El misterio de la palabra
Amor al arte
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
De los objetos que componen todas las artes quizá la palabra sea la menos universal, aunque no por eso deja de ser la más evocadora.
Las notas musicales trascienden los idiomas, pero están sujetas de alguna manera a la interpretación de los músicos, del director de orquesta, al lugar en que las escuchamos, a los ruidos que pueden interferir. Si bien en ocasiones eso puede formar parte también de la emoción artística. Como ejemplo sirva la diversión inquieta de cientos de niños y niñas el domingo, disfrutando con la música clásica, en el auditorio diseñado por Niemeyer. Con la Orquesta de Cámara de Siero y Fernando Argenta. Seguramente, desde ese día, alguno tiene un oficio nuevo para contar cuando le pregunten qué quiere ser de mayor: director de orquesta.
La pintura, la escultura, la arquitectura también pueden llegar a nosotros sin necesidad de traducción la mayor parte de las veces, aunque en muchas ocasiones si alguien nos echa una mano con los antecedentes, la historia o el motivo de la obra artística, ayuda bastante.
Y ahí entra en juego la palabra, para explicarlo todo, para completar las sensaciones que el oído, la vista e incluso el tacto nos producen. Y también está la otra, la que evoca por sí misma, la que no necesita explicación ni antecedentes: la de los poetas.
La palabra que parece que nos llega de fuera pero que en realidad estaba ya en nosotros, dormida, esperando que alguien la animara para hacernos cosquillas de nuevo, como si nunca la hubiésemos escuchado antes. Exactamente lo que hizo el escritor Fernando Beltrán por los que acudimos a escucharlo hace unos días en el Valey, en Piedras Blancas. Con su presencia y su voz nos trajo versos que dejaron de ser suyos para ser nuestros, porque los poblamos de imágenes, de recuerdos y deseos según los iba dejando escapar en aquella sala.
Nos los trajimos a casa, en un libro, en un papel, en la pantalla del ordenador. Siempre a mano, siempre preparados para atendernos, junto con otras palabras y otros versos de otros poetas. No es cierto que la poesía nos asuste o que no la entendamos. Ni siquiera es cierto que necesitemos entenderla. Nada hay más personal, más íntimo, más propio, que las palabras que no decimos, que las que nos guardamos para sonreír por dentro. Que los versos que no sabemos que son versos o los que, sabiéndolo, digerimos a solas aunque no estemos solos.
Todo ello, sencillamente, por puro amor al arte.
miércoles, 23 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
Trastos viejos
El afán que nos impide desprendernos de los objetos en los que enraizamos nuestra memoria
Trastos viejos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
En algún momento de nuestra historia personal la caja metálica con lunares de colores del Cola Cao se convirtió en un objeto de coleccionismo, precisamente cuando hacía muchos años que en la mayoría de las casas habían ido a parar a la basura.
No sé muy bien de dónde nos nace ese deseo de perdurar por encima de nuestra propia finitud, de conservar objetos prácticamente inservibles hoy día pero que nos aferran al pasado, como si lo realmente importante no fuese, sobre todo, el presente (el futuro quién sabe si llegará siquiera).
Y conste que yo me confieso totalmente culpable de esa añoranza agridulce, ese coleccionismo poco útil de objetos pasados. Me cuesta desprenderme de las cosas, como si conservándolas pudiera ahuyentar la certeza de que el tiempo es la realidad más cambiante y activa con la que convivimos.
Así que, con la peregrina excusa de que aún funcionan, guardo la máquina de escribir, la grabadora que me regalaron cuando hice la primera comunión (no llegaba aún a la categoría de «radio-casset», que eso vino más tarde) o los disquets (si pensamos en un pasado muchísimo más reciente), de los que ya no recuerdo lo que contienen y que no puedo mirar en ninguno de los ordenadores de casa. Supongo que una tiene muy arraigado aquello de «mientras hay vida hay esperanza».
En cualquier caso siempre podemos pasar un rato divertido, en una especie de experimento de museo de la historia y la tecnología, si compartimos con nuestros niños del siglo XXI alguno de estos trastos viejos. Podemos jugar, por ejemplo, a adivinar por dónde y cómo se pone el papel en la máquina de escribir, qué hace un «comediscos» o cómo marcar el número de teléfono en uno de rueda.
Supongo que la diversión no duraría demasiado, yo misma me veo incapaz de volver a tanto desarrollo manual, a sabiendas de lo gracioso que debe resultar verme escribir un mensaje de móvil en la pantalla táctil, a una velocidad bastante inferior a la que usaría para hacerlo de manera convencional con lápiz y papel.
Pero no me rindo, los trastos de mi pasado los guardo para la sonrisa interna, para el soliloquio íntimo que me consuela de las pérdidas definitivas. Porque estoy decidida a avanzar hacia lo nuevo, aunque me toque ir siempre unos pasos más atrás y en algún momento del camino se vuelvan, como los míos, trastos viejos en otras memorias y otros recuerdos.
Trastos viejos
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
En algún momento de nuestra historia personal la caja metálica con lunares de colores del Cola Cao se convirtió en un objeto de coleccionismo, precisamente cuando hacía muchos años que en la mayoría de las casas habían ido a parar a la basura.
No sé muy bien de dónde nos nace ese deseo de perdurar por encima de nuestra propia finitud, de conservar objetos prácticamente inservibles hoy día pero que nos aferran al pasado, como si lo realmente importante no fuese, sobre todo, el presente (el futuro quién sabe si llegará siquiera).
Y conste que yo me confieso totalmente culpable de esa añoranza agridulce, ese coleccionismo poco útil de objetos pasados. Me cuesta desprenderme de las cosas, como si conservándolas pudiera ahuyentar la certeza de que el tiempo es la realidad más cambiante y activa con la que convivimos.
Así que, con la peregrina excusa de que aún funcionan, guardo la máquina de escribir, la grabadora que me regalaron cuando hice la primera comunión (no llegaba aún a la categoría de «radio-casset», que eso vino más tarde) o los disquets (si pensamos en un pasado muchísimo más reciente), de los que ya no recuerdo lo que contienen y que no puedo mirar en ninguno de los ordenadores de casa. Supongo que una tiene muy arraigado aquello de «mientras hay vida hay esperanza».
En cualquier caso siempre podemos pasar un rato divertido, en una especie de experimento de museo de la historia y la tecnología, si compartimos con nuestros niños del siglo XXI alguno de estos trastos viejos. Podemos jugar, por ejemplo, a adivinar por dónde y cómo se pone el papel en la máquina de escribir, qué hace un «comediscos» o cómo marcar el número de teléfono en uno de rueda.
Supongo que la diversión no duraría demasiado, yo misma me veo incapaz de volver a tanto desarrollo manual, a sabiendas de lo gracioso que debe resultar verme escribir un mensaje de móvil en la pantalla táctil, a una velocidad bastante inferior a la que usaría para hacerlo de manera convencional con lápiz y papel.
Pero no me rindo, los trastos de mi pasado los guardo para la sonrisa interna, para el soliloquio íntimo que me consuela de las pérdidas definitivas. Porque estoy decidida a avanzar hacia lo nuevo, aunque me toque ir siempre unos pasos más atrás y en algún momento del camino se vuelvan, como los míos, trastos viejos en otras memorias y otros recuerdos.
miércoles, 25 de abril de 2012
Cuéntame un cuento
La excusa de la crisis justifica desatinos
Cuéntame un cuento
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Todas las historias tienen al menos dos puntos de vista, algunas más, las hay que tienen tantos puntos de vista como actores y espectadores juntos, lo que complica mucho entender el argumento. Sin embargo hay otras que por mucho que quieran disfrazar con floridos argumentos sólo encuentran un camino que, al final, acaba por aparecer.
No me interpreten mal, no hablo de literatura, hablo de educación. Esa que hasta hace poco se supone que debía ser personalizada (lo que se traducía por atender a la diversidad del alumnado), integradora, motivadora, activa, etc. Es decir, lo que nos venían resumiendo como «de calidad». Una palabra preciosa pero que ya no sé si entiendo muy bien, al menos ya no estoy segura de que mi versión de su significado tenga validez para todos.
Y que conste que no creo que con el aumento del número de alumnos en el aula los más perjudicados vayan a ser los maestros que trabajen (y digo los que trabajen porque, no nos engañemos, el «ahorro» se basa fundamentalmente en dejar de contratar al mayor número de profesorado posible), los realmente perjudicados van a ser los niños y niñas que compartirán cada aula. Las generaciones a las que les toque prescindir de apoyos si tienen alguna dificultad en el aprendizaje.
Por muy provisional que sea la medida a esos niños y niñas nadie les va a poder compensar esa etapa en su proceso de aprendizaje. Habrá quién recuerde que hace años llegábamos a ser cuarenta por aula, pero quizás puedan recordar también cómo aprendíamos, de forma repetitiva y monótona, sin posibilidad de reflexión, de análisis. Exactamente lo que se esperaba de nosotros entonces, no sólo como alumnos sino también como ciudadanos.
La escuela pública debe compensar desigualdades, ofreciendo los medios y las oportunidades a los que carecen de ellos. Debe facilitar a sus alumnos el aprendizaje autónomo, la capacidad de decisión crítica ante su entorno y la sociedad que le va a tocar vivir. O al menos esa era la versión de la historia que yo me había creído.
No crean que me preocupan como maestra las clases de treinta alumnos, una va organizando el trabajo según se le presenta y desenvolviéndolo lo mejor que puede, pero precisamente porque sé que la capacidad del ser humano es limitada, me preocupan, y mucho, como madre.
Y es que la excusa de la crisis cada vez justifica más desatinos. Quién sabe qué será lo siguiente. Echémonos a temblar.
Cuéntame un cuento
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA Todas las historias tienen al menos dos puntos de vista, algunas más, las hay que tienen tantos puntos de vista como actores y espectadores juntos, lo que complica mucho entender el argumento. Sin embargo hay otras que por mucho que quieran disfrazar con floridos argumentos sólo encuentran un camino que, al final, acaba por aparecer.
No me interpreten mal, no hablo de literatura, hablo de educación. Esa que hasta hace poco se supone que debía ser personalizada (lo que se traducía por atender a la diversidad del alumnado), integradora, motivadora, activa, etc. Es decir, lo que nos venían resumiendo como «de calidad». Una palabra preciosa pero que ya no sé si entiendo muy bien, al menos ya no estoy segura de que mi versión de su significado tenga validez para todos.
Y que conste que no creo que con el aumento del número de alumnos en el aula los más perjudicados vayan a ser los maestros que trabajen (y digo los que trabajen porque, no nos engañemos, el «ahorro» se basa fundamentalmente en dejar de contratar al mayor número de profesorado posible), los realmente perjudicados van a ser los niños y niñas que compartirán cada aula. Las generaciones a las que les toque prescindir de apoyos si tienen alguna dificultad en el aprendizaje.
Por muy provisional que sea la medida a esos niños y niñas nadie les va a poder compensar esa etapa en su proceso de aprendizaje. Habrá quién recuerde que hace años llegábamos a ser cuarenta por aula, pero quizás puedan recordar también cómo aprendíamos, de forma repetitiva y monótona, sin posibilidad de reflexión, de análisis. Exactamente lo que se esperaba de nosotros entonces, no sólo como alumnos sino también como ciudadanos.
La escuela pública debe compensar desigualdades, ofreciendo los medios y las oportunidades a los que carecen de ellos. Debe facilitar a sus alumnos el aprendizaje autónomo, la capacidad de decisión crítica ante su entorno y la sociedad que le va a tocar vivir. O al menos esa era la versión de la historia que yo me había creído.
No crean que me preocupan como maestra las clases de treinta alumnos, una va organizando el trabajo según se le presenta y desenvolviéndolo lo mejor que puede, pero precisamente porque sé que la capacidad del ser humano es limitada, me preocupan, y mucho, como madre.
Y es que la excusa de la crisis cada vez justifica más desatinos. Quién sabe qué será lo siguiente. Echémonos a temblar.
martes, 10 de abril de 2012
Domingo de Pascua
Domingo de Pascua
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA
Nos hacemos viejos, y eso se nota en que comenzamos a perder tiempo buscando las dichosas gafas sin las que no podemos leer el prospecto de las pastillas que nos prescribió el médico para el dolor de espalda, las recetas de cocina o las instrucciones de uso de la nueva televisión.
Nos hacemos viejos y nos cansamos de que la memoria nos juegue malas pasadas, recordándonos, con todo detalle, lo que vivimos. Quizá la felicidad estaría en no tener memoria.
Desde luego, la memoria es altamente selectiva, y aunque a nosotros nos traiga de nuevo lo que dijeron en su momento tales o cuales personajes, a ellos parece que se les olvida con facilidad. Es de suponer que lo mismo ocurrirá en el otro sentido, aunque eso no puedo constatarlo.
Lo que sí está claro es que el recuerdo nos va llegando con más nitidez (o así lo sentimos) según vamos acumulando años. Nos convertimos poco a poco y sin remedio en aquel «abuelo cebolleta» de mis lecturas de infancia.
La vida está hecha de presente, de minutos que caminan sin destino (el futuro es una entelequia, quién sabe adónde nos va a llevar). Sin embargo, un alto porcentaje del ser humano es también pasado. Como el agua nos compone y nos sustenta, más aún cuanto más viejos nos hacemos. Por eso quizá nos alegra reencontrar trastos viejos que nos acompañaron y aún funcionan.
Escuchar un disco de vinilo hoy sólo puede hacer sonreír a quien lo escuchó mucho tiempo antes. Como si no se puede disculpar el zumbido de la aguja sobre los surcos distorsionando el sonido cuando lo comparamos con los limpios discos compactos, por ejemplo.
Y, sin embargo, verlo girar es viajar a otro tiempo, no necesariamente más feliz, pero sí irrecuperable. Igual que aquella niña de 2 años, al borde de la acera, viendo desfilar las carrozas de Pascua, con serpentinas por la calle y la mirada atónita (quizá ya habían pasado aquellos atronadores tambores de la OJE y los cabezudos que la asustaban tanto).
Algunos cabezudos parecen los mismos y hoy a ella le resultan simpáticos, incluso podría darles la mano si se acercasen. Los tambores ahora son alegres y caminan con las gaitas, no con jóvenes vestidos de seudomilitares. Y las serpentinas, ésas apenas han cambiado, aunque han recuperado su color en las fotos.
Hay otra niña de 2 años en la acera, no la conozco de nada, pero espera lo mismo que yo entonces. Ajena también al fotógrafo y al momento, quizás algún día, cuando no encuentre las gafas, intuya que siempre nos estamos haciendo viejos y que, por suerte, el presente sigue avanzando, aunque algunas veces nos pueda la nostalgia. Mis disculpas.
ESPERANZA MEDINA ESCRITORA
Nos hacemos viejos, y eso se nota en que comenzamos a perder tiempo buscando las dichosas gafas sin las que no podemos leer el prospecto de las pastillas que nos prescribió el médico para el dolor de espalda, las recetas de cocina o las instrucciones de uso de la nueva televisión.
Nos hacemos viejos y nos cansamos de que la memoria nos juegue malas pasadas, recordándonos, con todo detalle, lo que vivimos. Quizá la felicidad estaría en no tener memoria.
Desde luego, la memoria es altamente selectiva, y aunque a nosotros nos traiga de nuevo lo que dijeron en su momento tales o cuales personajes, a ellos parece que se les olvida con facilidad. Es de suponer que lo mismo ocurrirá en el otro sentido, aunque eso no puedo constatarlo.
Lo que sí está claro es que el recuerdo nos va llegando con más nitidez (o así lo sentimos) según vamos acumulando años. Nos convertimos poco a poco y sin remedio en aquel «abuelo cebolleta» de mis lecturas de infancia.
La vida está hecha de presente, de minutos que caminan sin destino (el futuro es una entelequia, quién sabe adónde nos va a llevar). Sin embargo, un alto porcentaje del ser humano es también pasado. Como el agua nos compone y nos sustenta, más aún cuanto más viejos nos hacemos. Por eso quizá nos alegra reencontrar trastos viejos que nos acompañaron y aún funcionan.
Escuchar un disco de vinilo hoy sólo puede hacer sonreír a quien lo escuchó mucho tiempo antes. Como si no se puede disculpar el zumbido de la aguja sobre los surcos distorsionando el sonido cuando lo comparamos con los limpios discos compactos, por ejemplo.
Y, sin embargo, verlo girar es viajar a otro tiempo, no necesariamente más feliz, pero sí irrecuperable. Igual que aquella niña de 2 años, al borde de la acera, viendo desfilar las carrozas de Pascua, con serpentinas por la calle y la mirada atónita (quizá ya habían pasado aquellos atronadores tambores de la OJE y los cabezudos que la asustaban tanto).
Algunos cabezudos parecen los mismos y hoy a ella le resultan simpáticos, incluso podría darles la mano si se acercasen. Los tambores ahora son alegres y caminan con las gaitas, no con jóvenes vestidos de seudomilitares. Y las serpentinas, ésas apenas han cambiado, aunque han recuperado su color en las fotos.
Hay otra niña de 2 años en la acera, no la conozco de nada, pero espera lo mismo que yo entonces. Ajena también al fotógrafo y al momento, quizás algún día, cuando no encuentre las gafas, intuya que siempre nos estamos haciendo viejos y que, por suerte, el presente sigue avanzando, aunque algunas veces nos pueda la nostalgia. Mis disculpas.
martes, 27 de marzo de 2012
El ancho mundo
Las virtudes del viaje de ida y de regreso
El ancho mundo
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
En ocasiones la imaginación, el deseo (la televisión, muchas veces), nos inclinan hacia lo lejano. Lo ajeno es siempre más interesante, mejor, más excitante y original, nada que ver con los trescientos y pico días que pasamos en casa. Y cuando digo casa me refiero al entorno, no necesariamente al recinto.
Hay tantas cosas que ver, tantos lugares hermosos por conocer a los que nunca llegaremos, que se convierte en un trabajo completamente inútil soñar con todos esos destinos posibles para cuando tengamos tiempo, o dinero, o simplemente para cuando el momento sea propicio. Aunque puede que no sea tan inútil ese esfuerzo, porque después de todo el sueño es un fin en sí mismo muchas veces. Pocos medios hay con los que podamos llegar tan lejos como con la imaginación. Y además, con la fabulosa ventaja de que soñar es gratis, siempre y cuando uno no se frustre demasiado al volver a la realidad, claro está. Que hasta para ese viaje hay que saber hacer la maleta.
Pero el mundo es ancho hacia todos los lados, también por el nuestro. Salir para quedarse es un hermoso ejercicio de autoafirmación, que también es necesario aprender a quererse.
De un tiempo a esta parte hemos ido viendo cómo cada vez más personas ajenas se interesaban por nuestra ciudad, tan poco turística en otros momentos, tan poco querida incluso por los propios avilesinos. Algunos han necesitado que viniesen de fuera para darse cuenta de que los soportales de siempre, el empedrado de las calles, su trazado, merecían disfrutarse. Otros, desde luego, lo han sabido siempre y han tenido el mérito de decirlo cuando nadie les creía, por mucho que la realidad fuese inmutable y tuviese una historia de mil años.
El mundo es ancho, y de la misma manera que otros lo descubren en nuestra dirección, nosotros deseamos viajar, a las antípodas si fuera necesario, para descubrir el cosquilleo de lo hermoso, para constatar que estuvimos allí y eso lo hace un poco nuestro. O quizás sólo para no sentirnos más pequeños que los que nos muestran fotos junto a la Muralla China, las Pirámides de Egipto o el Coliseo. Nada que objetar, porque movernos por el mundo, que sabemos inabarcable, nos hace menos finitos, más ricos al sentirnos poseedores de todos esos lugares por los que caminamos.
Y es que, por encima de todo, el viaje tiene siempre la maravillosa virtud de permitirnos regresar a casa.
El ancho mundo
ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
En ocasiones la imaginación, el deseo (la televisión, muchas veces), nos inclinan hacia lo lejano. Lo ajeno es siempre más interesante, mejor, más excitante y original, nada que ver con los trescientos y pico días que pasamos en casa. Y cuando digo casa me refiero al entorno, no necesariamente al recinto.
Hay tantas cosas que ver, tantos lugares hermosos por conocer a los que nunca llegaremos, que se convierte en un trabajo completamente inútil soñar con todos esos destinos posibles para cuando tengamos tiempo, o dinero, o simplemente para cuando el momento sea propicio. Aunque puede que no sea tan inútil ese esfuerzo, porque después de todo el sueño es un fin en sí mismo muchas veces. Pocos medios hay con los que podamos llegar tan lejos como con la imaginación. Y además, con la fabulosa ventaja de que soñar es gratis, siempre y cuando uno no se frustre demasiado al volver a la realidad, claro está. Que hasta para ese viaje hay que saber hacer la maleta.
Pero el mundo es ancho hacia todos los lados, también por el nuestro. Salir para quedarse es un hermoso ejercicio de autoafirmación, que también es necesario aprender a quererse.
De un tiempo a esta parte hemos ido viendo cómo cada vez más personas ajenas se interesaban por nuestra ciudad, tan poco turística en otros momentos, tan poco querida incluso por los propios avilesinos. Algunos han necesitado que viniesen de fuera para darse cuenta de que los soportales de siempre, el empedrado de las calles, su trazado, merecían disfrutarse. Otros, desde luego, lo han sabido siempre y han tenido el mérito de decirlo cuando nadie les creía, por mucho que la realidad fuese inmutable y tuviese una historia de mil años.
El mundo es ancho, y de la misma manera que otros lo descubren en nuestra dirección, nosotros deseamos viajar, a las antípodas si fuera necesario, para descubrir el cosquilleo de lo hermoso, para constatar que estuvimos allí y eso lo hace un poco nuestro. O quizás sólo para no sentirnos más pequeños que los que nos muestran fotos junto a la Muralla China, las Pirámides de Egipto o el Coliseo. Nada que objetar, porque movernos por el mundo, que sabemos inabarcable, nos hace menos finitos, más ricos al sentirnos poseedores de todos esos lugares por los que caminamos.
Y es que, por encima de todo, el viaje tiene siempre la maravillosa virtud de permitirnos regresar a casa.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Trenes
Recuerdos infantiles del ferrocarril avilesino
Trenes
Y aunque no sea un hecho en absoluto trascendente, ese ferrocarril tiene mucho que ver con mi historia personal. El cruce de vías ocurrió unos cuantos años después de aquella llegada y bastantes antes de que yo misma llegara, no sólo a esta villa, sino incluso a esta vida.
Fue hacia 1939, finalizada ya la guerra, aunque no sé precisar el mes, cuando enviaron a mi abuelo (ferroviario) a trabajar a San Juan de Nieva. Mi padre contaba que fue una especie de destierro político, pero ya no puedo indagar en esa historia, los protagonistas me han ido abandonando.
Con el tiempo nací yo, en una familia de ferroviarios (mi padre también lo fue). O quizá debo decir en «dos familias de ferroviarios»: la personal, la de casa, y la gran familia de todos los que subíamos al tren con «kilométrico» (quienes lo hayan vivido saben de qué hablo).
El tren era entonces para mí algo tan propio como las escaleras o el portal de mi edificio. Mío y de otros, por supuesto, pero también mío. La estación de Avilés, la de San Juan de Nieva, las vías, las traviesas, la catenaria eran todas ellas parte de mi entorno, aunque no viviera cerca de ninguna de ellas.
Pero que esto no lleve a engaños, no le tengo ningún aprecio al trazado original de las vías, las prefiero ocultas a su paso por la ciudad. Sin embargo, sí siento una gran pena al ver en lo que se ha convertido San Juan de Nieva, un basurero justificado por «el progreso». Otro desmán más, achacable sólo a la cortísima visión de futuro que parece sufrimos los avilesinos. Quizás encontremos con el tiempo la cura para este trastorno endémico, quién sabe.
Me preguntaban una vez por qué cuando escribo sobre el tren siempre va unido a sentimientos tristes. Lo cierto es que hasta entonces no me había dado cuenta de que era así, el tren para mí representaba viajes, ocio, alegría, incluso si sólo lo veía pasar cargado de personas con un destino, o cuando contaba los vagones de mercancías, convoyes larguísimos siempre, cuyo número olvidaba inmediatamente después de haberlo hecho. Supongo que será porque ahora estoy más sola en ese recuento y porque la vía, aunque parezca quieta y siempre la misma, es engañosa como los ríos y discurre, sin que nos demos cuenta, alejándonos del pasado y de lo que creíamos poseer.
martes, 14 de febrero de 2012
De conveniencia
Ahora oímos hablar del fenómeno opuesto
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Aunque pueda transformarse en un tema muy cinematográfico a poco que se empeñe un director (sea con final feliz o no) es, sin duda, una circunstancia muy vigente; incluso echando un vistazo en internet se pueden encontrar anuncios en los que ciudadanos españoles se anuncian para realizar este tipo de matrimonios a cambio de dinero y personas extranjeras ofrecen cantidades monetarias a quien quiera contraer matrimonio con ellas para conseguir la residencia española, por ejemplo.
Por supuesto que esto es propicio a timos y estafas, agravado por el hecho de que, como es una situación ilegal, difícilmente se puede recuperar el dinero estafado.
Pero ahora oímos hablar del fenómeno aparentemente opuesto: divorcios de conveniencia. Parece ser que ha aumentado este tipo de divorcios para intentar evitar la pérdida de los bienes de la pareja atribuyéndolos a la persona de la que el deudor se ha divorciado.
Me ha dejado muy intrigada cómo se comprueba si un divorcio es de verdad o pura apariencia. En ocasiones, aunque no sea la situación ideal, he sabido de parejas que se divorcian pero que tienen que seguir conviviendo un tiempo en el mismo domicilio porque no pueden disponer de una vivienda diferente para cada uno de ellos. ¿Deberán demostrar en ese caso que no se dirigen la palabra cuando se cruzan por el pasillo?
En relación con esto de las deudas y los embargos, que por desgracia cada vez está de más actualidad, me ha llegado últimamente al correo electrónico una de esas «cadenas» que supuestamente no deben parar de reenviarse y que, al menos en mi caso, suelen morir en la bandeja de entrada. Comentaba cómo hacer para que en el caso de embargarte la vivienda habitual no puedan echarte de ella: creo que el truco consistía en hacerle un contrato de alquiler a un familiar por una cantidad simbólica. No tengo ni idea de si eso es o no cierto, pero entiendo que muchas personas pasan por situaciones desesperadas y cualquier salida puede parecer factible, aunque no sea muy legal.
En cualquier caso, todo ello parece que más que a la comedia romántica hollywoodiense apunta a la agridulce sátira de Berlanga.
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