» y acudir a recitales musicales. Todo ello con un interés y un entusiasmo difícil de igualar, que nos hacía luchar contra los elementos como el frío o la lluvia que, en las ocasiones en que era intensa, nos impedía escuchar al intérprete de turno al chocar con insistencia sobre el techo hecho de uralita o cualquier material por el estilo. Claro que eso lo suplíamos cantando a coro, como cuando Rosa León intentaba entonar la canción de Pablo Guerrero «Que tiene que llover» y las nubes se empeñaron en acompañarla con gran estridencia, no en vano eran protagonistas de la composición.
Puede ser que estos recuerdos de mi juventud más temprana, unidos a los espectáculos y las canciones con mensajes de futuro, a la esperanza de que el mundo podría ser mejor si nos empeñábamos, sea lo que me vuelve a la mente, sin yo pretenderlo, cuando me siento en una butaca cualquiera del Palacio Valdés y lo veo lleno de niños, expectantes e ilusionados, que seguramente intuyen, como decía la canción de Pablo Guerrero, «que es tiempo de vivir, y de soñar, y de creer».
Miro a los adultos que los acompañan y reconozco en ellos las mismas caras que se sentaban en la pista de la exposición cada vez que había un espectáculo.
Desde luego, no es mala herencia ésta del teatro.
martes, 22 de diciembre de 2009
OKUPAS
«Okupas»
Otros habitan los espacios que fueron nuestros y les devuelven la vida sin robarnos la memoria
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Descender despacio por aquella cuesta se había convertido en el mayor de los placeres, volver a casa, reconociendo cada piedra que formaba el muro, cada desconchón en la pintura gris de las ventanas de la hilera de casas, al fondo las persianas verdes recogidas de la cocina, y allí, siempre, su madre. Volver del colegio era zambullirse otra vez en la vida, en la vida con mayúsculas, en la que le pertenecía por entero, en la que le pertenecería siempre.
Siempre, ¿siempre?, no, no siempre, ahora vuelve del mismo colegio, casi por el mismo camino, pero cuando ve su casa, las ventanas de la cocina, el comedor, la habitación de sus padres gira a la izquierda y se desvía hacia el presente.
Apenas queda nada de lo que conociera, la hierba es ahora edificios y, aunque puede ver todavía las ventanas, ya no quedan las casas, ni las huertas, ni los vecinos. Son ventanas fantasma donde duerme el pasado, donde duerme el sol tibio que atraviesa la cocina, la escalera de madera oliendo a lejía, el silbato del cartero para avisar que había que bajar por el correo: si sonaba dos veces la carta era para el segundo, quizás alguien le escribía a ella.
Tranquiliza comprobar día a día que todo sigue igual, que aquella llave que nunca volverá a usar guarda del tiempo todo lo que fue, lo que la hizo sentirse segura. Unas veces feliz y otras triste, pero siempre segura. Por eso todos los días mira a las ventanas antes de girar a la izquierda, para comprobar que el mundo está en orden, como ella lo dejara hace tantos años.
Y ocurre al fin: una ventana entreabierta que al día siguiente está bien cerrada (no, no pudo ser el viento), una persiana a medio levantar, algo blanco imposible de identificar tras los cristales. Alguien vive ahora en esa casa, alguien que no ha sido invitado, anónimo y culpable por robarle de golpe aquel pasado guardado bajo llave: en su casa hay «okupas».
Pero la casa no es suya, y está vieja, y seguramente si volviera a entrar un día la sentiría desolada, sin la niña que fue, sin la vida que tuvo. Y comprende entonces que es bueno que otras vidas se abran al sol de su cocina. Aunque nunca podrán tener ya lo que ella atesoró en sus paredes.
Ahora, sólo busca ese gesto cómplice que le demuestre que la casa sigue viva, a la vuelta del colegio, justo antes de desviarse a la izquierda, cada día.
Otros habitan los espacios que fueron nuestros y les devuelven la vida sin robarnos la memoria
ESPERANZA MEDINA
ESCRITORA Y PROFESORA Descender despacio por aquella cuesta se había convertido en el mayor de los placeres, volver a casa, reconociendo cada piedra que formaba el muro, cada desconchón en la pintura gris de las ventanas de la hilera de casas, al fondo las persianas verdes recogidas de la cocina, y allí, siempre, su madre. Volver del colegio era zambullirse otra vez en la vida, en la vida con mayúsculas, en la que le pertenecía por entero, en la que le pertenecería siempre.
Siempre, ¿siempre?, no, no siempre, ahora vuelve del mismo colegio, casi por el mismo camino, pero cuando ve su casa, las ventanas de la cocina, el comedor, la habitación de sus padres gira a la izquierda y se desvía hacia el presente.
Apenas queda nada de lo que conociera, la hierba es ahora edificios y, aunque puede ver todavía las ventanas, ya no quedan las casas, ni las huertas, ni los vecinos. Son ventanas fantasma donde duerme el pasado, donde duerme el sol tibio que atraviesa la cocina, la escalera de madera oliendo a lejía, el silbato del cartero para avisar que había que bajar por el correo: si sonaba dos veces la carta era para el segundo, quizás alguien le escribía a ella.
Tranquiliza comprobar día a día que todo sigue igual, que aquella llave que nunca volverá a usar guarda del tiempo todo lo que fue, lo que la hizo sentirse segura. Unas veces feliz y otras triste, pero siempre segura. Por eso todos los días mira a las ventanas antes de girar a la izquierda, para comprobar que el mundo está en orden, como ella lo dejara hace tantos años.
Y ocurre al fin: una ventana entreabierta que al día siguiente está bien cerrada (no, no pudo ser el viento), una persiana a medio levantar, algo blanco imposible de identificar tras los cristales. Alguien vive ahora en esa casa, alguien que no ha sido invitado, anónimo y culpable por robarle de golpe aquel pasado guardado bajo llave: en su casa hay «okupas».
Pero la casa no es suya, y está vieja, y seguramente si volviera a entrar un día la sentiría desolada, sin la niña que fue, sin la vida que tuvo. Y comprende entonces que es bueno que otras vidas se abran al sol de su cocina. Aunque nunca podrán tener ya lo que ella atesoró en sus paredes.
Ahora, sólo busca ese gesto cómplice que le demuestre que la casa sigue viva, a la vuelta del colegio, justo antes de desviarse a la izquierda, cada día.
martes, 24 de noviembre de 2009
"Repunantes"
"Repunantes"
Siempre hay quienes critican, pero algunos lo hacen asiduamente, casi como deporte
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es un deporte muy habitual, a veces se practica sin intención ninguna de hacer ejercicio, otras sin ninguna intención (como si fuese vital comunicar lo que pensamos de todo lo ajeno), pero hay muchas veces que es totalmente intencionado: dejar claro que nadie sabe hacer las cosas mejor que nosotros.
Viajaba el otro día con unas amigas y llegaron a la conversación anécdotas sobre vecinos «bien intencionados» que pasan al lado de la bonita casa que te estás haciendo (o eso creías tú antes de recibir las visitas de los espontáneos) y sólo encuentran pegas y terribles equivocaciones en el proyecto, como, por ejemplo, lo agotador que va a ser limpiar tanto ventanal o el irreparable fallo que ha tenido el arquitecto al no darse cuenta de que perdía una habitación al diseñar un salón de dos alturas. Supongo que los amables vecinos tendrían pensado ayudar a mi amiga a limpiar los cristales y de paso quedarse a dormir en su casa. No encuentro otra explicación para sus comentarios, porque, claro, lo de la envidia no se me habría ocurrido.
Qué decir de aquel que después de quince años desempeñando el mismo trabajo en una oficina de forma altamente eficiente cambia de empresa y se encuentra con un compañero que pretende imponer el «aquí lo hacemos así», aunque se desperdicie tiempo y se reduzca la eficacia. Comprendo que hay personas para las que es muy difícil cambiar de costumbres y mucho más admitir que pueden venir otros que nos ayuden a mejorar, pero también es difícil acoplarse al «como tú digas», cuando lo puedes hacer mejor, sólo por no discutir.
Para qué hablar de quienes al enseñarles aquel minimantelito a punto de cruz que habías conseguido terminar por fin como gran proeza artesanal lo miraban del revés para comprobar los fallos. Claro que nunca te mostraban sus propias labores.
Entonces recuerdo aquello que decía mi padre cuando se refería a fulano o mengana que «se parecían a la Nazaria, que no lo sabía hacer, pero lo sabía "repunar"». Nunca supe quién era la tal Nazaria, ni si el dicho era original de mi padre o iba de boca en boca, pero me quedó muy claro desde el principio que la buena señora practicaba con cierta asiduidad este deporte tan nuestro de «repunarlo» todo.
Y es que criticones habrá muchos, pero «repunantes» bastantes más, busque usted si no algún que otro nombre y ya me contará.
Siempre hay quienes critican, pero algunos lo hacen asiduamente, casi como deporte
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es un deporte muy habitual, a veces se practica sin intención ninguna de hacer ejercicio, otras sin ninguna intención (como si fuese vital comunicar lo que pensamos de todo lo ajeno), pero hay muchas veces que es totalmente intencionado: dejar claro que nadie sabe hacer las cosas mejor que nosotros.
Viajaba el otro día con unas amigas y llegaron a la conversación anécdotas sobre vecinos «bien intencionados» que pasan al lado de la bonita casa que te estás haciendo (o eso creías tú antes de recibir las visitas de los espontáneos) y sólo encuentran pegas y terribles equivocaciones en el proyecto, como, por ejemplo, lo agotador que va a ser limpiar tanto ventanal o el irreparable fallo que ha tenido el arquitecto al no darse cuenta de que perdía una habitación al diseñar un salón de dos alturas. Supongo que los amables vecinos tendrían pensado ayudar a mi amiga a limpiar los cristales y de paso quedarse a dormir en su casa. No encuentro otra explicación para sus comentarios, porque, claro, lo de la envidia no se me habría ocurrido.
Qué decir de aquel que después de quince años desempeñando el mismo trabajo en una oficina de forma altamente eficiente cambia de empresa y se encuentra con un compañero que pretende imponer el «aquí lo hacemos así», aunque se desperdicie tiempo y se reduzca la eficacia. Comprendo que hay personas para las que es muy difícil cambiar de costumbres y mucho más admitir que pueden venir otros que nos ayuden a mejorar, pero también es difícil acoplarse al «como tú digas», cuando lo puedes hacer mejor, sólo por no discutir.
Para qué hablar de quienes al enseñarles aquel minimantelito a punto de cruz que habías conseguido terminar por fin como gran proeza artesanal lo miraban del revés para comprobar los fallos. Claro que nunca te mostraban sus propias labores.
Entonces recuerdo aquello que decía mi padre cuando se refería a fulano o mengana que «se parecían a la Nazaria, que no lo sabía hacer, pero lo sabía "repunar"». Nunca supe quién era la tal Nazaria, ni si el dicho era original de mi padre o iba de boca en boca, pero me quedó muy claro desde el principio que la buena señora practicaba con cierta asiduidad este deporte tan nuestro de «repunarlo» todo.
Y es que criticones habrá muchos, pero «repunantes» bastantes más, busque usted si no algún que otro nombre y ya me contará.
martes, 10 de noviembre de 2009
Gente rara
Gente rara
La esperanzadora eclosión de la actividad poética en Asturias
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Me temo que siempre he sido un poco rara, aunque tardé mucho en ser consciente de ello: cuando en el colegio llegaba a mis manos un libro de lectura buscaba antes que ninguna otra cosa los poemas; luego, con calma lo leía todo.
Si bien la literatura es una afición de muchos, hay muy pocos que se confiesen adictos a la poesía concretamente, aunque quizá sean como en las encuestas a pie de urna, con el vecino al lado mirando de reojo, en las que pocos dicen realmente lo que acaban de votar. Es que ser raro tiene su precio.
Cuando una confiesa que además de leer escribe poesía casi puede oír los pensamientos de alguno, que no te ve como a una persona muy normal. Sería otra cosa decir que has escrito una novela, eso sí que tiene mérito e interés social.
Por eso me encanta comprobar que cada vez hay más gente rara que lee, escribe y difunde la poesía, propia o de otros. Estos días han sido un buen ejemplo de ello. En Oviedo, los jóvenes del colectivo cultural Hesperya han organizado el II Encuentro nacional de poesía joven «La Ciudad en Llamas», con poetas jóvenes y no tan jóvenes. En Pravia, la Asociación de Escritores de Asturias, en sus IX Jornadas de literatura, sigue contando con los poetas como parte importante de su programación. La semana que viene, en Lena, se organiza un ciclo de poesía y El Aula de las Metáforas, de Grado, se encarga de mimar y difundir este género todo el año, por poner algunos ejemplos.
Sin ir más lejos, el pasado viernes, en Luarca, se entregaron los premios del VI Certamen de poesía «Nené Losada Rico», a la vez que se le brindó un sentido homenaje a la autora fallecida recientemente. Un homenaje del que fueron protagonistas fundamentales los niños de los colegios de Valdés, niños que, la conocieran o no personalmente, la sentían muy cercana a través de sus textos gracias a la labor de sus maestros y de la propia Nené Losada Rico.
Me canso de oír que en los colegios se contagian todo tipo de virus, ojalá éste se empiece a extender, sin vacunas ni analgésicos, con fuerza, para que con el tiempo leer poesía sea tan cotidiano y tan natural como salir a por el pan.
La esperanzadora eclosión de la actividad poética en Asturias
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Me temo que siempre he sido un poco rara, aunque tardé mucho en ser consciente de ello: cuando en el colegio llegaba a mis manos un libro de lectura buscaba antes que ninguna otra cosa los poemas; luego, con calma lo leía todo.
Si bien la literatura es una afición de muchos, hay muy pocos que se confiesen adictos a la poesía concretamente, aunque quizá sean como en las encuestas a pie de urna, con el vecino al lado mirando de reojo, en las que pocos dicen realmente lo que acaban de votar. Es que ser raro tiene su precio.
Cuando una confiesa que además de leer escribe poesía casi puede oír los pensamientos de alguno, que no te ve como a una persona muy normal. Sería otra cosa decir que has escrito una novela, eso sí que tiene mérito e interés social.
Por eso me encanta comprobar que cada vez hay más gente rara que lee, escribe y difunde la poesía, propia o de otros. Estos días han sido un buen ejemplo de ello. En Oviedo, los jóvenes del colectivo cultural Hesperya han organizado el II Encuentro nacional de poesía joven «La Ciudad en Llamas», con poetas jóvenes y no tan jóvenes. En Pravia, la Asociación de Escritores de Asturias, en sus IX Jornadas de literatura, sigue contando con los poetas como parte importante de su programación. La semana que viene, en Lena, se organiza un ciclo de poesía y El Aula de las Metáforas, de Grado, se encarga de mimar y difundir este género todo el año, por poner algunos ejemplos.
Sin ir más lejos, el pasado viernes, en Luarca, se entregaron los premios del VI Certamen de poesía «Nené Losada Rico», a la vez que se le brindó un sentido homenaje a la autora fallecida recientemente. Un homenaje del que fueron protagonistas fundamentales los niños de los colegios de Valdés, niños que, la conocieran o no personalmente, la sentían muy cercana a través de sus textos gracias a la labor de sus maestros y de la propia Nené Losada Rico.
Me canso de oír que en los colegios se contagian todo tipo de virus, ojalá éste se empiece a extender, sin vacunas ni analgésicos, con fuerza, para que con el tiempo leer poesía sea tan cotidiano y tan natural como salir a por el pan.
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