martes 14 de febrero de 2012

De conveniencia

Ahora oímos hablar del fenómeno opuesto







Matrimonios de conveniencia
ESPERANZA MEDINA POETA Y PROFESORA Recuerdo aquella película de Andie Macdowel y Gérard de Pardieu, «Matrimonio por conveniencia», un romántico relato que convertía una situación hostil y desesperada en una historia de amor. Cosas del cine, ya se sabe.

Aunque pueda transformarse en un tema muy cinematográfico a poco que se empeñe un director (sea con final feliz o no) es, sin duda, una circunstancia muy vigente; incluso echando un vistazo en internet se pueden encontrar anuncios en los que ciudadanos españoles se anuncian para realizar este tipo de matrimonios a cambio de dinero y personas extranjeras ofrecen cantidades monetarias a quien quiera contraer matrimonio con ellas para conseguir la residencia española, por ejemplo.

Por supuesto que esto es propicio a timos y estafas, agravado por el hecho de que, como es una situación ilegal, difícilmente se puede recuperar el dinero estafado.

Pero ahora oímos hablar del fenómeno aparentemente opuesto: divorcios de conveniencia. Parece ser que ha aumentado este tipo de divorcios para intentar evitar la pérdida de los bienes de la pareja atribuyéndolos a la persona de la que el deudor se ha divorciado.

Me ha dejado muy intrigada cómo se comprueba si un divorcio es de verdad o pura apariencia. En ocasiones, aunque no sea la situación ideal, he sabido de parejas que se divorcian pero que tienen que seguir conviviendo un tiempo en el mismo domicilio porque no pueden disponer de una vivienda diferente para cada uno de ellos. ¿Deberán demostrar en ese caso que no se dirigen la palabra cuando se cruzan por el pasillo?

En relación con esto de las deudas y los embargos, que por desgracia cada vez está de más actualidad, me ha llegado últimamente al correo electrónico una de esas «cadenas» que supuestamente no deben parar de reenviarse y que, al menos en mi caso, suelen morir en la bandeja de entrada. Comentaba cómo hacer para que en el caso de embargarte la vivienda habitual no puedan echarte de ella: creo que el truco consistía en hacerle un contrato de alquiler a un familiar por una cantidad simbólica. No tengo ni idea de si eso es o no cierto, pero entiendo que muchas personas pasan por situaciones desesperadas y cualquier salida puede parecer factible, aunque no sea muy legal.

En cualquier caso, todo ello parece que más que a la comedia romántica hollywoodiense apunta a la agridulce sátira de Berlanga.

martes 17 de enero de 2012

Diferentes

La capacidad de los niños para asumir lo que hace a otros distintos


Diferentes







Cuando somos niños sólo nos da miedo lo desconocido, y eso si alguien nos lo enseña con temor. La vida es algo natural y naturales son sus imperfecciones. Los adultos nos empeñamos en proteger a la infancia, en «prepararla» para lo diferente. Ellos no necesitan preparación, somos nosotros, son nuestros prejuicios, nuestros complejos la mayor parte de las veces, los que nos empujan a mentirles, a edulcorarles personas y situaciones que creemos puede hacerles sentirse incómodos de alguna manera.

En mi infancia había un mundo de personajes cotidianos al que le debo buena parte de lo que soy; muchos de ellos ya no están y otros no sabrán nunca lo importantes que fueron y que siguen siendo para mí.

Entre aquellas personas estaba Lelo, un niño grande o un infantil adulto al que siempre evoco con afecto. Entonces no lo sentía como una persona «diferente», o al menos no más que al resto de las que vivían en mi entorno, con nombres y apellidos cada una de ellas, o apodos, o diminutivos que los hacían a todos únicos. Con el tiempo he ido observando invariablemente que los niños y niñas pequeños, mientras nadie los llene de prejuicios, asumen como natural cualquier diferencia, pueden jugar con la pierna ortopédica de un compañero o hablar y acariciar a otro que no puede entenderlos. O tal vez sí, tal vez es lo único que puede entender. He vuelto a reflexionar y he comprendido que la infancia debe ser así siempre, porque así también fue en la mía. Mis alumnos me han enseñado muchas veces lo que es importante de verdad: las personas, sean como sean, pertenezcan a la raza, al país o a la creencia que pertenezcan. Algo falla cuando empiezan a tener reticencias frente al otro, a esgrimir prejuicios y miedos para apartarse de lo que no se ajusta estrictamente a la norma, que viene a querer decir: a nuestro propio reflejo.

Veo estos días un anuncio en la televisión que me emociona (en ocasiones las campañas publicitarias tienen grandes aciertos). En él un padre explica a su hija que va a venir a jugar con ella su vecina, que es «especial», la niña pregunta si sabe mirar cuentos o jugar y cuando el padre le dice que sí ella pregunta ¿entonces, qué tiene de especial?

Preguntémonoslo también nosotros.

lunes 2 de enero de 2012

El saber no ocupa lugar

El largo camino del conocimiento

El saber no ocupa lugar







ESPERANZA MEDINA PROFESORA
Era la frase favorita de los mayores cuando querían convencernos de que aprendiésemos tal o cual cosa: «El saber no ocupa lugar», como si no ocupar lugar fuese sinónimo de algo sencillo de adquirir. Nunca es así: aprender siempre supone un esfuerzo, una ejercitación más o menos compleja, la catalogación de lo asimilado para que pueda volver a ser recuperado en cualquier momento.

Aprender es un camino que solemos emprender en compañía, todo, hasta lo más sencillo, lo más mecánico, lo hemos adquirido a través de un «otro». Un amigo, un padre, un maestro, un libro que alguien ha escrito. Por eso es tan importante acompañar esos aprendizajes de ilusión, y no de hastío, de cansancio o de obligación impuesta.

Hace mucho que no uso las agujas y la lana para tejer, pero el otro día, organizando un rincón de la casa, encontraba unas con una labor empezada y abandonada hace años. No tengo ninguna intención de continuarla, pero me ayudó a recordar lo satisfecha que me sentí cuando de niña mi madre me enseñó a tejer y yo hice la primera bufanda (diminuta) para mi muñeca.

No, el saber que importa de verdad no ocupa lugar, nos satisface y nos emociona, nos hace comprendernos y conocernos mejor: la historia, las lenguas, las matemáticas, las artes todas, sólo nos enriquecen. No hay peligro de que ninguno de ellos reste, porque los otros saberes, los que no nos interesan, los que nos obligaban a memorizar, ésos se van descolgando sin necesidad de que nos esforcemos.

Uno de los momentos más mágicos del aprendizaje es el de la lectura. Personalmente no soy consciente de la emoción que pude sentir cuando por fin conseguí descifrar ese extraño código de los adultos, empeñados en dibujar signos unos junto a otros para contarse cosas, auténticos mensajes en clave, como si de la búsqueda de un tesoro se tratase. Y es que así es: leer es uno de los mayores tesoros con que contamos, aunque cada uno hayamos llegado a ello por caminos más o menos tortuosos, según el sistema pedagógico de nuestros enseñantes del momento.

Y es que yo he tenido la inmensa suerte de revivir en diversas ocasiones esa magia del descubrimiento lector, esa clave misteriosa descifrada ahora para siempre, ese mundo adulto que ya no tiene llaves ni candados.

Ha terminado el año hace nada, en seguida se acabarán las vacaciones, este 2012 que viene no parece cargar de momento con muchas alegrías, así que como quiero empezar el año con el optimismo en el pie derecho a pesar de todo, dejaré que mi alumnado me enseñe todo lo que puede aprender conmigo y yo con ellos.

viernes 23 de diciembre de 2011

Haciendo balance

Carta a los Reyes Magos

Haciendo balance







ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETISA
No son las luces lo que alegra las calles en días como estos, ni la perspectiva de que nos toque «el gordo» en la lotería, que cuanto menos tenemos más compramos, sin esperanzas, pero «por si acaso». No es el turrón o el mazapán, ni siquiera el descanso de los días de fiesta. No puede ser nada de eso porque todo está aquí, nuevamente, y sin embargo apenas ves gente que te sonríe confiada en el futuro, que te cuenta sus planes.

Tengo la sensación (que desgraciadamente comparto con más gente) de que ésta va a ser una especie de «Navidad paréntesis», como si nos dejasen una tregua antes de anunciarnos lo que se nos viene encima. Como si la cuesta de enero, esta vez, pudiese transformarse en un barranco, imposible de saltar.

Se acaba el año y toca hacer balance, echar la vista atrás y analizar lo que fuimos, lo rápido que se nos pasaron los días y los meses, los propósitos para el nuevo año que no cumplimos y que igual tenemos que retomar. Tocaría también mirar adelante con optimismo, pero resulta muy difícil, casi apetece más esquivar la mirada del 2012, no vaya a ser que tenga algo peor que contarnos.

No esperábamos un 2011 fácil, es cierto, se nos pidieron sacrificios y nos resignamos a cumplir con nuestro deber de ciudadanos, apretarnos el cinturón, que a algunos, ya más que apretar les oprime dificultándoles la respiración: cada vez más conocidos van al paro, como si el paro fuese una estación de tren donde llegar y no una situación gravosa y desesperanzada en la que uno permanece en vilo, porque es imposible saber cuándo terminará.

Nuestros políticos, la mayoría al menos, nos han decepcionado, no han sabido ser claros, eficaces. Facilitando así que nos sintamos tratados como niños pequeños, igual que aquella «ropa tendida» que mencionaban los mayores cuando de críos estábamos presentes, justo antes de que cambiasen de conversación, como si no fuera mucho peor lo que nos imaginábamos que lo que ellos podían referir.

Tengo una amiga indignada, bueno, tengo más, pero ésta está muy, muy indignada, ya casi no se atreve a abrir el periódico por si la tensión le sube demasiado. Últimamente repite mucho una palabra: ¡chorizos!. Y puedo asegurarles que no tiene nada que ver con el embutido.

Ella sólo quiere claridad, que sea verdad que todos arrimamos el hombro ante la crisis y que los que roben o defrauden paguen por ello y lo devuelvan, sean quienes sean.

Me temo que mi amiga tendrá que escribir una larga carta a los Reyes Magos. A ver si hay suerte.

martes 6 de diciembre de 2011

Consumo navideño

Los regalos en épocas festivas


Consumo navideño







ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA
Es difícil para una persona vulgar, como yo misma, sustraerse a este torbellino navideño de consumo. Sin que apenas nos hayamos percibido de ello nuestros niños y niñas hace más de un mes que están siendo bombardeados en la televisión con montones de juguetes "imprescindibles" para divertirse o "aprender" (me sorprendía hace un momento ver el anuncio de uno que juega a "piedra, papel, tijera". Me pregunto cuánto costará y si no sería más fácil que cualquiera de los adultos próximos al pequeño le enseñase este juego. De lo que sí estoy segura es de que sería mucho más enriquecedor).

Intento echar la vista atrás y recordar qué me movía a mí a pedir los juguetes a los Reyes cuando era niña, supongo que estaría entre los escaparates de las jugueterías, lo que mis amigos me contaban que iban a pedir y la televisión, cómo no, vienen a mi mente unas ciertas muñecas de "Famosa" que se dirigían al portal. Seguro que más de una de ellas estuvo alguna vez en mi carta a los Reyes Magos.

Las cosas no han cambiado mucho, si acaso se han exagerado un poco, recuerdo que en muchas ocasiones mis hijas no sabían qué pedir hasta que llegaban los catálogos de los grandes almacenes y podían escoger, como si lo que tuviese que ver con aquella elección de las fotos de colores no fuese el juego en sí, sino más bien una obligación de escoger y no de desear. Claro que para eso están los padres, para que esa selección vaya tomando una u otra forma determinada según lo que interese más al desarrollo de los niños o al bolsillo de los progenitores, que ambos criterios merecen tenerse en cuenta.

No me cansaré de decir que creo firmemente que el mejor juego para un niño es otro niño o un adulto, que el juguete es una excusa la mayor parte de las veces para verle la cara de sorpresa cuando abre el paquete. Que sé, como la mayoría de ustedes saben, que a la semana siguiente los juguetes nuevos ya no les interesan. Que la caja o el papel de regalo puede ser en ocasiones un bien tan preciado como el propio juguete.

Pero es muy difícil evadirse de todo este "espíritu navideño", de este exceso de felicidad altamente material. A todos nos gusta ofrecer y recibir regalos, a mí la primera. Aunque reconozco que me valen en cualquier fecha del año.

Así que a resignarse, a atiborrarse de anuncios de juguetes y perfumes y a procurar no invertir mucho más de lo que sería conveniente en este mes de diciembre. Recordemos que a la vuelta de la esquina nos espera enero, y febrero, y marzo.

lunes 21 de noviembre de 2011

Con la música a otra parte

Niños atrapados en la magia de una partitura

ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA

En mi caso, sería siempre música ajena, sonando en algún tipo de reproductor, lo que me tuviese que llevar a otra parte. Y es que tengo que confesar con humildad, aunque para quienes me conocen no es precisamente un secreto, que carezco prácticamente de oído musical. Eso no significa que no disfrute con la música y, sobre todo, con la música vocal.

Me emociona la voz humana. Los tonos, los matices, para mí imposibles, de una o varias voces; con o sin música que la acompañe y, por supuesto sin necesidad de comprender lo que dice. El mensaje no pasa por el intelecto, va directamente a las sensaciones. En ese sentido me da un poco de envidia la música: no tiene límites en la percepción, cruza de una parte a otra del mundo sin trabas. A la palabra, a la poética, le resulta más difícil viajar tan ligera.

Sin embargo me complace comprobar que los niños y niñas disfrutan igualmente de ambas. Voz y palabra, juntas o no, les hace sonreír y divertirse de la misma manera. Estos últimos días he compartido con grupos de chiquillos diferentes diversos espectáculos musicales. Con el alumnado del colegio que tiene entre tres y cinco años, nos acercamos el lunes de la semana pasada al teatro Campoamor en Oviedo, invitados al espectáculo «Cuéntame una ópera», donde, durante una hora aproximadamente, nos introdujimos todos en «La flauta mágica» de Mozart. Ninguno se cansó, ninguno se aburrió, ninguno quiso levantarse para marchar hasta que se encendieron las luces.

En el viaje de vuelta, mi compañera de asiento (cinco años recién cumplidos) imitaba con bastante gracia el momento álgido del canto de «La reina de la noche». Además, como no nos quedó muy claro en la historia que fuese una mujer mala, malísima, el juego se prolongó todo el viaje y todavía suena de vez en cuando en el aula.

El sábado, en Posada de Llanera, fueron los niños y niñas del coro «Pequecantores» como anfitriones, y «Contracanto» de Avilés, como invitados, quienes nos hicieron vibrar al ritmo, no sólo de sus voces, sino también de su alegría, de su entusiasmo, que les lleva a ensayar varios días a la semana y a esforzarse en un trabajo repetido, pero no monótono ni aburrido.

Gracias todo ello a los adultos que creen que dedicarle tiempo a la infancia es la mejor manera de no perderlo. El premio: la sonrisa de tanta gente menuda, que es sin lugar a dudas, la más valiosa.

lunes 7 de noviembre de 2011

Aquellos juguetes

 Somos los adultos los que necesitamos imperiosamente soñar.


Aquellos juguetes

ESPERANZA MEDINA PROFESORA Y POETA Por razones diferentes esta semana han vuelto a mí momentos de mi infancia, en concreto algunos relacionados con los juguetes de entonces. La juguetería de mi niñez era, sin duda, Majafrán, pasaba frente a ella, en Rivero, con frecuencia, mi camino natural en aquel tiempo desde La Magdalena al centro de Avilés. Suponía, invariablemente, una parada obligada para mirar sus escaparates, parada que aún hago en algunas ocasiones, cuestión de costumbre, supongo.

Allí vivían muchos de los juguetes maravillosos que nunca llegaría a tener. Pero tampoco recuerdo haberlos echado demasiado de menos, quizá después de tanto observarlos me cansase de ellos y centrase mi interés en otra cosa. Si bien recuerdo que ahorraba del dinero que me daban e iba comprar algún modelo muy concreto o zapatos para la muñeca Nancy, aunque la mayoría de su ropa era de «confección casera».

De aquellos juguetes se conservan algunos, o eso espero, en una caja en el altillo del armario. Otros se han perdido. Supongo que, en su momento, la pérdida me habría causado alguna tristeza, pero sólo recuerdo esa sensación en un par de ocasiones concretas, del resto ni me acuerdo.

Aunque conviene no olvidar que los niños no viven en un mundo sin complicaciones, felices y ajenos. Lo que para los mayores no tiene importancia, para ellos puede ser trascendental. A la superación de todos esos momentos es a lo que definimos como madurar.

Los niños viven en un mundo real, con sus propias dificultades para entenderlo, que pueden angustiarlos. Quizá por eso nos inventamos historias para que sueñen, cómo si eso no lo supiesen hacer mucho mejor que nosotros. No precisan al Ratoncito Pérez para no estar tristes porque se les haya caído un diente, aunque los regalos siempre ilusionan, claro está.

Somos los adultos los que necesitamos imperiosamente soñar, recordar que fuimos niños y apropiarnos un poco de sus sensaciones ahora que ya no las podemos sentir. O eso creemos, porque hemos crecido, pero tenemos nuestros propios «juguetes», nuestros objetos prescindibles que nos hacen sentir un poco mejor. Ahora mismo yo escribo en una no muy cómoda mesa de teca, con pequeños cajones y balda, sobre la que descansa mi lámpara de cristal verde (atrezo de buen número de series televisivas), el teléfono negro años 50 regalo de mi hermano y la pantalla del ordenador, que es pequeña para que no tape la lámina enmarcada de «El jardín de las delicias» de El Bosco que tengo frente a mí.

Ya ven que no hemos cambiado tanto, todos, si nos analizamos con calma, reconoceremos, en algunos de los objetos que nos rodean, nuestros nuevos juguetes. Sin remordimientos, porque disfrutar soñando nunca es malo.