Pocas veces se recuperan aquellos recuerdos que se han ido
Objetos perdidos
ESPERANZA MEDINA POETISA Y MAESTRA De alguna manera la vida se va convirtiendo en una gran oficina de objetos perdidos. Cada momento que vamos dejando atrás se pierde en las vivencias y se conserva sólo en el recuerdo, en el mejor de los casos, porque también los recuerdos se van diluyendo con el tiempo y nos abandonan definitivamente. Quizá por eso nos guste tanto juntarnos con los amigos a recordar y resultemos con el tiempo pesados y aburridos para los contertulios ocasionales que no comparten esos recuerdos. Y aquí, como en tantas otras situaciones, «quien esté libre de pecado que tire la primera piedra».
Y es que pocas veces se recupera aquello que se pierde, casi nadie reclama lo que se guarda en los estantes de esas oficinas, quizá porque no confiamos en la generosidad de quien encuentre nuestros objetos extraviados o quizá porque nosotros mismos nos quedamos con lo que encontramos.
Pero no todos pierden la esperanza de hallar lo extraviado y también para eso parece que sirve la tecnología, porque a través de internet se puede acceder a una oficina virtual de objetos perdidos, aunque no tengo muy claro qué eficacia puede tener o de quién depende. Lógicamente aquí no están almacenados los objetos, sino los anuncios y los datos de lo perdido y las circunstancias en que sucedió. Curiosamente, como si el ladrón fuera a arrepentirse al leer la nota, también aparecen anuncios de robos. Nunca se sabe qué puede despertar la conciencia de un delincuente.
Aunque no sólo se apela a la buena voluntad del «hallador», sino que en ocasiones se ofrecen recompensas, como la de 500 euros por devolver una mochila de piel. Confieso mi enorme curiosidad por saber qué contendría esa mochila para que su valor fuese tan importante. Se me ocurren unas cuantas historias que podrían ser argumento de alguna que otra novela.
Pero, sin duda, entre todas las pérdidas que he visto la que más me ha llamado la atención anuncia que se ha perdido poesía, un «taco de unas diez cuartillas con poemas», dice. Y he pensado en la orfandad de las cuartillas, y en el poco valor que le habrá dado quien las haya visto. En el vacío de poeta y en que tengo que guardar lo que escribo en algún lugar más que en el ordenador para que no me pase lo mismo.
Me pregunto si alguien lee estos anuncios para devolver lo que encuentra, me temo que es un gesto totalmente inútil, como el mío de intentar evitar todas las Navidades echar tanto de menos a los que he perdido. Ya sabéis, feliz Navidad.
martes, 21 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
GArbanzos los domingos
Los recuerdos de la infancia que afloran en vísperas de la Navidad
Garbanzos los domingos
ESPERANZA MEDINA Garbanzos los domingos. Y los lunes, berzas, que era día de plaza. Nunca me gustaron los lunes. Volver del colegio y el olor a verdura según enfilaba el segundo piso. Aunque quizás no era la comida, era por ser lunes y empezar la semana, y tener que comer rápido para volver al colegio. No lo sé muy bien, porque ahora las berzas me encantan, sobre todo si están hechas del día anterior.
Los garbanzos eran otra cosa, ya lo creo, con la sopa de fideos y el domingo enterito para no hacer nada; en aquella época, para jugar todo el día. Siempre llevaba al día los deberes del colegio, así que el domingo era todo para mí.
Algunos domingos que no trabajaba mi padre estaba en casa al mediodía y ponía el tocadiscos con aquellos LP, de canción asturiana la mayoría, popular en general. Recuerdo especialmente uno cuyo título me llamaba entonces la atención: «Canciones para beber». Oía aquellas canciones como si no fueran aptas para mí, como si llevasen alguno de aquellos rombos que aparecían a veces en las películas. Obviamente, entendía que no eran para beber agua o leche, sino para el vino o la sidra. En la portada (la estoy viendo) había una jarra de barro sobre un tonel con varios vasos de vino a medio vaciar. Entre las canciones estaban el «Asturias, patria querida» o «Quiero que te pongas la mantilla blanca», además de otras del estilo.
Es curioso cómo uno recuerda con todos los sentidos: olores, sabores y sonidos, no sólo las imágenes.
Vuelvo precisamente hoy a la comida de mi madre y a las «canciones para beber» de mi padre porque llevo unos días en constante recordatorio de que llega la Navidad, los excesos en la comida, que suponen en general un derroche en la economía diaria. Parece que seremos felices esos días comiendo juntos y mucho, arrepintiéndonos con enero y su empinada cuesta de los excesos y realizando buenos propósitos de moderación para el nuevo año.
Y, sin embargo, qué curioso, yo no recuerdo las cenas de Navidad de mi infancia, sólo los garbanzos de los domingos y las berzas de los lunes. Y el sol entrando a raudales por la ventana de la cocina, y la escalera de madera casi blanca por efecto de la lejía con la que la limpiaba mi madre, y el camino al colegio, y los bocadillos de chocolate. De la Navidad, apenas algunos días de Reyes.
Garbanzos los domingos
ESPERANZA MEDINA Garbanzos los domingos. Y los lunes, berzas, que era día de plaza. Nunca me gustaron los lunes. Volver del colegio y el olor a verdura según enfilaba el segundo piso. Aunque quizás no era la comida, era por ser lunes y empezar la semana, y tener que comer rápido para volver al colegio. No lo sé muy bien, porque ahora las berzas me encantan, sobre todo si están hechas del día anterior.
Los garbanzos eran otra cosa, ya lo creo, con la sopa de fideos y el domingo enterito para no hacer nada; en aquella época, para jugar todo el día. Siempre llevaba al día los deberes del colegio, así que el domingo era todo para mí.
Algunos domingos que no trabajaba mi padre estaba en casa al mediodía y ponía el tocadiscos con aquellos LP, de canción asturiana la mayoría, popular en general. Recuerdo especialmente uno cuyo título me llamaba entonces la atención: «Canciones para beber». Oía aquellas canciones como si no fueran aptas para mí, como si llevasen alguno de aquellos rombos que aparecían a veces en las películas. Obviamente, entendía que no eran para beber agua o leche, sino para el vino o la sidra. En la portada (la estoy viendo) había una jarra de barro sobre un tonel con varios vasos de vino a medio vaciar. Entre las canciones estaban el «Asturias, patria querida» o «Quiero que te pongas la mantilla blanca», además de otras del estilo.
Es curioso cómo uno recuerda con todos los sentidos: olores, sabores y sonidos, no sólo las imágenes.
Vuelvo precisamente hoy a la comida de mi madre y a las «canciones para beber» de mi padre porque llevo unos días en constante recordatorio de que llega la Navidad, los excesos en la comida, que suponen en general un derroche en la economía diaria. Parece que seremos felices esos días comiendo juntos y mucho, arrepintiéndonos con enero y su empinada cuesta de los excesos y realizando buenos propósitos de moderación para el nuevo año.
Y, sin embargo, qué curioso, yo no recuerdo las cenas de Navidad de mi infancia, sólo los garbanzos de los domingos y las berzas de los lunes. Y el sol entrando a raudales por la ventana de la cocina, y la escalera de madera casi blanca por efecto de la lejía con la que la limpiaba mi madre, y el camino al colegio, y los bocadillos de chocolate. De la Navidad, apenas algunos días de Reyes.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Poesía en el bar
Poesía en el bar
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA «La poesía es un arma cargada de futuro», decía Gabriel Celaya. Personalmente nunca me han atraído las armas, ni siquiera como excusas de un lenguaje poético, pero eso es un gusto muy particular y no le quita relevancia a uno de los versos de la poesía española del siglo XX más repetidos y citados.
Y es que la poesía puede ser muchas cosas, tantas como queramos cada uno de nosotros, autores o lectores, hacedores en cualquier caso del sentimiento poético, porque un poema no existe sin un lector, sin un interlocutor que ponga en él sensaciones y experiencias.
No hablo de buena o mala poesía, eso supone erigirse en juez, y no se puede ser juez imparcial cuando una se siente también parte del asunto. Hablo de las iniciativas que acercan el juego poético en vez de alejarlo, como ocurría cuando de niños nos enseñaban los grandes autores comenzando por su biografía, para seguir con el "análisis" de estrofas, rima y, lo peor de todo, la intención del autor. Como si el autor la tuviese siempre clara cuando escribe, o más aún, como si lo que dice fuese en todos los casos exactamente lo que quiere decir. Si la poesía fuese sólo eso, yo tampoco la leería.
En nuestros años de estudiantes lo de menos era el poema, que se convertía en una mera excusa para cimentar todas aquellas normas, reglas y preguntas que nos alejaban cada vez más del propio poema. Que han llevado a tantos a confesar que la poesía no les dice nada.
Eso está cambiando, cada vez hay más poetas que hablan nuestro lenguaje, el de cada uno, que nos hablan en una librería, en un jardín, en un bar. Como algunos de los poetas participantes en "Letra y puñal" que nos leyeron sus textos en el "Jazzville". Por supuesto que la poesía cabe en los bares (hasta no hace mucho se "echaban cantarines") y en las paradas del autobús, y en los muros de los parques, y en las paredes de los edificios o en los parabrisas de los coches.
Sé con certeza que muy pocos de los que ahora escribimos pasarán a la historia, pero también sé que, como en el deporte, para que alguien destaque hacen falta muchos equipos de base, muchos niños y niñas entrenando, disfrutando, aprendiendo. Los entrenadores y los maestros lo saben bien, y no abandonan el esfuerzo por hacer deportistas, no de élite, sino de vida.
Quizás ese es el camino de la mayoría de nosotros, ser entrenadores poéticos, cada uno a su manera y con la gente con la que conecta.
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA «La poesía es un arma cargada de futuro», decía Gabriel Celaya. Personalmente nunca me han atraído las armas, ni siquiera como excusas de un lenguaje poético, pero eso es un gusto muy particular y no le quita relevancia a uno de los versos de la poesía española del siglo XX más repetidos y citados.
Y es que la poesía puede ser muchas cosas, tantas como queramos cada uno de nosotros, autores o lectores, hacedores en cualquier caso del sentimiento poético, porque un poema no existe sin un lector, sin un interlocutor que ponga en él sensaciones y experiencias.
No hablo de buena o mala poesía, eso supone erigirse en juez, y no se puede ser juez imparcial cuando una se siente también parte del asunto. Hablo de las iniciativas que acercan el juego poético en vez de alejarlo, como ocurría cuando de niños nos enseñaban los grandes autores comenzando por su biografía, para seguir con el "análisis" de estrofas, rima y, lo peor de todo, la intención del autor. Como si el autor la tuviese siempre clara cuando escribe, o más aún, como si lo que dice fuese en todos los casos exactamente lo que quiere decir. Si la poesía fuese sólo eso, yo tampoco la leería.
En nuestros años de estudiantes lo de menos era el poema, que se convertía en una mera excusa para cimentar todas aquellas normas, reglas y preguntas que nos alejaban cada vez más del propio poema. Que han llevado a tantos a confesar que la poesía no les dice nada.
Eso está cambiando, cada vez hay más poetas que hablan nuestro lenguaje, el de cada uno, que nos hablan en una librería, en un jardín, en un bar. Como algunos de los poetas participantes en "Letra y puñal" que nos leyeron sus textos en el "Jazzville". Por supuesto que la poesía cabe en los bares (hasta no hace mucho se "echaban cantarines") y en las paradas del autobús, y en los muros de los parques, y en las paredes de los edificios o en los parabrisas de los coches.
Sé con certeza que muy pocos de los que ahora escribimos pasarán a la historia, pero también sé que, como en el deporte, para que alguien destaque hacen falta muchos equipos de base, muchos niños y niñas entrenando, disfrutando, aprendiendo. Los entrenadores y los maestros lo saben bien, y no abandonan el esfuerzo por hacer deportistas, no de élite, sino de vida.
Quizás ese es el camino de la mayoría de nosotros, ser entrenadores poéticos, cada uno a su manera y con la gente con la que conecta.
martes, 9 de noviembre de 2010
Caxigalines varies
Me llevó muchos años de memorizar reglas ortográficas llegar a un presente de competencia lingüística aceptable
Caxigalines varies
ESPERANZA MEDINA Cuando yo era muy pequeña, no comía chucherías, comía bolinas de anís que mi madre me compraba en la tienda de María Rodes. Eran de colores aunque todas sabían igual (a anís, lógicamente) y estaban en unos fascinantes tarros de cristal que formaban fila en el mostrador de madera. Tarros de esos que se pueden apoyar de dos formas distintas y en los que entra la mano perfectamente para coger lo que haya en su interior. Durante algunos años dejé de verlos en las tiendas, pero en cuanto tuve la oportunidad no pude resistirme a comprar alguno para mi casa.
Las bolinas de anís eran un tesoro y aquellos tarros un objeto de deseo inalcanzable, cuidado con acercarte porque se podían romper. Si vuelvo a abrir las manos juntas, puedo sentirme rica otra vez con aquellas diez bolas de colores que me daban por una peseta. Una peseta (o, lo que es lo mismo: 0,01 euros), parece imposible que alguna vez me hubiesen dado algo por una peseta.
Más tarde me entretenía también con alguna otra «caxigalina» cuando en casa me daban dinero: regaliz, caramelos, chicles Cheiw o aquellos de bola tan enormes que apenas cabían en la boca y hacían que durante los primeros momentos te acabase doliendo la mandíbula. Supe que se llamaban chucherías muchos años más tarde, la recuerdo como una palabra divertida y muy acertada. «Golosinas» me pareció bastante más fina y seria desde el principio.
Obviamente ni mi vocabulario, ni mis conocimientos ortográficos o gramaticales eran entonces nada del otro mundo. Ni siquiera puedo asegurar que María Rodes fuese un nombre y un apellido, un apodo o un nombre compuesto. Me llevó muchos años de lectura, de copiar mil veces palabras incorrectas, de memorizar reglas ortográficas y tiempos verbales llegar a un presente de competencia lingüística aceptable.
Y ahora que ya no encuentro bolinas de anís ni ninguna otra «llambionada» con el sabor de las de mi infancia, me sorprende el periódico con «caxigalines» de otro orden que vienen a descolocar mis recuerdos: tildes que desaparecen, letras que cambian de nombre, etcétera.
Total, que después de tantas pérdidas, voy a plantearme seriamente reivindicar que las normas tengan carácter retroactivo y me compensen de alguna manera los exámenes que no aprobé por no poner determinadas tildes y las veces que copié en la libreta algunas palabras por el mismo motivo. Y aun más: a ver cómo le explico todo esto a mi ordenador.
Caxigalines varies
ESPERANZA MEDINA Cuando yo era muy pequeña, no comía chucherías, comía bolinas de anís que mi madre me compraba en la tienda de María Rodes. Eran de colores aunque todas sabían igual (a anís, lógicamente) y estaban en unos fascinantes tarros de cristal que formaban fila en el mostrador de madera. Tarros de esos que se pueden apoyar de dos formas distintas y en los que entra la mano perfectamente para coger lo que haya en su interior. Durante algunos años dejé de verlos en las tiendas, pero en cuanto tuve la oportunidad no pude resistirme a comprar alguno para mi casa.
Las bolinas de anís eran un tesoro y aquellos tarros un objeto de deseo inalcanzable, cuidado con acercarte porque se podían romper. Si vuelvo a abrir las manos juntas, puedo sentirme rica otra vez con aquellas diez bolas de colores que me daban por una peseta. Una peseta (o, lo que es lo mismo: 0,01 euros), parece imposible que alguna vez me hubiesen dado algo por una peseta.
Más tarde me entretenía también con alguna otra «caxigalina» cuando en casa me daban dinero: regaliz, caramelos, chicles Cheiw o aquellos de bola tan enormes que apenas cabían en la boca y hacían que durante los primeros momentos te acabase doliendo la mandíbula. Supe que se llamaban chucherías muchos años más tarde, la recuerdo como una palabra divertida y muy acertada. «Golosinas» me pareció bastante más fina y seria desde el principio.
Obviamente ni mi vocabulario, ni mis conocimientos ortográficos o gramaticales eran entonces nada del otro mundo. Ni siquiera puedo asegurar que María Rodes fuese un nombre y un apellido, un apodo o un nombre compuesto. Me llevó muchos años de lectura, de copiar mil veces palabras incorrectas, de memorizar reglas ortográficas y tiempos verbales llegar a un presente de competencia lingüística aceptable.
Y ahora que ya no encuentro bolinas de anís ni ninguna otra «llambionada» con el sabor de las de mi infancia, me sorprende el periódico con «caxigalines» de otro orden que vienen a descolocar mis recuerdos: tildes que desaparecen, letras que cambian de nombre, etcétera.
Total, que después de tantas pérdidas, voy a plantearme seriamente reivindicar que las normas tengan carácter retroactivo y me compensen de alguna manera los exámenes que no aprobé por no poner determinadas tildes y las veces que copié en la libreta algunas palabras por el mismo motivo. Y aun más: a ver cómo le explico todo esto a mi ordenador.
martes, 26 de octubre de 2010
Envejecer
Envejecer
El valor del tiempo en el ecuador de la vida
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es difícil no sentirse envejecer cuando se van superponiendo años como hojas de palmera.
¿Qué sabrá ella de la vejez? Estarán pensando algunos. Es posible que sepa poco, y espero contar con un montón de años para ir aprendiéndolo. Pero a partir de los 40 a muchos nos suena una especie de campanilla que avisa de que en el mejor de los casos posiblemente habremos vivido la mitad de nuestra vida (no es una sensación que haya tenido yo sola, curiosamente al plantearla en alguna conversación la habíamos tenido más de uno del grupo). Es posible que usted mismo, si ya ha llegado a esa edad, lo haya pensado alguna vez.
En cualquier caso esta reflexión no me ha llevado en absoluto a encerrarme en la tristeza ni el pesimismo. Ni tampoco a intentar hacerlo todo de prisa para tener tiempo. Es sólo la constatación de la certeza de que «siempre» es una palabra imposible para cualquiera de nosotros y que eso no nos hace ni más pequeños ni más grandes, simplemente nos pone en nuestro sitio.
Hace años, en la Universidad, con nuestros tiernos 20 añitos, yo sonreía ante la afirmación constante de una amiga de que la vida era demasiado corta para perderla con aquellas personas que no merecían la pena. Entonces yo creía que exageraba, había mucha vida y una tenía que pasar por muchas cosas, tratar con muchas personas aunque no mereciesen la pena. Todo me preocupaba entonces y todo me interesaba también. Han tenido que pasar los años para darle la razón cientos, miles de veces. No recuerdo si alguna de ellas se lo dije personalmente. Lo hago ahora: Chon, qué sabia eras ya entonces.
Y es que una nota que se va haciendo mayor porque tiene menos tolerancia a la estupidez, menos paciencia con los planteamientos absurdos encaminados sólo a hacerte perder el tiempo, menos vergüenza a decir y hacer lo que se quiere. La opinión de los demás va dejando de tener peso en los actos propios y va cogiendo densidad y consistencia la propia vida. Si no fuese así no tendría ninguna ventaja envejecer.
Sólo espero llegar a cumplir los que me toquen, sean los que sean, convencida de que si alguna vez perdí parte de mi tiempo y mi razón fue porque al fin y al cabo una tiene que hacer concesiones a la supervivencia, que hay que comer y todas esas vulgaridades de la vida. Pero que he compartido el resto con las personas que realmente merecen la pena. Y eso que sirva también para todos ustedes.
El valor del tiempo en el ecuador de la vida
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA Es difícil no sentirse envejecer cuando se van superponiendo años como hojas de palmera.
¿Qué sabrá ella de la vejez? Estarán pensando algunos. Es posible que sepa poco, y espero contar con un montón de años para ir aprendiéndolo. Pero a partir de los 40 a muchos nos suena una especie de campanilla que avisa de que en el mejor de los casos posiblemente habremos vivido la mitad de nuestra vida (no es una sensación que haya tenido yo sola, curiosamente al plantearla en alguna conversación la habíamos tenido más de uno del grupo). Es posible que usted mismo, si ya ha llegado a esa edad, lo haya pensado alguna vez.
En cualquier caso esta reflexión no me ha llevado en absoluto a encerrarme en la tristeza ni el pesimismo. Ni tampoco a intentar hacerlo todo de prisa para tener tiempo. Es sólo la constatación de la certeza de que «siempre» es una palabra imposible para cualquiera de nosotros y que eso no nos hace ni más pequeños ni más grandes, simplemente nos pone en nuestro sitio.
Hace años, en la Universidad, con nuestros tiernos 20 añitos, yo sonreía ante la afirmación constante de una amiga de que la vida era demasiado corta para perderla con aquellas personas que no merecían la pena. Entonces yo creía que exageraba, había mucha vida y una tenía que pasar por muchas cosas, tratar con muchas personas aunque no mereciesen la pena. Todo me preocupaba entonces y todo me interesaba también. Han tenido que pasar los años para darle la razón cientos, miles de veces. No recuerdo si alguna de ellas se lo dije personalmente. Lo hago ahora: Chon, qué sabia eras ya entonces.
Y es que una nota que se va haciendo mayor porque tiene menos tolerancia a la estupidez, menos paciencia con los planteamientos absurdos encaminados sólo a hacerte perder el tiempo, menos vergüenza a decir y hacer lo que se quiere. La opinión de los demás va dejando de tener peso en los actos propios y va cogiendo densidad y consistencia la propia vida. Si no fuese así no tendría ninguna ventaja envejecer.
Sólo espero llegar a cumplir los que me toquen, sean los que sean, convencida de que si alguna vez perdí parte de mi tiempo y mi razón fue porque al fin y al cabo una tiene que hacer concesiones a la supervivencia, que hay que comer y todas esas vulgaridades de la vida. Pero que he compartido el resto con las personas que realmente merecen la pena. Y eso que sirva también para todos ustedes.
martes, 12 de octubre de 2010
Hablemos de tópicos
Hablemos de tópicos
La responsabilidad de ser padres y la dificultad de poner límites y decir que no
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hablemos de tópicos. Uno de los más extendidos es aquél de: «La juventud está perdida». Y siglo tras siglo parece que se va encontrando o se va perdiendo definitivamente en el devenir del adulto que se siente totalmente acreditado por su experiencia pasada (que ha olvidado convenientemente) para repetir aquello de que no se sabe muy bien adónde van a ir a parar los jóvenes.
Por suerte o por desgracia, la juventud acaba siempre en el mismo sitio: en personas adultas más o menos sensatas. Y ahí comienzan los problemas.
Problemas de dos tipos. Unos los inherentes a la necesidad de ganarse la vida, encontrar una vivienda adecuada; incluso, me temo que a no mucho tardar, buscarse un buen plan de pensiones. Esos problemas los compartimos todos y los vamos solucionando como podemos.
Pero hay otros, relacionados con el momento de enfrentarse a la educación de los hijos. Como ningún manual garantiza buenos resultados en este sentido, vamos, con la mejor de las voluntades, capeando el temporal según nos viene y aprendiendo a ejercer de padres ejerciéndolo. Porque, desengañémonos, por muy juveniles que nos sintamos, somos padres de nuestros vástagos, no sus amigos. Para cubrir esa necesidad de «colegueo» están otros niños, otros adolescentes cercanos a los nuestros. Y por muy «enrollaos» que nos sintamos, no se nos puede olvidar que somos los progenitores y hemos contraído con nuestros hijos e hijas unas obligaciones morales y sociales que no podemos eludir. Obligaciones que no debemos delegar en nadie, ni siquiera en la escuela.
Porque es muy difícil poner límites y decir no, muy pesado recordar las normas que nos hacen seres sociales y sociables. Es mucho más sencillo mirar para otro lado y echar luego la culpa a los amigos, al colegio, a la juventud misma, de los fracasos y la incapacidad de enfrentar la vida de algunos jóvenes.
Y digo algunos, porque así es, como siempre. En todos los tiempos ha habido quien fracasa como persona, quien no se siente nunca satisfecho o contento, quien espera de los demás todo y no comprende que esa obligación o es recíproca o no existe.
Por suerte, yo también veo una juventud alegre, creativa, que aprovecha los medios a su alcance para el deporte, formar un grupo musical o hacer teatro en la calle.
Dejémonos de tópicos, de excusas, y veamos como padres qué es lo que debemos hacer para brindar a nuestros hijos ese futuro mejor. Ya hemos sido jóvenes y ahora toca ser adultos. Ley de vida.
La responsabilidad de ser padres y la dificultad de poner límites y decir que no
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Hablemos de tópicos. Uno de los más extendidos es aquél de: «La juventud está perdida». Y siglo tras siglo parece que se va encontrando o se va perdiendo definitivamente en el devenir del adulto que se siente totalmente acreditado por su experiencia pasada (que ha olvidado convenientemente) para repetir aquello de que no se sabe muy bien adónde van a ir a parar los jóvenes.
Por suerte o por desgracia, la juventud acaba siempre en el mismo sitio: en personas adultas más o menos sensatas. Y ahí comienzan los problemas.
Problemas de dos tipos. Unos los inherentes a la necesidad de ganarse la vida, encontrar una vivienda adecuada; incluso, me temo que a no mucho tardar, buscarse un buen plan de pensiones. Esos problemas los compartimos todos y los vamos solucionando como podemos.
Pero hay otros, relacionados con el momento de enfrentarse a la educación de los hijos. Como ningún manual garantiza buenos resultados en este sentido, vamos, con la mejor de las voluntades, capeando el temporal según nos viene y aprendiendo a ejercer de padres ejerciéndolo. Porque, desengañémonos, por muy juveniles que nos sintamos, somos padres de nuestros vástagos, no sus amigos. Para cubrir esa necesidad de «colegueo» están otros niños, otros adolescentes cercanos a los nuestros. Y por muy «enrollaos» que nos sintamos, no se nos puede olvidar que somos los progenitores y hemos contraído con nuestros hijos e hijas unas obligaciones morales y sociales que no podemos eludir. Obligaciones que no debemos delegar en nadie, ni siquiera en la escuela.
Porque es muy difícil poner límites y decir no, muy pesado recordar las normas que nos hacen seres sociales y sociables. Es mucho más sencillo mirar para otro lado y echar luego la culpa a los amigos, al colegio, a la juventud misma, de los fracasos y la incapacidad de enfrentar la vida de algunos jóvenes.
Y digo algunos, porque así es, como siempre. En todos los tiempos ha habido quien fracasa como persona, quien no se siente nunca satisfecho o contento, quien espera de los demás todo y no comprende que esa obligación o es recíproca o no existe.
Por suerte, yo también veo una juventud alegre, creativa, que aprovecha los medios a su alcance para el deporte, formar un grupo musical o hacer teatro en la calle.
Dejémonos de tópicos, de excusas, y veamos como padres qué es lo que debemos hacer para brindar a nuestros hijos ese futuro mejor. Ya hemos sido jóvenes y ahora toca ser adultos. Ley de vida.
martes, 28 de septiembre de 2010
Me rindo
Me rindo
Carta a la crisis con el objeto de claudicar
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA
Querida "crisis":
Confieso que me siento totalmente vencida, incapaz de ver ni un solo frente en el que poder presentar batalla con dignidad. Ni siquiera me parecen viables las soluciones creativas: lamentablemente a estas alturas de la vida ya no me veo capaz de prescindir de la electricidad y alumbrarme con velas, teniendo en cuenta además que ni este ordenador con el que escribo, ni la calefacción, ni el agua caliente, ni tan siquiera el café de cada mañana sobrevivirían a un apagón reivindicativo y cabreado si dejo de pagar a la compañía eléctrica.
Y es que otra vez, sin que la simplicidad de mi mente poco imaginativa lo pueda entender, sube la luz. Supongo que será porque las compañías eléctricas están a punto de irse a la quiebra debido usted, amiga «crisis»; en ningún caso porque necesiten seguir ganando lo mismo, o más, a costa de los pobres consumidores, cada vez con menos posibilidad de consumir y cada vez más pobres.
Perdone si puedo resultar pesada al hablarle de mí y contarle que últimamente tengo la sensación de estar perdiendo facultades cognitivas, cada vez entiendo menos el significado de su propio nombre, doña «crisis». Se decía en mi casa que «nunca falta un tonto a quién echa-y la culpa» (perdone este batiburrillo de lenguajes, pero castellanizándolo del todo no me sonaba bien). Pues parece que aquí ha aparecido un tonto que no se queja, que asume todo tipo de culpas pasadas o venideras: usted misma, aunque le cueste creerlo. Si bien me temo que a su nombre le acompañan muchos apellidos: incompetencia, falta de previsión, derroche de lo ajeno, etc, etc, etc (cualquiera puede añadir lo que se le vaya ocurriendo).
Siento esta pataleta, que no me lleva a ninguna parte, si acaso a esperar que el invierno no sea muy frío y a rezar para que después de disminuir el sueldo, subir el IVA, la luz y otras cuantas circunstancias más de cuyo nombre me viene bien no acordarme, llegue una primavera florida y hermosa de esas que anuncian en los libros de texto.
Ya sólo me queda pedirle a usted, estimada señora, que tanto sabe y en tanto influye, que nos desvele en voz baja el misterio del recibo de la luz, a ver si entre todos somos capaces de encontrar la manera de aplicarle un descuento en vez de una subida. Prometemos no contar el secreto.
Carta a la crisis con el objeto de claudicar
ESPERANZA MEDINA
PROFESORA Y POETA
Querida "crisis":
Confieso que me siento totalmente vencida, incapaz de ver ni un solo frente en el que poder presentar batalla con dignidad. Ni siquiera me parecen viables las soluciones creativas: lamentablemente a estas alturas de la vida ya no me veo capaz de prescindir de la electricidad y alumbrarme con velas, teniendo en cuenta además que ni este ordenador con el que escribo, ni la calefacción, ni el agua caliente, ni tan siquiera el café de cada mañana sobrevivirían a un apagón reivindicativo y cabreado si dejo de pagar a la compañía eléctrica.
Y es que otra vez, sin que la simplicidad de mi mente poco imaginativa lo pueda entender, sube la luz. Supongo que será porque las compañías eléctricas están a punto de irse a la quiebra debido usted, amiga «crisis»; en ningún caso porque necesiten seguir ganando lo mismo, o más, a costa de los pobres consumidores, cada vez con menos posibilidad de consumir y cada vez más pobres.
Perdone si puedo resultar pesada al hablarle de mí y contarle que últimamente tengo la sensación de estar perdiendo facultades cognitivas, cada vez entiendo menos el significado de su propio nombre, doña «crisis». Se decía en mi casa que «nunca falta un tonto a quién echa-y la culpa» (perdone este batiburrillo de lenguajes, pero castellanizándolo del todo no me sonaba bien). Pues parece que aquí ha aparecido un tonto que no se queja, que asume todo tipo de culpas pasadas o venideras: usted misma, aunque le cueste creerlo. Si bien me temo que a su nombre le acompañan muchos apellidos: incompetencia, falta de previsión, derroche de lo ajeno, etc, etc, etc (cualquiera puede añadir lo que se le vaya ocurriendo).
Siento esta pataleta, que no me lleva a ninguna parte, si acaso a esperar que el invierno no sea muy frío y a rezar para que después de disminuir el sueldo, subir el IVA, la luz y otras cuantas circunstancias más de cuyo nombre me viene bien no acordarme, llegue una primavera florida y hermosa de esas que anuncian en los libros de texto.
Ya sólo me queda pedirle a usted, estimada señora, que tanto sabe y en tanto influye, que nos desvele en voz baja el misterio del recibo de la luz, a ver si entre todos somos capaces de encontrar la manera de aplicarle un descuento en vez de una subida. Prometemos no contar el secreto.
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